sábado, 22 de agosto de 2026

Un gigante en una escena.


En una escena de una obra teatral francesa, escrita a mitad del siglo pasado, aparece un gigante.

En el escenario solo se le ve un pie y escuchamos su voz, mientras otros seres duermen sobre el piso.

El gigante no hace alusión a nada externo; solo habla de las desgracias de ser quién es y se lamenta de su existencia.

Destaca la queja por la soledad, en sus lamentos, pero también la del miedo. Un miedo constante y absurdo, según señala el mismo personaje.

Dice esto pues señala que le inquietan los seres más pequeños, que se cruzan rápidamente entre sus pies y aparentemente siempre saben dónde van.

Y es que uno apenas puede moverse, se queja el gigante, sin destrozar el entorno.

Y moverse entonces sin estar seguro del porqué y el hacia dónde, explica, pasa a generar culpa.

De eso se queja el gigante, mientras permanece quieto.

Si sigo así me voy a transformar en montaña o en árbol, dice poco después, como ocurrió con los otros.

Luego de unas cuantas frases más el gigante se calla y los personajes que se han levantado y ahora caminan sobre el escenario, comienzan a hablar.

Nadie parece percatarse del pie gigante, que permanece entre ellos.

De hecho, la obra sigue como si nada, sin referencia alguna al pie que está ahí, quiero decir, hasta que llega  de pronto el final.

Las luces se apagan.

Comienzan a escucharse los primeros comentarios.

No es del todo una mala obra, dicen.

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