miércoles, 31 de diciembre de 2025

Gris (II)

“Antes y despupés del fin, un niño gris…
Y el final de un año”
O. W.


Caminé unos pasos hasta dar con otra puerta.

La mujer se acercó a abrirla.

Al otro lado, se veía un cuarto pequeño.

En él, había una cuna de madera, algo antigua, ante la cual la mujer se inclinó.

-No está del todo despierto –me dijo-, pero puede acercarse a verlo.

Con algo de temor, lo hice.

No sabía exactamente con qué me iba a encontrar. O cómo iba a reaccionar ante aquello que estaba ahí.

-Puede tomarlo en brazos, si quiere –me dijo la mujer.

Yo, nervioso, observé la cuna.

Parecía vacía, pero la mujer insistía con sus gestos, indicándome que el niño estaba ahí.

-No puedo verlo –le dije a la mujer.

-Puede –dijo ella.

Volví a mirar. Me fijé esta vez en un papel que estaba sobre las colchas. Era una hoja blanca, delgada, en la que estaba dibujado un niño. O un bebé, en realidad. Un bebé gris.

-Recuerde que puede tomarlo –reiteró la mujer-. Hágalo con cuidado, eso sí.

No sabía si tomarla con seriedad, pero finalmente hice lo que decía, y tomé el dibujo.

Lo observé.

Hacerlo me produjo una extraña sensación, en el pecho.

Es una especie de angustia buena, me dije.

-Es un dibujo –dije, con algo de duda.

-Es un niño gris –me contestó la mujer.

Yo observé nuevamente el dibujo y asentí.

-No lo había visto de ese modo –le dije.

Y era cierto.

martes, 30 de diciembre de 2025

Gris. (I)

“Antes del fin, un niño gris…
Y el final de un año”
O. W.


Me advirtió que no iba a creerle si me lo decía así que me llevó directamente allá. Y claro, yo fui. Ni siquiera sabía bien a qué iba o hacia dónde, pero dejé que me llevaran y solo cuando estuvimos en el lugar me explicó un poco la situación.

-Atrás de esa puerta hay un pasillo –me dijo-. Si sigues por ese pasillo vas a encontrar una puerta cerrada, casi al final. Detrás de esa puerta vive una mujer que dio a luz un hijo gris. Literalmente gris. De piel gris, pelo gris, ojos grises. Debe tener apenas unos cuatro meses. Nunca lo han sacado de ese lugar.

-¿Y qué se supone que debo hacer? –le pregunté.

-En principio dar con la puerta –me indicó-. Esperar a que abran, responder las preguntas que te hagan y luego pedir que te dejen ver al niño gris.

Esperé más instrucciones o comentarios, pero no hubo.

-¿Y por qué se supone que debo hacerlo? –pregunté entonces.

-No debes, necesariamente –me contestó-, pero ya estás acá. Y creo que te haría bien verlo.

-¿Me haría bien verlo solo porque es gris?

-No. No por eso solamente –me dijo-. Pero es el último esfuerzo que hago…

Abrí la puerta y avancé por el pasillo sin dejarlo terminar la frase.

Estaba todo más oscuro de lo que pensé.

Debo haber dado al menos veinte o treinta pasos antes de dar con la puerta tras la cual vivía el niño gris.

-Llega un poco tarde –me dijo la mujer apenas abrió la puerta-. El niño lo espera.

Luego de esto se hizo a un lado y con un gesto me invitó a pasar.

-Gracias –le dije-. Y entré.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Todo ambiente gesta.


Todo ambiente gesta.

No hay excepción.

Observe, si quiere y verifíquelo usted mismo.

Dicho esto, ¿qué es lo que gesta?

La respuesta es amplia, pero sencilla:

Todo ambiente gesta seres, fenómenos y cosas.

Algunos incluso gestan realidades, si te fías un poco y le das tiempo.

Si esto ocurre, por cierto, dicho ambiente sorprenderá gestando ahora, dentro de esa misma realidad, un nuevo ambiente.

Un ambiente interno, digamos.

Uno propio, que se habría gestado en algo que podemos imaginar similar a un vientre.

Ahora bien, a este lugar donde el primer ambiente gesta esa nueva realidad, no le llamaremos vientre, para no homologar.

Mejor aún, le llamaremos amvientre.

Tampoco ambientre, para no confundirnos con su vínculo original ni con el nuevo ambiente creado.

De hecho, a este nuevo ambiente, le llamaremos provisoriamente meta ambiente.

Aunque ese concepto no me convence del todo.

Como sea, lo que sí me convence son las afirmaciones sobre las cuales avanzar en estas creencias.

Y en especial la afirmación primaria: todo ambiente gesta.

Esto, por supuesto, más allá de la primera noción de ambiente que lo define en función de aquello que rodea.

Y es que más allá de ese primer acercamiento conceptual, lo importante acá es destacar al propio ambiente como centro.

O como gestor de nuevos centros, si se quiere.

Así, el ambiente, no solo crece, sino que también se desplaza.

Y puede llegar a abandonar incluso a ese algo o alguien que fue su primer centro, e independizarse.

¿No se entiende?

Ahora mismo se los explico de otra forma:

domingo, 28 de diciembre de 2025

Se funden, los huesos.


I.

Se funden los huesos, como el oro.

O se funden, más bien, como un metal menos valioso.

De cualquier modo, he descubierto que se funden, y eso es lo importante.

Importante en el sentido de práctico, esta vez.

Y es que se funden los huesos y eso me permite, entre otras cosas, hacer lingotes con ellos.

¡Miles y miles de lingotes, incluso, si hay tiempo…!

Así, almacenarlos pasa a ser una tarea más posible y ordenada.

Y más justa, también.

Notablemente más justa.


II.

Hay que tener moldes para hacer los lingotes.

Moldes y un buen sistema de hornos para fundir los huesos.

Es un trabajo bruto, digamos, pero requiere constancia.

A mí, por ejemplo, los primeros lingotes no me quedaron del todo bien.

Por suerte, un lingote tampoco es algo definitivo, así que volví a fundirlos hasta que el trabajo quedó mejor.

No sé si perfecto, en todo caso, pero casi.


III.

Por el contrario de lo que se piensa, no son blancos los lingotes resultantes.

Son más bien grises, con vetas, y hasta parecen impuros.

De cualquier modo, al interior de las bóvedas, cada uno de los lingotes parece revelar su propio valor.

Desconozco cuál es, por cierto, pues esa no es mi tarea.

Y de serlo, probablemente, no lo revelaría, hasta el final.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Me siento frente al tv.


Me siento frente al tv.

Igual que lo hago siempre, más o menos a esta hora.

Me siento frente al tv, decía, pero esta vez no lo enciendo.

Lo miro fijamente, sin embargo, como si estuviese encendido.

Igual que siempre, en apariencia.

Lo miro de tal forma que lo fuerzo a que se pregunte qué ocurre.

Que se pregunte si me pasa algo raro.

O si concluye incluso que soy otro.

Lo miro fijo, decía, hasta obligarlo a ceder.

Así, tomo un vaso con agua, mientras lo observo.

De a sorbos, mientras me acomodo en el sillón.

Después de todo, esta es una tarea que puede tomar bastante tiempo.

Calculo, por cierto, que ya deben haber pasado más de cinco o seis minutos.

No tengo como comprobarlo, pero eso es lo que intuyo.

Cede, le digo al tv.

Acepta, simplemente, que algo ha cambiado.

Respiro hondo.

Vuelvo a acomodarme en el sillón.

Ojalá lo hagas pronto, le digo ahora, pues cuanto más te demores, mayor será la pérdida.

Sigo entonces, frente al tv.

Lo observo.

Ahora cuento en mi mente, mientras tanto, para calcular mejor el tiempo.

Sorpréndete, le digo.

Hoy no es igual que siempre.

Respiro hondo, para no alterarme.

Y en mi interior, me justifico.

Esta es mi manera de crear grietas, me digo.

Y de cambiar aquello que parecía inalterable.

Negra, la pantalla, finge que no comprende.

Guarda silencio intentando obligarme a que vuelva a ser el de siempre.

Veinte minutos.

Veinticinco.

Media hora, probablemente.

Ya es tiempo.

Algo me dice que ahora, sin duda, va a comenzar a preguntar.

Justo ahora.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Insistió tanto...


Insistió tanto que quería aprender a tocar el piano, que terminaron por pagarle clases particulares.

Las daba un profesor de música que se había especializado en aquel instrumento.

El niño se veía alegre y estaba entusiasmado con poder aprender.

Sin embargo, luego de dos o tres sesiones, el profesor les dijo a los padres que aquello era una pérdida de tiempo y de dinero.

Y los padres, por supuesto, compartieron su observación.

Luego, conversaron con su hijo intentando explicarle lo que ocurría.

Tal vez le faltó tacto, pero el niño terminó comprendiendo que no tenía el talento.

Se molestó al principio, es cierto, pero al menos comprendió.

Eso comentaban sus padres, al menos, mientras buscaban compensarlo de alguna forma.

Así, como no tenía talento para el piano, terminaron regalándole un tambor.

Uno de esos antiguos, con correa, que se colgaban al cuello.

Un juguete, digamos, más que un verdadero tambor.

De cualquier modo, el niño aceptó el regalo.

A regañadientes, pero lo aceptó.

De hecho, tras colgárselo al cuello, se veía molesto.

Y su rostro, claramente, expresaba cierta rebeldía.

Los padres pensaron que se le pasaría, pero lo cierto es que no fue así.

Y es que el niño tocaba el tambor, es cierto, pero lo hacía golpeándolo con los dedos.

Imaginando, probablemente, que estaba tocando un piano.

Por supuesto, ocurría que el resultado no era agradable al oído.

Por esto, los padres terminaron por esconderle el tambor.

Y el niño, extrañamente, no preguntó por él, de modo alguno.

Desde entonces, lo cierto es que no se volvió a hablar de pianos ni de tambores, en aquel hogar.

Incluso, años después, cuando se les incendió la casa, ninguno de ellos recordó el tambor, para anotarlo en el listado de las cosas que perdieron en el fuego.

jueves, 25 de diciembre de 2025

Pequeñas descargas.


Teníamos un amigo en esa época que podía dar pequeñas descargas eléctricas.

Suponemos que se producían a partir de la estática, pero lo cierto es que él parecía hacerlo por voluntad propia.

Juntaba sus palmas, se concentraba cerrando los ojos unos segundos y luego te anunciaba que estaban cargadas, y si alguno se animaba lo podía comprobar.

Le decíamos el desfibrilador.

Lo conocimos en la universidad, según recuerdo.

Él había estudiado unos semestres de sociología hacía algunos años, y por alguna falla del sistema su tarjeta estudiantil seguía activa, por lo que iba a la biblioteca de nuestra facultad a realizar préstamos cada dos o tres días.

Por lo general solicitaba obras dramáticas. Cualquier cosa vinculada al teatro, no importaba el contexto.

De hecho, ahora que lo pienso, nunca conocí reconocí algún patrón más allá de esto. Ni tampoco una razón tras la elección de esas lecturas.

-No es necesaria una causa para todo –lo escuché decir una vez-. Mi tarjeta estudiantil funciona, doy descargas eléctricas y estoy vivo.

No hablamos muchas veces, pero recuerdo que gracias a él conocí a Usigli y a otros dramaturgos latinoamericanos. También a uno húngaro, que ahora no recuerdo.

La última vez que lo vi fue un año después que salí de la universidad.

Había ido por un problema con el examen de grado y me lo encontré en el patio, con un libro de Soyinka.

Bebimos unas cervezas esa vez y le pedí que me diese un ligero golpe de corriente cuando nos estrechamos las manos, al despedirnos.

Años después, supe que había muerto sorpresivamente, a unas cuadras de la universidad, de un paro cardiaco.

Nadie desfibrila al desfibrilador, escribimos en una lápida de cartón, en un bar, para honrar su memoria.

Nadie está ahí, cuando de verdad lo necesitas.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Un punto de inflexión.


I.

Ocurrió en una isla pequeña, en el sur de Chile, a poca distancia de Chiloé.

Era una isla particular, comprada por un grupo de empresarios finlandeses en la que habían construido una serie de cabañas y un pequeño salón para eventos corporativos.

Al parecer, había un grupo de empresas nórdicas que estaban invirtiendo en unas zonas forestales, lo que explicaba en parte la presencia de ellos en aquel lugar.

Nada de esto lo sabía, en todo caso, cuando llegué a la isla.

Me habían invitado un par de músicos que debían tocar en una especie de fiesta, que se desarrollaría en aquel recinto.

A pesar del recibimiento y la buena atención que les dieron, no llegarían a tocar.


II.

Nos quedamos en una cabaña que estaba unida a otra.

En la otra, se hospedaban también unas hermanas finlandesas, que también se iban a presentar.

Conversamos con ellas la mañana en que llegamos y ellas fueron las que nos contaron más sobre el recinto.

Sin emoción alguna lo hicieron.

Incluso con desgano.

De hecho, comentaron que probablemente nadie, la noche de la fiesta, nos querría escuchar.


III.

Tuvieron razón aquellas chicas.

Esa noche, durante el encuentro, ellas tocaron primero, y cuando terminaron, los encargados del sonido desconectaron todo y comenzaron a guardar.

-Les pagaremos igualmente –fue lo único que les dijeron a los músicos que me habían invitado.

Yo me enteré de esto después, pues había quedado en una especie de trance luego de escuchar a las hermanas.

Como los temas eran en finlandés no entendí nada de lo que decían, pero me dio la impresión que eran algo así como listas de verdades.

Verdades numeradas, incluso.

De esas tan evidentes como incómodas, pero que no puedes dejar de escuchar.


IV.

A la mañana siguiente nos despertamos temprano.

Desayunamos en el lugar y nos subimos a una lancha en la que viajamos a Chiloé junto con las hermanas finlandesas.

Ninguna de ellas dijo una sola palabra durante el viaje.

Igual no las merecíamos, me dije, intentando comprender.

Una hora después, ya estábamos en tierra y en un descuido dejé de verlas.

Ni siquiera pude ver hacia qué lado partieron.

Estuve en la zona dos semanas y no dejaba de pensar en ellas.

De cualquier modo, me convencí que no volvería a verlas y pensé que las había olvidado, con el paso del tiempo.

Unos seis años después, sin embargo, las vi tocando en una película de Kaurismaki.

La canción que tocaban, marcaba un punto de inflexión en la película.

Si un día vuelvo a verlas, me dije, marcarán también un punto de inflexión en mí.

martes, 23 de diciembre de 2025

No la tiene fácil, Superman.


No la tiene fácil, Superman.

O no tan fácil, al menos, como la gente puede creer.

Y no lo digo por el asunto ese de la kriptonita, ni por los múltiples enemigos que se le aparecen a cada rato.

De eso, sin duda, se sabe defender.

Yo pienso más bien en lo que podríamos llamar su vida cotidiana.

Contener su fuerza a cada instante.

Ver siempre más allá de lo que quiere ver.

Oír todo, aunque no quiera.

¡Cuánta lucha dirigida siempre hacia sí mismo!

Contra su propia naturaleza, en definitiva.

Imagínenlo de pequeño, por ejemplo, fingiendo sorpresa al abrir los regalos.

O caminando lento para no sobrepasar al resto.

¡Qué incomodidad…!

Vivir arrastrándose para ir a la par de todos.

Sinceramente, me gustaría verlo sin fingir en alguna de sus sagas.

No desbocado, necesariamente, pero al menos cómodo.

Para esto, por cierto, sería necesario realizar algunos cambios.

Nada radical, sino más bien unos cuantos ajustes.

Justamente por esto, una vez, en plena adolescencia, escribí una carta a la editorial que publicaba a Superman.

Y les señalé una serie de observaciones que apuntaban a lograr lo que ahora planteo.

Era una carta un poco absurda, lo reconozco, pero tenía buenas intenciones.

No la recuerdo en detalle, pero sí una de las observaciones que en ella hacía:

La novia de Superman, decía, debiese tener un corazón de plomo.

Parte de esa carta, por cierto, fue publicada en una sección para lectores, que tenían por ese entonces aquellas revistas.

Le pusieron como título “No la tiene fácil”, según recuerdo.

Entonces creía en esas cosas.

lunes, 22 de diciembre de 2025

No es justo.


No es justo.

Lo digo como un hecho, esta vez, y no como un reclamo.

Nada es justo, comprendo, y eso es algo que está bien.

Antaño me quejaba, es cierto, e incluso me dolía, pero la vejez duele tanto que los otros dolores resultan irrisorios.

Y lo que no es justo pasa a ser tan superficial que a veces hasta dejas de percibirlo.

Así, por inercia principalmente, resulta que caes en un terreno tan tibio que adormece.

Y detienes entonces tus quejas, porque no saben ellas dónde ir y luego vienen de regreso, dando tumbos.

Desde lejos, más tarde, alguien que ha observado lo que ocurre dirá que eres bueno.

Y hablará de ti –o de lo que cree de ti-, pensando que está en lo cierto y que sus palabras te hacen bien.

Tú, en cambio, sabrás que poco comprende, pero elegirás no contradecirlo.

No es justo, pensarás entonces.

No es justo porque una comprensión así no puede dejar de ser errónea.

O parcial, al menos.

Y calificar cualquier tipo de conducta o actitud desde esa posición, como decía en un inicio, no me parece bien.

Así y todo, debo confesar que escucho atentamente las palabras que ellos dicen.

Las escucho y quedo atento a una grieta desde la cual poder hablar, para que sepan que estoy listo.

El diablo siempre viene cuando te portas bien, digo entonces.

Y aunque no sé a quién, lo repito luego, dos veces.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Ni está mal lo que está bien.


Dicen que no está mal lo que está bien.

Y que pensar algo más, sobre ello, lo ensucia a uno como si jugásemos con barro.

No obstante, los que ya tenemos las manos sucias solemos detenernos un poco.

Sin miedo, nos detenemos.

No a jugar, pero sí a buscar el borde luego del cual lo que está mal deja de estar mal y pasa a estar bien.

Y viceversa, por supuesto.

Obviamente, casi nunca damos con aquel borde, pero al menos lo buscamos.

Y buscándolo, intuimos que existe y eso ya nos satisface.

Pues intuimos también que no es absurdo lo que hacemos.

Así, en ocasiones, hasta comprendemos que pasamos ese borde, aunque no sepamos decir cuándo.

O no exactamente, al menos.

A veces, incluso, confundidos, olvidamos de dónde veníamos y miramos lo que está bien y lo que está mal con algo de incertidumbre.

Pues no sabemos dónde posar la vista, sin juzgar.

Sin juzgar correctamente y con certeza, me refiero.

Entonces, la confusión puede abrir el paso a la molestia y hasta a cierta angustia que se adhiere a nuestros pasos.

A mí, por ejemplo, cuando me pasa, suelo mirar las suelas de mis zapatos, como si buscase mierda.

Y es que siento que algo se ha impregnado en mí, en alguna parte, y me ha ensuciado.

Así, finalmente, suelo lamentarme de no haber confiado simplemente en la verdad de la que fue, en su momento, la primera frase.

No está mal lo que está bien, repito entonces.

Una y otra vez lo repito.

Tantas como sea necesario.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Interiores.


El otro día escuché a un predicador tartamudo que hablaba sobre Jonás, al interior de la ballena.

O sea, no me detuve totalmente para oírlo, pero lo escuché al pasar y me llamó la atención.

Había dos o tres personas escuchándolo, según recuerdo, una de las cuáles no cuenta porque era un chico que estaba grabándolo con su celular mientras reía, posiblemente para subirlo a redes.

-Jo Jo… Jo Jonás comprendió tarde –decía-. Te te… te te… te tenía que haber pre pre predicado desde de de… desde dentro de la ballena…

Eso fue lo primero que escuché. Todo dicho con voz entrecortada, por cierto, pero fuerte. Con énfasis en cada una de las frases que lograba articular.

-No no… no salir al mundo… -siguió diciendo-, po por… po porque el mundo… po porque el mundo está en la ballena… al in… al in… al interior de la ballena…

Cuando lograba terminar una frase larga, se detenía unos segundos para respirar hondo y volver a tomar aire. Como si estuviese bajo el agua y subiese a la superficie, para luego volver a bajar.

Siguió entonces el predicador con su prédica y solo cuando me hube alejado lo suficiente para dejar de escucharlo, me llamó la atención ya no la forma, sino lo que el tipo había dicho.

De cualquier modo, seguí avanzando, intentando pensar en otra, mientras sentía un ligero olor a pescado en el ambiente.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Ojos.


El doctor que me revisa los ojos usa lentes tan gruesos que asustan.

No porque uno piense que el doctor no ve muy bien, sino más bien porque puede ver demasiado.

Es decir, ya es incómodo tener un par de ojos mirando tus propios ojos, pero acá además se le agrega un par de lentes, de por medio.

Y claro, uno siente entonces que los ojos propios están más adelante de lo que el doctor ese quiere ver.

Y hasta cierto punto te intimida.

-Mire de frente –dice entonces el doctor, con voz firme-. No pestañee.

Yo respiro hondo y trato de hacer lo que el doctor me dice.

Es decir, mirar de frente, directo a los ojos del doctor, aunque a través de esos lentes ajenos que solo dificultan la tarea.

-¿Ve bien de noche? –me pregunta.

-Sí –digo yo.

-¿Mejor que de día?

-Eh… -titubeo-. No lo sé, en realidad… Pero supongo que veo mejor en la noche que la mayoría de la gente que conozco.

El doctor sigue viendo un rato más hasta que se separa un poco, toma una libreta y comienza a hacer unos apuntes.

Luego camina para sentarse en su escritorio y teclea algunas órdenes en su computador.

Luego las imprime.

Dos de ellas son órdenes de exámenes y la otra una receta para un remedio, que debo comprar.

Luego, en vez de explicarme qué tengo o de qué sospecha, me lanza una única pregunta.

-¿Sabe qué simboliza, el ojo? –me dice.

Y claro, yo recuerdo a Cirlot y Chevalier, pero prefiero ocultarlo.

-No lo sé –le digo. Aunque tal vez…

-Lo sabe –me interrumpe.

Yo lo observo, en silencio.

-Puede retirarse –dice entonces.

Y yo lo hago.

jueves, 18 de diciembre de 2025

De corrido.


-El otro día dormí veinte horas –dijo G.-. De corrido. Nunca había dormido tanto.

-¿Estabas muy cansada? –preguntó L.

-No más de lo normal –contestó G.

-¿Y entonces?

-Realmente no lo sé… Supongo que fue porque no había ruido ese día.

-¿Qué quieres decir?

-Que estaba sola en casa. Los niños se quedaron con el papá, se llevaron al perro…

-¿Y el conejo?

-No hacen ruido los conejos –dijo G.-. Además, creo que se había muerto poco antes.

-¿Se murió el conejo?

-Sí. Los chicos lloraron un montón… Fue una sorpresa.

-¿Una sorpresa?

-Sí, o sea, un accidente. No se lo esperaba nadie.

-¿Qué ocurrió?

-Nada especial, se peleó con el perro…

-¿El perro lo mató?

-Supongo que sí, pero a los niños les dije que estaban jugando.

-¿No se enojaron con el perro?

-No… para nada. Solo se pusieron tristes.

-¿Tú no?

-¿Yo qué?

-¿No te pusiste triste?

-No, en realidad. Tenía que ser práctica. Limpiar. Explicarles a los niños…

-¿No habrá sido por eso que dormiste más horas?

-¿Por explicarle a los niños?

-Me refiero a la carga emocional de todo eso.

-No creo. Además no recuerdo que haya sido tan inmediato.

-¿Y fue bueno el sueño. al menos?

-¿El de las veinte horas?

-Sí, ese.

-Fue extraño, más bien. Me tomó por sorpresa, nada más.

-¿No hiciste nada con eso?

-¿Con qué? ¿Con el sueño?

-Me refiero a si no fuiste al doctor o le consultaste a alguien.

-No. Lo tomé como un accidente nada más.

-Como lo del conejo.

-Más o menos sí –dijo G., tras pensarlo un rato.- Supongo que fue así.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Seguir a las hormigas.


La clave es seguir a las hormigas, me dijo. No hacia donde van, sino hacia donde regresan. Y no me refiero seguirlas hasta el hormiguero, aunque eso sea, probablemente, lo que esperes encontrar. Es decir, eso hacen los que quieren destruirlas. O los que pretenden alejarlas, al menos, del lugar. Yo hablo en cambio de seguirlas para observar. Solo para eso, en principio. Incluso sin pensar, en lo posible. Sin analizar. Solo observarlas. De forma natural, por cierto. Tan natural que tu mirada debe dejar de incidir en el comportamiento de ellas. De hecho, debe viajar entre ellas. Con cuidado. Fuera de ti, tu mirada. Déjala que regrese y luego, recién, acompáñala en su ida. Un viaje distinto al anterior, aunque no lo notes, en principio. Otro ritmo, quiero decir. Uno de búsqueda, tal vez. De incertezas. De total incerteza diría incluso si no fuera por las otras que van también un poco a ciegas. Sin saber, pero seguras del deber ir. De la obligación que se imponen ellas mismas para luego regresar. Porque claro, luego debes regresar, junto con ellas. O tu mirada, más bien. Salir y volver entonces tantas veces hasta que que tu vista se canse de hacerlo. Se agota de tal forma que quieras regresar a ti mismo. Igual como regresaban las hormigas. Regresar para volver a salir, en definitiva. No importa para qué. Lo importante es saber que es necesario. Y que el mundo, en general, también lo hace.

martes, 16 de diciembre de 2025

Nadie baila como antes.


I.

-Ya nadie baila como antes.

-¿Cómo…?

-Digo que ya nadie baila como antes.

-¿Qué quieres decir? ¿Qué ya nadie baila foxtrot, vals y esas cosas?

-No po, hueón…

-¿Y entonces?

-Nada. Pensaba hueás no más. No importa.

-¿De verdad no importa?

-De verdad.

-Hmm…

-¿Hmm.. qué?

-No, nada…

-¿Nada?

-Sí, o sea… casi nada.

-¿Qué cosa?

-Ya sabes… me extrañaba tu reacción.

-¿Mi reacción?

-Sí. Tu reacción.

-¿Y qué tiene de extraña mi reacción?

-Casi nada… Solo pensaba que de seguro antes te hubiera importado.

-…

-¿Y…?

-¿Y qué?

-¿Crees que antes te hubiera importado?

-¿Insistir con lo que te preguntaba primero?

-Sí.

-No sé… Puede ser…

-Pues ya ves.

-¿Qué veo?

-Que al final lo que decías es cierto.

-¿Qué cosa?

-Pues eso...

-…

-Tú tampoco bailas como antes.



II.

-Igual no es tan así.

-¿No?

-No.

-¿Y cómo es, entonces?

-Pues de otra forma, pero no así.

-¿No así cómo?

-Pues no es así, tan tajante.

-…

-Además no hablaba de uno mismo.

-¿No hablabas de ti mismo?

-No. Ni de nadie.

-¿Se puede hacer eso?

-¿Qué cosa?

-Eso po, hueón… No hablar de uno mismo, ni de nadie.

-Claro que se puede.

-¿Y de qué se habla cuando se habla así?

-Pues de nadie… ya te lo decía.

-…

-Son voces fuera de órbita.

-Pero…

-Pero nada. No importa... 

-...

-Déjalo así.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Durante varios días.


Durante varios días vi a los niños cavando y pensé que jugaban.

Tenían expresiones serias, pero pensé que se trataba justamente de esos juegos serios, de niños.

Un día, de hecho, me acerqué a ellos y se los pregunté directamente:

¿A qué están jugando?, les pregunté.

Ellos se miraron entre sí y parecían desconfiados.

Tanto así que por un momento dejaron de parecerme niños.

Jugamos a los arqueólogos, dijeron.

Luego de una pausa, agregaron: Queremos encontrar un romano.

Sonreí al escucharlos y decidí no preguntar más.

De cualquier modo, debo reconocer que quedé intrigado sobre si el romano que nombraron era un adjetivo o un sustantivo.

Días después, decidí pasar junto a ellos, y preguntarles directamente.

De cualquier modo, como hablaron primero, no fue necesario.

Ya encontramos un romano, me dijeron, al descubrirme observándolos.

Yo asentí.

Quise preguntar algo más, pero simplemente asentí.

Ahora está dentro de casa, dijo uno de los chicos. Descubrió internet y no se ha despegado.

Volví a asentir.

Como la situación se volvía algo incómoda, busqué algo que decir y encontré esto:

Debe ser novedoso para él, después de todo, dije.

Tan lejos de su tierra y de su tiempo…

Los chicos se miraron, como decidiendo si continuar o no la conversación.

Él dice que sigue en Roma, dijo uno de los chicos.

Y que este sigue siendo su tiempo, agregó el otro.

Luego, como yo no decía nada más, se olvidaron de mí y siguieron en sus juegos.

Yo, por mi parte, me alejé unos pasos, y seguí con los míos.

domingo, 14 de diciembre de 2025

La fiebre del herido.


Ninguna en especial, pensaba en un inicio. Cualquier fiebre, en el fondo, es la misma fiebre. Pero claro… va pasando el tiempo y uno comienza a notar grietas. Pequeñas escisiones al interior de esos conceptos sobre los que intentamos construirnos a nosotros mismos. No escisiones nuevas, por cierto, sino separaciones que existieron siempre y que recién ahora –probablemente más cerca del final que del principio-, comenzamos a distinguir, decepcionándonos un poco. En mi caso, por ejemplo, el concepto de fiebre. Ese estado tan único, terrible y puro que yo, al menos, pensaba indivisible. Una forma de combatir, digamos, contra otra serie de fenómenos que de un modo u otro nos atacaban, y debíamos erradicar a cualquier costo. Así, poco me importaban las causas de la fiebre. Y desde ahí, las divisiones entre tipos de fiebre que pudiesen originarse. No obstante, como decía en un inicio, el tiempo pasa y uno comienza a comprender –o a sufrir- la verdadera naturaleza de las cosas. Y es entonces cuando la fiebre del herido se desprende de esos otros estados y viene a quedarse contigo de una forma distinta. Definitiva y distinta, por cierto, ya que el herido en cuestión no deja de estarle, aunque supuestamente sane. Sana la herida, quiero decir –si es que sana-, pero el herido queda herido. Y la fiebre, desde entonces, queda con él. Y hasta se entibia un poco, a primera vista, y deja de percibirse por momentos. Tanto así que no parece fiebre, aunque lo sea. Igual que el herido. Toso esto en una especie de ciclo, al que no podemos culpar. Y debamos seguir entonces buscando culpables. Sin éxito.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Hacer o no hacer listas de compras.


Como los observaba discutir desde hacía rato y me sentía curioso por saber sobre qué discutían, me acerqué ellos, disimuladamente, para escuchar.

Me costó entender en un inicio, pero tras unas cuantas frases noté que la discusión giraba en torno a hacer o no hacer listas de compras. O algo así, más o menos.

-Simplemente digo que es estúpido –decía él-, hacer una lista de compras es reconocer que no sabemos lo que necesitamos…

-No es cuestión de no saber –contestaba ella-, de hecho, si realmente no supiéramos no podríamos hacer la lista; se trata de no olvidar, en el fondo. De ser prácticos…

-Si lo olvidásemos es probable que no lo necesitemos, en el fondo –la interrumpió él.

Ella no contestó de inmediato. Se veía casi más cansada que molesta. Su tono también coincidía con su expresión.

-Lo que pasa es que no te gusta que me sienta bien –dice ella, luego de un rato-. Solo te pido hacerlo porque creo que uno se siente mejor cuando tiene listas. Más tranquilo. Por ejemplo, puedes ir recorriendo los pasillos del supermercado sin fijarte en lo que compras, pues ya no estás buscando, sino que lo escogiste de antemano.

-Sin hacerte consciente de qué es aquello que necesitas –dice ahora él, un poco más molesto-. Ya lo hemos hablado, además. Acaso no recuerdas cuando estuviste varios fines de semana haciendo esa otra lista… esa lista de… ¿de qué era?

-De todo –dice ella-, pero era diferente. Era una lista de todo lo que teníamos, para que tuviésemos claro qué era lo perdido si sufríamos un robo.

-En principio es lo mismo –señala él, cortante-. Si te roban algo que no recuerdas quiere decir que no era importante o necesario, y apenas valía la pena.

Ella hace un gesto de disgusto y le dice a él una frase que no alcanzo a escuchar.

Él, por supuesto, la escucha, y luego se queda en silencio, como si ese silencio fuese también parte de un acuerdo alcanzado.

Y claro, como la discusión prácticamente terminó luego de esto, yo elijo retirarme del lugar, en busca de otra discusión. Ojalá un poco más eterna y con un final –o simulacro de final, al fin y al cabo-, mucho más interesante y significativo.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Cerca del Rey Muerto.


I.

Sueño desde hace días con el Rey Muerto.

Y mientras sueño, recuerdo que hace años, de pequeño, soñaba también con él.

No se supone que deba hablar de esto, pero lo hago sin pensar, tecleando rápido, para que nada venga a detenerme.

Así, supongo, queda expuesto, y uno puede sentir que ha pasado de él, aunque en el fondo no lo haga.


II.

Conversé con él, una vez, pero desde entonces no lo consigo.

Sé dónde está, digamos, pero llegar hasta él es cada vez más difícil.

A veces tomo curvas en el sueño, algo inesperadas, y siento que me acerco, por un momento.

De igual modo, él me evade, pues aparentemente no tiene nada que agregar, a lo ya dicho.


III.

Lo ya dicho, por cierto, lo recuerdo solo por momentos.

Fueron apenas un par de frases o poco más, que en este momento no logro recordar.

Me asustaron por años, pero luego comprendí que el Rey Muerto era quien quería que yo las olvidase.

Como si ellas encerrasen algo así como un nombre, que le pertenece al nuevo rey.


IV.

No vive en palacios el Rey Muerto.

Y no ha reemplazarlo un rey vivo, sino otro como él.

El costo es alto, y mantener el reino con vida es sin duda algo difícil.

Una palabra correcta –en el momento exacto-, es la forma de llegar a él.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Las cosas en el pozo de sí mismas.


“El aba como imagen
del alba, y el cielo mismo,
derrumbándose”.
P. A.


Se caen las cosas en el pozo de sí mismas y es entonces cuando las vemos.

Cuando flotan en el fondo y solo una parte de ellas es visible.

Una parte de ellas, apenas, y por si fuese poco a media luz.

Con eso nos conformamos y sobre aquello construimos lo que llamamos saber.

Y es que creemos que con eso alcanza y luego ya es tarde o al menos lo parece.

Así, al fin y al cabo, acostumbramos decir que lo poco que sabemos es seguro.

La superficie de las cosas, por ejemplo, nos parece cosa seria.

Por eso, nos apuramos a ponerle nombre y luego a construir sobre ella.

Sobre esa superficie que tomamos, entonces, por la cosa misma.

¡Cuánto apresuramiento y cuánta confusión al momento de situarnos entre las cosas!

¡Cuántos errores tomados de las manos como filas de niños pequeños!

Y claro, uno en medio de todo aquello, creyendo que sabemos, bajo el cielo que amenaza derrumbarse.

El cielo sobre nosotros.

Nosotros sobre las cosas.

Y las cosas cayendo al pozo de sí mismas, probablemente para ser vistas.

Flotando en el fondo del pozo, es cierto, pero vistas.

Mal entendidas, incluso, pero vistas.

Todo ahora que ha comenzado el alba también a agitar su propia imagen, como si fuese una bandera.

Justo ahora.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Compacto.


J. discute con M. pues no cree lo que este último le dice. Lo acusa de siempre exagerar o de inventar directamente y de hacerlo desde hace años, sin la más mínima vergüenza. M. se defiende de las acusaciones diciendo que el problema es de J., de su mente demasiado rígida y de su poco interés en comprender el funcionamiento de las cosas que son verdaderamente importantes y trascendentes.

-¡Trascendencia una mierda! –grita J., molesto-. ¿Cómo quieres que te crea esa historia tan hueona…?

La historia hueona a la que hace referencia J. –si bien no es precisamente una historia-, hace referencia a una supuesta noticia que M. contó minutos antes. Según M., en un país asiático habían diseñado y construido un nuevo tipo de automóvil compacto. Tan compacto que podía guardarse en su propio y pequeño maletero. Eso, al menos, según lo que cuenta M.

-Lo que pasa es que eres muy rígido –alega M.-, y te niegas a comprender. Solo tienes que imaginar el auto como un canguro, o un koala… o como cualquier marsupial que se guarda a sí mismo en su propia bolsa. Además acuérdate que se trata de un auto compacto, no de…

J. lanza cosas al piso y le dice a M. que se calle. Lo amenaza incluso con golpearlo si vuelve a decir algo más sobre ese supuesto auto. Le grita diciendo que abra los ojos, que mire la realidad: las cosas, las personas que lo rodean… Enfatiza que nada se pliega de esa forma… que ninguna parte de algo puede contenerse a sí mismo…

-No es cierto –alcanza a decir M, interrumpiendo a J., antes de recibir el primer golpe.

A pesar de esto M. sigue intentando explicar, pero solo se escuchan frases entrecortadas, mientras J. vuelve a lanzarle golpes, y se lanza sobre M. que ha caído al piso.

Minutos después, otras personas intervienen y logran sujetar a J, quien comienza a calmarse poco a poco.

Quién sabe, pienso yo, mientras lo observo, dónde guardó su rabia.

martes, 9 de diciembre de 2025

¿Es muy hondo, el río?


I.

El río no es hondo porque sí.

Hay una razón, creo yo, tras ese hecho.

No una causa, aclaro, sino una razón.

Eso es lo que me digo mientras observo el río y me acerco a él, descalzo.


II.

Me cuesta avanzar, sobre las piedras.

Más aún cuando entro al agua y siento la corriente empujando mis piernas.

Un empuje suave en principio, como si nos advirtiese de algo.

Como cuando un anciano mira a los ojos de un niño, sabiendo aquello que le va a pasar.


III.

¿Es muy hondo el río?, te pregunta alguien, cuando has dado un par de pasos.

Y claro, uno solo sabe responder hasta el paso que ha dado.

Dices algo, entonces, y mientras lo haces descubres que hay una razón.

No para el río, sino para la profundidad del río; y te molesta que nadie pregunte sobre ella.


IV.

El río es hondo por alguna razón, te dices, mientras das un nuevo paso.

Y no es que sea necesario dar el paso, para reafirmarlo, pero lo das igual.

Probablemente lo haces porque buscas ser la causa de algo inevitable, que ocurra aunque no quieras.

Como el final de una frase, o de una vida, que desconoce qué comunicó.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Llueve luz, de vez en cuando.


Llueve luz, de vez en cuando.

Igualito que ocurre con el agua, cae entonces la luz.

Forma charcos, incluso, cuando llueve mucho rato.

Y deja de haber noche, por cierto, cuando llueve de esa forma.

Entonces, probablemente por miedo, la gente prefiere resguardarse.

Se queda en casa, casi siempre, y cierra las cortinas para fingir que nada ocurre.

Hablan de otros temas, mientras llueve, como si nada extraño estuviese pasando allá afuera.

Es algo fácil, después de todo, pues no suena la luz cuando cae y se estrella contra las cosas.

Una de las pocas complicaciones que no pueden ignorarse, son las goteras que a veces existen en las casas.

Goteras de luz, en este caso, que dificultan el dormir y obligan a las personas a hablar brevemente sobre aquello.

Otra complicación, por cierto, son los niños.

Sobre todo aquellos más inquietos que salen a escondidas y regresan a sus casas con los pies brillantes.

Se quejan las madres entonces pues los chicos dejan marcas en el piso, como caracoles gigantes, y los retan y les dicen que dejen afuera los zapatos, para que la oscuridad los seque, cuando deje de llover.

Así son, más o menos, las lluvias de luz, de las que pocos hablan.

No sé por qué se producen y desconozco, de igual forma, si tienen alguna utilidad.

De cualquier modo, considero que son un fenómeno valioso y siento que no es sano seguir ignorándolas.

Por esto espero que usted, sinceramente, pueda sentirlo también.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Un viaje de ida.


I.

Se bajó del barco sin saber de dónde venía.

O sea, sabía que venía del barco, pero nada más.

Debía llenar unos papeles, al bajar, pero él insistía en decir que no sabía desde dónde venía.

Finalmente, como pensaron que bromeaba, anotaron simplemente la ciudad desde donde había partido aquella embarcación, varias semanas atrás.


II.

Luego de desembarcar caminó por el puerto.

Llevaba consigo una maleta pequeña de la que tampoco recordaba mucho.

Además, le habían entregado un documento para que fuese a una bodega a retirar otras cargas, una vez que se asentara.

Entonces caminó por el lugar sin dejar de mirar el mar, dándole de esta forma la espalda a la nueva ciudad, que era lo que observaban todos lo que bajaron del barco.

Tal vez por su extraño comportamiento, nadie se acercó a él hasta que comenzó a anochecer, y unos policías fueron a hablarle para saber qué le ocurría.


III.

Tras varias preguntas y respuestas no muy claras, los policías que hablaron con él concordaron en que era un tipo inofensivo y decidieron no llevarlo al calabozo.

Sin embargo, fueron hasta una pequeña oficina y revisaron juntos el contenido de la maleta que cargaba.

El contenido tampoco aclaraba mucho.

Unas pocas ropas, utensilios de aseo personal, un libro de Juan Emar y el dinero suficiente –y un poco más, que luego desapareció-, para comprar el pasaje de regreso al lugar desde dónde, aparentemente, había comenzado su viaje.


IV.

Así fue como, tras pasar la noche en un sector de espera del mismo puerto, volvió a embarcarse rumbo al lugar en que sus documentos indicaban que había iniciado su trayecto.

Ya en casa, uno de los policías que había ayudado en el proceso, le comentó orgulloso a su mujer:

-Hoy día salvamos a un hombre –le dijo.

Luego, detalló lo ocurrido, exagerando algunos puntos.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Confuso.


Hace tres meses que nació mi abuela y eso me tiene raro.

O no sé si “raro” sea la palabra ideal, así que diré mejor que me tiene confuso.

Todo comenzó cuando viajamos a verla, hace tres meses, por el asunto ese del nacimiento, que llegó por lo demás bastante a destiempo.

Digo esto pues yo tenía en mis recuerdos imágenes de mi abuela ya nacida, por supuesto, pero fui igualmente a su encuentro pensando que lo del nacimiento no era más que una expresión

Por eso, me sorprendí cuando me presentaron a mi abuela, pequeñita, al interior de una cuna, y hasta me alentaron a tomarla en brazos y arrullarla un poco, para que se durmiera.

Igual no tenía olor a guagua, debo confesar, pero prefiero no ahondar en este asunto.

Si diré, en cambio, que esa misma noche, antes de regresar a nuestras, hubo una larga conversación en la que nos repartimos sus cosas.

O sea, tiramos líneas sobre esto, más bien, y luego proyectamos.

Igual no recuerdo este proceso en detalle ni podría decir si fue (o no) justo, pues como ya dije, todo aquello lo sentí confuso.

De hecho, no recuerdo nada más salvo una imagen de mi abuela llorando, cuando nos íbamos, mientras una tía le daba palmaditas, para calmarla, y le decía que todo iba a estar bien.

Desde entonces, estos meses, no han dejado de parecerme extraños.

Cada vez más extraños, quiero decir, pues todo, de cierta forma, he comenzado a retroceder sin motivo y revelar su origen.

No digo que esto sea malo, por cierto, pero debo reconocer que genera algo de miedo, cuando lo nombras.

Y es que uno piensa –probablemente con motivos-, que estos son solo anuncios de algo mucho más importante, que prontamente, va a pasar.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Me dijeron que recordara.


“Los muertos siguen muriendo
y en ellos, los vivos”.
P. A.

I.

Me dijeron que recordara.

Que hacerlo era importante.

Que la verdadera clave estaba en eso.

Tanto me lo repitieron que terminé por realizarlo,
aunque sin querer hacerlo, en realidad.

Y es que yo quería rebelarme, pero no sabía realmente contra qué.

Y además -debo reconocerlo-, siempre he tenido un lado cobarde.

Por lo mismo –y porque ese lado cobarde es sin duda mi lado más grande-,
terminé memorizando un gran número de cosas, que luego oculté.

Esa lámpara y esa rueda, son algunas de esas cosas.


II.

No les miento.

Pueden comprobarlo incluso, si prefieren.

La rueda esa es un engaño.

Tan perfecta parecía y ya no gira.

O nunca giró, tal vez.

A veces, incluso, siento que le digo rueda, simplemente por cariño.

Porque me recuerda a algo que aprendí, y que probablemente ya olvidé.

Igual que el lugar donde oculté, cada una de estas cosas.


III.

Por último, llega el turno de las lámparas.

No de todas, por supuesto, sino solo de aquella que oculté.

Estaba junto a otra, que al menos en principio, parecía ser la misma.

Esa lámpara duró encendida más tiempo que la otra, me dije, recordando.

Más tiempo encendida, aunque no iluminó muy bien.

Mientras lo hizo, sin embargo, yo me dediqué a recordar, lo más que pude.

Y esto, por otro lado, fue lo que no olvidé.

jueves, 4 de diciembre de 2025

La misma abuela.


I.

Las abuelas antiguas tenían todas colgadas en su cuarto la misma cruz.

Tal vez en el fondo, pienso yo, eran la misma abuela.

La única abuela, entonces, y con una misma cruz.

Una de madera, en mi caso, con unas cadenas de metal reemplazando al Cristo.


II.

Algunos discuten y me dicen que no es cierto.

Que no es verdad que haya sido siempre la misma cruz.

Por lo mismo, me veo obligado a aclarar:

Pueden haber existido variaciones, pero en el fondo siguen siendo la misma cruz.

Y la misma abuela, por ende, según mi teoría.


III.

Es extraño, pero solo me discuten de la cruz y no me discuten de la abuela.

Por ejemplo, hablan del material de la cruz, del lugar donde colgaba y hasta del tamaño que tenía.

De la abuela, en cambio, poco hablan.

Como si las supuestas diferencias en la cruz demostrasen las supuestas diferencias entre las abuelas.

Mi teoría es más firme, les digo.

No estoy jugando.


IV.

Ellos insisten.

Me acusan justamente de jugar, luego que lo he negado.

Juegas con las palabras, me dicen, e intentas confundir para que parezca que dices algo.

Yo lo niego, por supuesto, y luego les explico.

Lo que he dicho es cierto, les digo.

Una misma cruz, una misma abuela y a veces un espejo.

Ese es el principio y será también el fin de todo.

Pueden creerlo.

Una única abuela, colgada en cada cuarto, como una cruz.

Eso es lo que les digo.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Llama cuando llegues.


-Sale que el uber llega en cinco minutos… Mejor nos despedimos.

-Llámame cuando llegues, porfa.

-¿Cómo?

-Que me llames cuando llegues, por teléfono... Una llamada cortita, nada más.

-Quieres que te llame cuando llegue, ¿eso dices?

-Sí.

-¿Y para qué?

-No importa, pero llama eso sí.

-¿Cómo no va a importar? ¿No es absurdo, acaso…?

-Solo te digo que llames cuando llegues… Es tarde y ya sabes, muchos lo hacen. Para saber si llegaste bien, nada más.

-¿Si llegué bien?

-Claro, bien. Sin novedades, digamos.

-Entiendo. Quieres que te llame para que tú estés tranquilo.

-No dije eso.

-Pero es eso, ¿o no?

-Puede ser, pero haces que suene mal.

-Suena lo que tú dices... Yo solo te aclaro lo que es.

-De acuerdo… Si quieres no llames. Puede ser un mensaje, si quieres. Un ok., nada más.

-Sabes que me demoro en llegar, ¿acaso vas a estar esperando a que llegue, inquieto hasta que llame?

-No sé si inquieto, pero me ayudaría saber que llegaste bien.

-Además cuándo te aviso que llegué… ¿cuando llegue fuera del condominio, cuando entre, cuando abra la puerta de la casa, cuando ya esté segura, acostándome…?

-Elige tú. Llama cuando sientas que llegaste… o que todo está bien.

-No sé si siento eso, alguna vez.

-Yo lo haría, ¿sabes?

-¿Qué cosa?

-Llamarte. Si tú me lo pidieses yo te llamaría sin problemas.

-Pero no lo haces.

-¿Cómo quieres que lo haga si yo me quedo?

-Pues no es cuestión de quedarse o no quedarse. Es avisar que estás bien.

-¿Quieres que te llame cuando sienta que todo está bien?

-No lo sé. Te lo decía de ejemplo, nada más.

-¿No vas a llamar entonces?

-No sé. No creo… Ya llegó el Uber… chao.

-Chao. Llama cuando llegues, si quieres. O si todo está bien…

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