lunes, 22 de marzo de 2010

Aún no estoy de pie y me falta un nombre

Quizá el mejor comienzo de un libro que conozco es el de Moby Dick. De hecho bastan sus dos primeras palabras: “Llamadme Ismael”. Desde un inicio alguien nos extiende los brazos y abre un espacio, uno interior, me refiero, con nosotros. No nos dice que es Ismael, sino que lo llamemos así. Es el propio autor quien nos comienza hablar y nos invita a creerle, a escucharlo.
No hay artificio en ello.
Yo no les he dicho mi nombre ni como llamarme, y la verdad, -si esto se transforma en un blog y en algo continuo como espero que sea- incluso me complicaría mucho el compartir comentarios con algún lector o algo, si los hubiera.
Como sea, leí una versión de Moby Dick cuando pequeño, un resumen blanco de la biblioteca Apuntes, en casa de una tía. Y la verdad no me pareció gran cosa en su momento.
Tras encontrarlo muy barato en una Feria del Libro, me compré la edición completa, y vi que en muchas páginas antes de comenzar la narración, reunía una gran cantidad de epígrafes sobre el tema, principalmente sobre las ballenas, pero también un factor común que aterrizaba más allá de ello, y tenía que ver con ese algo inmenso, puro, eso que queremos dar caza y que tememos, y que de cierta forma también amamos, aunque la manera correcta de explicarlo sea otra, que está lejos de mí en estos momentos.
Hoy creo que es un libro magnífico, inmenso (no piensen en las páginas como mis alumnos... ya les contaré de eso), pero sobre todo vivo. Y cuando los tomo y los ubico (son dos tomos) en uno de los estantes, es como si tomase algo vivo y sintiese además como si de cierta forma hubiese quedado unido a mí de alguna extraña manera, como un cordón umbilical, por intentar decirlo de alguna forma.
Todo aquello que pasa con esos hombres, el tipo ese con el apellido traducible por ataúd, el capitán Ahab… había algo vivo dentro de ellos. Pero tendría que forzarme un poco para hablar de esto ahora. Ya llegará el momento.
Creo que por ahora me conformo con decirles que no hay artificio en esto. Que no pretendo nada más que hablarles, y ordenar y darle forma a todo esto, como dije en un comienzo. Y decirles que yo estoy vivo acá, y sé que ustedes allá afuera, y que es algo que trataré de no olvidar, y espero que ustedes tampoco.
No se olviden que están vivos, y lo que está vivo en mí le habla a aquello que vive dentro suyo. Con afecto. Y sin artificio alguno, como ya les dije. No me importa que esto salga bruto y con errores y con frases hechas o deshechas.
Pero va con afecto de verdad.
Sino sólo sería un egoísta.
No les digo como me llamen. Aún no estoy de pie y me falta un nombre.

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