viernes, 20 de febrero de 2026

Emily, yo y Moscú Chestnova.


“Me da lástima que… por mucho que viva,
la vida nunca se me da como yo quiero.”
A. P.

I.

No leo a Emily Dickinson hace tanto tiempo que he comenzado a echarla de menos.

Tal vez estos días vuelva a leer algunas de sus cartas.

No fueron escritas para mí, por supuesto, pero de cierta forma siento que podemos vernos a través de ellas.

También siento esto cuando leo los poemas que ella no se esmeró en corregir.


II.

Me sorprendió hace unos días, “Moscú Feliz”, de Platonov.

Tanto que fui haciendo numerosas pausas, mientras leía, y hasta tomando algunos apuntes.

No es que mis pausas y mis apuntes sean la gran cosa, pero reflejan un ritmo que me hace mirar y sentir distinto aquello que leo.

Como si hacerlo fuese también bajar la guardia ante algún aspecto del libro o la voz de algún personaje.

En este caso, decidí bajar la guardia con Moscú Chestnova y dejarla que (me) hablara –y se contradijera incluso, mientras vivía-, recibiendo todo aquello que decía como si fuesen verdades.

Igual como me ocurre con Dickinson, por cierto.

Y con la McCullers, cuando no se pone a reescribir lo que ya ha escrito.


III.

¡Así es como eres en realidad, mundo!, descubre en un momento Moscu Chestnova, mientras mira a través de la opacidad de la niebla.

Y yo la observo decir eso igual como lo descubre y redescubre Dickinson cuando es del todo sincera, en algunas de sus cartas.

Así, mientras observo a ambas, intento ser de cierta forma un puente, entre ellas.

O como una muralla traslúcida, digamos, llevando frases de una a la otra.

Chestnova es sin duda más llevada a sus ideas y no escucha muy bien cuando hablan los otros.

Emily en cambio escucha de forma más atenta, aunque no esté de acuerdo necesariamente con lo que la otra dice.

Así y todo, la veo sonreír cuando Moscú confiesa que se le enfría la piel después del amor:

“El amor no es comunista: he pensado y pensado y he decidido que no puede serlo… Probablemente sea necesario amar, y yo amaré, pero es lo mismo que comer; es solo una necesidad, no el propósito de la vida”.

Una vez termina de decirlo, observo los ojos de ambas y veo que sus miradas brillan, sabiendo que se mienten un poco cuando hablan del amor.

Así y todo, concluyo, lo hacen de una forma más pura y más honesta, de la que nos mentimos todos.

Y les agradezco eso.

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