Ahora todos dudan, aunque algunos hasta hayan ido al entierro y tengan fotos.
Estoy hablando de muerte de la abuela que vivía en la casa de ladrillos, al final de la calle.
No es que fuese un gran evento, pero yo al menos lo recuerdo claramente.
El velorio en la misma casa y la organización que se hizo para ir al entierro a un cementerio cercano.
Yo no fui al entierro, por cierto, pero estuve brevemente en el velorio y le di el pésame a la hija de la abuela, que vivía en la misma casa.
Era ya una mujer mayor, que había tenido una hija que se había ido al extranjero un par de años antes de la muerte de la abuela.
El caso es que la abuela murió en ese entonces y todo lo relacionado con aquello fue normal, como ocurre con cualquier muerto.
Lo extraño surge después, por supuesto, y es que a dos o tres años de esa muerte, resulta que hemos visto a la abuela caminando por la calle.
Yo incluso la seguí para comprobar que era la misma.
Y lo era.
Lo comprobé pues la saludé por el nombre y luego la ayudé a llevar una compra a la casa de ladrillos.
No le hablé de su muerte claro, pero sí le hice alguna pregunta sobre su hija, quien la esperaba en la casa.
-¿Es ella…? –le pregunté, cuando abrió la puerta.
-Sí, ella –me contestó secamente-. Volvió hace algunos días.
No hablo mucho con los vecinos, pero me las ingenié para comentar lo ocurrido.
Estaba nervioso cuando les hablé.
Temiendo incluso que me trataran de loco o algo así, pero al final apenas me escucharon.
-Ya sabemos –me dijeron secamente-. Se ve igual que antes.
-Pero hicieron un velorio y la enterraron… -alegaba yo-. No puede estar bien…
Algunos vecinos me miraron molestos.
Otros decepcionados.
-Si te molesta que esté acá puedes decírselo a la cara –me increparon-. Ahí le puedes explicar tus razones para que regrese al lugar de dónde vino…
Intenté hacerles ver que no era ese el problema, pero no hubo caso.
De hecho, ni siquiera sabía expresar con exactitud cuál era el problema.
Comencé entonces a dudar sobre lo ocurrido.
Sobre la muerte de la abuela, me refiero.
Así y todo, un día que vi caminar a la abuela hacia la panadería fui hasta la casa de ladrillos y hablé con su hija.
-Disculpe –le dije-. No quiero incomodar, pero… no sé bien cómo decirlo… su madre… ¿es idea mía o yo le di el pésame cuando ella murió…?
-No recuerdo bien lo de los pésames –me dijo, tras unos segundos-. Pero supongo que sí…
-Pero entonces… -balbuceé-, no entiendo… o sea… ¿para qué volvió…?
La mujer me miró sin ganas de responder.
Así y todo, yo insistí.
-Le das muchas vueltas y eso molesta –me dijo-. No es necesario un para qué. Llegas sin uno, te vas sin uno y ahora ella volvió sin razones nuevas… o no demuestra tenerlas, al menos…
Cuando me decía eso, noté que la abuela regresaba, cargando la bolsa del pan.
Todavía venía lejos, pero preferí no preguntar nada más.
Me disculpé brevemente y luego fui por la abuela.
No dejó que la ayudara con la bolsa.
-Cada uno debe cargar su pan –me dijo, expresando su negativa.
Yo asentí.
Pensé en hacerle una pregunta, pero no se me ocurrió nada importante, así que desistí.
Se fue y volvió, me dije, para dar por cerrado aquel asunto.
No hay que darle más vueltas.