Estuve buscando largamente cómo decirlo y al final lo encontré.
No en un lugar escondido o de difícil acceso, sino en la superficie de algo que moví incansablemente de un lado a otro, mientras buscaba.
Y claro, una vez encontrado, esto fue lo que dije:
“En mi cabeza existe algo similar a los cuatro estómagos de una vaca”.
Tras decirlo, guardé silencio un rato, mientras el eco de lo dicho se transformaba en pensamiento.
No es una gran máxima, pensé.
Tampoco se explica por sí sola, pero a mí me sirve, al menos.
Sí… me sirve para entender el proceso, dije.
Por ejemplo, me sirve para saber qué ocurre luego de rumiar las palabras antes que ingresen a la cabeza, más deshechas.
Todo eso me dije, digamos, como explicación del proceso previo antes de llegar a los cuatro estómagos que había en mi cabeza.
Y es que una vez ahí, debo reconocer que no puedo evitar utilizarlos.
Entonces, ocurre simplemente que las ideas van de un estómago a otro.
No grandes ideas, necesariamente y tampoco a gran velocidad.
Pero al menos soy lo suficientemente consciente para percibir su traslado y cada uno de sus pequeños cambios.
Es como presenciar un malabarismo lento, observé.
O un espectáculo sin gracia alguna, más que la misma deglución.
Hecha mi observación, por cierto, me tendí un rato.
Tenía una leve sensación de falta de precisión.
Para evitarla, cerré los ojos e intenté percibir ahora un pensamiento nuevo.
Un trozo de hierba desligado de otra, digamos.
O algo así.