lunes, 26 de octubre de 2026

No sabe bien por qué lo hizo.


Dice que no sabe bien por qué lo hizo, pero que se alejó del grupo porque comenzó a seguir a una abeja. Recién habían terminado de comer y él se había apartado unos pasos, para relajarse un poco. Y claro, fue entonces que vio una abeja sobrevolando unas flores y se acercó a ella. Era una abeja normal, pero de pronto sintió interés en verla más de cerca y se olvidó del resto. Según cuenta, le llamó la atención la forma en que volaba cuando dejaba de estar apoyada en alguna superficie. Como una forma extraña de tomar impulso, le pareció. Como si fuese la propia superficie la que la impulsara suavemente. Sin emitir una fuerza concreta, sino más bien recordándole que no es parte de aquello sobre lo que se ha posado, y que debe seguir buscándolo en otro sitio. Así, de pronto, se vio siguiendo a la abeja que volaba con un ritmo que parecía una invitación a seguirla. Siempre otorgando las pausas necesarias para ser localizada de buena forma y ver si el camino permitía o no el avance, y la búsqueda. Fue así que de un momento a otro se percató de la gran distancia que había recorrido y volteó a ver a los otros y no reconoció siquiera el camino realizado. Entonces, como si se encontrase en una encrucijada consideró la posibilidad de regresar -aunque no sabía cómo-, y también la opción de seguir a la abeja -aunque no sabía a dónde-. Así, tras unos segundos de duda, rompió su inmovilidad buscando a la abeja que de pronto ya no estaba a la vista. Sé que estás ahí, le dijo en voz alta, mientras la buscaba entre las hojas. Era algo absurdo, por supuesto, pero lo hizo sin pensar. Segundos después comenzó a llover. Esta misma lluvia, por cierto, fue la que comenzó entonces. No va a detenerse, dicen.

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