I.
Montañas sobre montañas.
Eso imagino yo.
Montañas sobre montañas y uno debiendo aparecer arriba.
Como en un juego, digamos, en el que tienes que bajar.
De eso debiese tratarse, me refiero.
De descender con cuidado.
De bajar sin hacer rodar nada
Y dejar todo en su sitio.
II.
No es menor el equívoco.
Ese de querer subir.
Obstinadamente incluso, cuando no fuimos hechos para eso.
Y es que una vez arriba, hay que bajar.
Siempre hay que hacerlo.
Descender al lugar de origen.
O al lugar que creemos es el de origen.
La vista asciende para huir de nosotros.
Las iglesias debieron ser siempre, hechas bajo tierra.
III.
Montañas sobre montañas.
Y también, por ende, montañas bajo montañas.
Así ocurre.
Más arroba y más abajo siempre hay otra.
No hay terreno bajo las montañas.
No hay terreno distinto, quiero decir.
No hay base.
Todo es parte de la ilusión que forma el agua que viene también a ocultar.
Y a crear la ilusión de una superficie segura desde la cual andar y desandar nuestros pasos.
Ese es el engaño del agua.
Ella esconde el resto de la palabra cuyo significado confundes.
Reflejo del cielo es el agua.
Montañas sobre montañas quedan bajo ella.
Algo, pronto, va a pasar.