lunes, 24 de agosto de 2026

Todos esos dientes.


Hileras tras hileras, supones, aunque no se ven muy bien. Tampoco los sientes, de hecho, salvo que la rabia los revele. Una vez, sin embargo, escarbando bajo la piel, encontraste uno. Entonces decidiste pensar que era el primero. Indagaste un poco más y descubriste que era filoso hasta cierto punto y que estaba bien sujeto. Luego fuiste a una urgencia y lo intentaste explicar. Directamente, para evitar desvíos. Hurgando en la herida encontré un diente, les dijiste. Luego les mostraste. O intentaste hacerlo, al menos. Y claro, no te tomaron muy en serio aquella vez, aunque al menos sellaron la herida. Aun así no te quedaste tranquilo. Y es que ya sabías que había un diente dentro. Sin herida incluso, lo sabías. Además, si había uno ahí bien podría haber otros, fácilmente. Un gran número de ellos, incluso, y probablemente en varios sitios. Imposibles de ver, por supuesto, pero estaban ahí. Ocultos de la vista, pensabas, mientras observabas la piel. Tu piel. Bajo los ojos, incluso. Tan filosos como el que ya habías descubierto, pero escondidos en algún órgano o en algún tejido blando, pensabas. Dientes listos para morder si es necesario. No importa qué. Ni cuándo. Aunque sea desde dentro. Tal vez, si me olvido, todos esos dientes desaparecen, intentaste repetir como un mantra. Sin resultados, por supuesto. Todos esos dientes dentro tuyo y nadie sabe, dice entonces una voz, extraña. Tranquilo. Tal vez yo sea aquella voz.

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