"Hazte el ciego,
te acercará a la verdad"
R. B.
Ahora no, pero antes íbamos todos.
No sé cómo nos dejaban.
Subíamos a unos cerros durante varias horas y lo encontrábamos ahí.
Un barranco de al menos cien metros casi en línea recta.
Generalmente presionaban a uno nuevo, para ir, y eso le daba un motivo al viaje.
Sin embargo, una vez ahí, el desafío de pararse en la orilla y mirar hacia abajo lo hacíamos todos.
Era más como compartir un secreto, de hecho, que un desafío para opacar al otro.
Me refiero a que no llevábamos a nadie que nos cayese mal.
Era casi como un premio llevarlo a conocer el precipicio e impulsarlo a exponerse a la sensación que provocaba.
No es que no hubiese disputas y alguna pelea de vez en cuando, pero solían ser por razones fortuitas.
Nada premeditado, quiero decir.
Así y todo, al ir creciendo, algunos de los chicos comenzamos a distanciarse de los otros.
Y las horas necesarias para llegar al precipicio nos fueron llevando poco a poco a abandonar esa costumbre.
Probablemente, incluso, fuimos olvidando ese lugar, que se cambió por otros lugares más cercanos y otras costumbres.
Por mi parte, volví un par de veces al barranco, no sé muy bien para qué.
Recuerdo, por ejemplo, que leí a solas mi primer libro de Bradbury en aquel lugar.
Y recuerdo que la última vez me pareció ver a alguien cayendo por el precipicio.
De regreso, esa vez, comprendí que no se trataba de una caída involuntaria y fue como si descubriese algo -ahora evidente-, que estaba en cada uno de nosotros.
No fui nunca más a ese lugar, desde aquella ocasión.
No tenía más de doce o trece años, pero no sospecho que mis recuerdos sean imprecisos.
No más que otros recuerdos, al menos.
Y no más de lo que somos para nosotros mismos, y probablemente, para los otros.