A ella le llamaba la atención que quedasen marcadas en la piel las partes del cuerpo expuestas al sol, los días de calor.
O sea, que quedase diferenciada la parte de la piel que ha sido expuesta a la luz del sol de aquella que no fue expuesta.
Lo apreciaba en su propia piel, mientras miraba las marcas de las mangas de las blusas u otras ropas que solía usar en verano.
No era una cuestión estética, lo que le preocupaba, ni tampoco nada relacionado con las quemaduras de piel u otro problema asociado de salud.
De hecho, lo que le preocupaba era algo más difícil de nombrar y que tenía que ver con ella misma.
En concreto, tenía que ver con observarse a sí misma y ver dos tonos en la misma piel y sentir de pronto que ella estaba debajo de esa especie de tela que la cubría y que podía mancharse sin cambiarla a ella propiamente.
Eso era lo que sentía o eso fue lo que entendí yo, al menos, tras hablar con ella varias veces, sobre aquello.
-A veces prefiero no exponerme al sol para que no me pase –me dijo, hace unos días-. Y no tanto porque no me pase, sino para no tener que estar luego pensando cosas raras, que me terminan asustando…
Yo le iba a decir que asustarse no era malo y a explicarle por qué, pero luego decidí que era mejor dejarla sentir, pensar y decidir por sí sola, sin recibir ideas de nadie.
También decidí, de paso, marcharme del lugar y dedicarme mejor a otros asuntos.
No recuerdo a cuáles.