I.
Desconfío de la realidad cuando veo, desde algún lugar alto, un conjunto de casas dispuestas en fila.
Me incomoda el diseño, supongo, y el orden poco natural que ubica una construcción detrás de otra, a distancias similares.
Cuando digo que “desconfío de la realidad”, por cierto, me refiero a que dudo tanto de lo que observo como de aquello que no.
Y entre lo que no veo, incluyo el lugar sobre el que estoy.
Y lo que hay bajo él y sobre él.
Y también dentro.
II.
Cuento las casas, cuando las observo desde la altura.
Y debo reconocer que es fácil hacerlo cuando están alineadas, y en cuadrículas.
La cantidad que hay por un lado por la cantidad que hay en el otro, simplemente.
Doce por doce en este caso.
No hay cómo equivocarse, de esa forma.
III.
No son lo que parecen, dice alguien mientras observo.
Lo dice con un tono que deja claro que no hay interés de abrir un diálogo ni de esperar réplica.
Aprovechándome de aquello elijo no voltearme y sigo, simplemente, mirando las casas.
Parecen vacías, pienso, mientras las miro.
Me cuesta dejar de mirarlas, cuando lo hago, pues no suele haber razones claras, para hacerlo.
Esta vez, por ejemplo, me quedo hasta que oscurece y las luces de las casas comienzan a encenderse.
Yo debiese estar ahora mismo en una de ellas, me digo.
Y entonces voy.