*
Te acercas a la olla
para sentir el vapor que sale
del arroz blanco.
Solo un momento te acercas
y está bien.
Con eso basta, digamos.
Luego apagas el fuego
y te alejas un poco.
Como si guardases silencio
después de decir una verdad.
O como dios se aleja
luego de soplar la arcilla.
*
Sirves un poco de arroz en un plato.
Arroz blanco en un plato blanco.
Todavía sale vapor del arroz que ahora está en el plato.
Ya no sabes si mirarlo o no.
De cualquier forma, el plato está frente a ti.
Amplio, cuadrado, con el arroz un poco al centro.
Lo miras como si estuviera muriendo, al arroz ese.
Naciendo y muriendo, en realidad.
Lo que te gustaría es comer el vapor que va ascendiendo.
O ascender con él, directamente.
O en realidad quién sabe.
*
Pasan los minutos.
Has comido un poco de ese arroz,
pero lo importante ya ha pasado.
No hay vapor, me refiero.
Sabías que iba a pasar,
simplemente,
y pasó.
Aunque eso, por supuesto,
no consuela.
Ahora, lo que queda del día
y lo que queda del arroz
son prácticamente la misma cosa.
Nada malo en todo caso.
Nada terrible.
Al menos, existió.