lunes, 23 de marzo de 2026

Orígenes.



Ella me cuenta que, de pequeña, pensaba que las lágrimas eran del color del ojo que las lloraba. Que nadie se lo había dicho y que a ella le parecía haberlo creído así, simplemente. Que si su madre, por ejemplo, tenía los ojos negros, sus lágrimas serían negras y así. Luego, cuando observó sus propias lágrimas y vio que eran transparentes, se acercó poco a poco a las de los otros y vio que todas eran más o menos iguales. Ante esto, no abandonó su idea inicial del todo pues concluyó que las lágrimas no venían del ojo, sino que pasaban, finalmente, por él. Asimismo, se convenció de que venían desde dentro de las personas, desde una región transparente y acuosa que estaba en algún sitio del cuerpo, donde residía el mecanismo que nos hacía llorar.

-Supongo que en ese entonces creía que el origen de las cosas quedaba siempre plasmado en ellas -me dijo-, que eran de cierta forma parte indivisible de la sustancia final…

-¿Y ya no crees en eso? –le pregunto.

-No es que no crea, pero entiendo que las cosas pueden transformarse –me explica-, e incorporar a sí mismas elementos o aspectos que no eran parte de su composición original… elementos externos a ellos, me refiero… más allá de su origen… ¿no crees que es así?

-No –le digo, tras pensármelo un poco-, no creo que funcione así.

-¿Y entonces?

-Entonces nada –contesto-. Tú misma lo entendiste casi perfecto, de pequeña, pero luego dudaste de ti misma.

-…

-¿No es eso lo que acabas de contarme, acaso?

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