I.
Se funden los huesos, como el oro.
O se funden, más bien, como un metal menos valioso.
De cualquier modo, he descubierto que se funden, y eso es lo importante.
Importante en el sentido de práctico, esta vez.
Y es que se funden los huesos y eso me permite, entre otras cosas, hacer lingotes con ellos.
¡Miles y miles de lingotes, incluso, si hay tiempo…!
Así, almacenarlos pasa a ser una tarea más posible y ordenada.
Y más justa, también.
Notablemente más justa.
II.
Hay que tener moldes para hacer los lingotes.
Moldes y un buen sistema de hornos para fundir los huesos.
Es un trabajo bruto, digamos, pero requiere constancia.
A mí, por ejemplo, los primeros lingotes no me quedaron del todo bien.
Por suerte, un lingote tampoco es algo definitivo, así que volví a fundirlos hasta que el trabajo quedó mejor.
No sé si perfecto, en todo caso, pero casi.
III.
Por el contrario de lo que se piensa, no son blancos los lingotes resultantes.
Son más bien grises, con vetas, y hasta parecen impuros.
De cualquier modo, al interior de las bóvedas, cada uno de los lingotes parece revelar su propio valor.
Desconozco cuál es, por cierto, pues esa no es mi tarea.
Y de serlo, probablemente, no lo revelaría, hasta el final.