Ella se acerca y me dice que puede adivinar lo que la gente está pensando.
Y yo, por supuesto, me cuento entre esa gente.
Por lo mismo, me dice que podemos comprobarlo, basta con que yo piense en algo y ella podrá adivinarlo de inmediato.
-¿Y eso para qué sirve? –le pregunto.
Entonces ella se incomoda. Me dice que ese no es el punto. Que tiene utilidades, por supuesto, pero lo que quería acá era más bien asombrarme. Demostrarme que algo aparentemente imposible no lo es.
-Quería regalarte un asombro, nada más -es lo que dice.
Yo le agradezco el gesto y le confieso que en realidad mi pregunta fue una defensa. Que el problema real, en mi caso, es muy distinto. Y que ni siquiera puedo adivinar lo que yo mismo estoy pensando.
-¿Cómo es eso? –me pregunta.
Me complico un poco al explicarle, pero intento decirle que no sé pensar en qué pienso. Que las cosas fluyen nada más y si pienso en lo que pienso en el fondo lo que hago es pensar en lo que ya pensé. En lo que ya pensé y ya no pienso, quiero decir. Y que no sé controlar eso.
-No es lo que les pasa a todos, ¿cierto? –le pregunto.
-No –dice ella-. Estás jodido.
Luego, por los gestos que hace, supongo que intenta ver qué estoy pensando y que eso le cuesta y finalmente no lo logra.
-¿Mejor hacemos otra cosa? –le pregunto.
Pero ella no contesta.