miércoles, 30 de septiembre de 2026

Quietos, los santos.


Estaban quietos, los santos.

Tan quietos que, a la distancia, yo pensé que se trataba de una serie de esculturas de santos.

Sin embargo, al acercarme, pude ver que se trataba de personas reales.

O tan reales, al menos, como lo puede llegar a ser un santo.

Los conté.

En total había diecisiete.

Trece hombres, me parece, y cuatro mujeres.

Seis sentados y once de pie.

Todos muy distintos entre sí, por cierto, como si de cierta forma fueran de especies distintas.

Como en los cómics cuando hay encuentros de linternas verdes.

Estaban cerca, unos de otros, pero no hablaban entre ellos.

Uno murmuraba algo, me pareció, pero cuando me acerqué dejó de hacerlo.

Tres o cuatro levantaron la vista para verme.

O para mirar en mi dirección, más bien, pues me parecía que su vista me traspasaba.

Esto me producía una sensación extraña, aunque no incómoda.

Y es que no había tensión en aquel lugar.

O no se proyectaba desde los santos, al menos.

A lo que voy es que no estaban ahí alardeando de su santidad ni juzgando a nadie, desde esa misma condición.

Y eso era cómodo, hasta cierto punto.

Son santos, simplemente, me dije, mientras caminaba entre ellos.

Son santos de la misma forma como yo soy un genio.

Caminé un poco más y procuré acercarme a cada uno de ellos, aunque fuese un instante.

Recuerdo que el último al que me acerqué tenía olor a manzanas rojas.

Todo era como una exposición.

De esas casi vacías, a las que nadie va.

Voy a dar una última vuelta y luego me voy, pensé.

Estaba cansado, ciertamente, pero no exhausto.

De cualquier modo, me dije, entre todo lo que existe no hay ni siquiera un paso.

Y en una de esas, encuentro un remate bueno para este texto, cuando menos lo espere.

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