Me alcanzó una muerte, pero no era la mía.
Eso le dije, apenas me embistió.
Se lo quise hacer entender, pero no quiso.
Alegó diciendo que la muerte era la misma para todos y en todas partes.
Tú no eres especial, recalcó.
Yo la observé.
Busqué mirarla de frente, para que supiera que hablaba en serio.
Ella esquivó la mirada.
Eso que dices solo son palabras, le lancé, envalentonado.
Ella se quedó en silencio.
Justo entonces sentí una fuerte ráfaga de viento pasar junto a nosotros.
Apenas pasó, me pareció escucharla reír, bajito.
Luego volvió a hablar.
Todo son palabras, dijo.
Hasta la muerte es una palabra, si te fijas.
Y todo lo que crees que significa.
Yo asentí, mientras pensaba.
No lo hice de gusto, por supuesto, pero lo cierto es que asentí.
Y es que me parecieron honestas, sus palabras, y suelo asentir ante lo honesto.
Puede ser cierto, acepté.
Pero eso no quita que tú misma, como muerte, hayas errado de camino.
Le dije esto con voz seria y segura, pues estaba seguro de estar en lo correcto.
Ella, ahora, también asintió.
De forma involuntaria, probablemente, pero lo hizo.
Tal vez es un poco como yo, me dije.
Mientras pensaba esto nos quedamos uno frente al otro, como si estuviésemos reconociéndonos.
Tal vez si era mi muerte, después de todo, pensé.
Eso pensé, es cierto, pero no se lo dije.