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H. se defendió no porque quisiera defenderse. Lo hizo porque le era imposible no hacerlo. Como un reflejo, digamos, nada más. Aferrándose, inconscientemente, para no caer.
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Lo extraño es que algunos hablan de defensa cuando no hay ataque, realmente. Y ese es un error más importante de lo que parece. En parte porque te vuelve víctima y hasta cierto punto valida tus acciones ante los demás. Algo que, según mi postura, no debiese ser importante.
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Es imposible hacerlo. Una defensa tras otra, quiero decir. Poner las manos una y otra vez ante innumerables caídas. De vez en cuando habría que guardarse las manos en los bolsillos. Acostarse en el suelo, para evitar el derrumbe total. Eso que llaman la pérdida de la voluntad. Ya sabes.
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A mí me gustaría llevar todo esto al terreno de las ecuaciones. A igualdades, que ayudan a realizar el cálculo. No fijarse en las incógnitas sino en el equilibrio que provoca toda igualdad. Día y noche, por ejemplo. Vida y antivida.
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Así se pierde la voluntad. Así se extravía. Algunos piensan que la llevan consigo hasta que se hace evidente que no. Y es una pena entonces. A H. le ocurrió eso, si lo piensas. Lo triste –creo yo-, es que todavía no lo sabe.