sábado, 31 de enero de 2026

Homo Lumens.


Leo sobre un estudio realizado por una universidad austriaca.

Dicho estudio concluye que los seres humanos generamos cierto nivel de iluminación, aunque no explica muy bien –según mi lectura, al menos-, las razones por las cuáles esto se produce.

Lo que sí hace es explicar claramente las distintas mediciones que realizaron en cuartos herméticos en los que se cuantificaba la intensidad lumínica previa al ingreso de algún ser humano. Dichas medidas, proporcionadas en el estudio por cifras de luxes (que equivalen a lúmenes por metro cuadrado), se veían aumentadas luego del ingreso del ser humano, de una manera distinta (y mayor) a cómo variaban ante el ingreso de otros elementos de similar volumen, color y superficie (para descartar cualquier efecto de reflexión o absorción que pudiese ocurrir).

De hecho, el experimento se realizó incluso con habitaciones totalmente a oscuras, comprobando así que el único cuerpo que podía incidir en la variación de la intensidad lumínica era el ser humano, identificándose así como una fuente lumínica pura. Escasa, convengamos, pero pura.

Tras leer todo esto –resumido aquí de forma básica, por cierto-, me quedo pensando un rato qué tan distintos somos de lo que creemos que somos. No de forma tan profunda como suena, pero más o menos así. Por ejemplo, me imagino por un momento a mí mismo como una especie de lámpara de pie o hasta como un farol pequeño. Y pienso entonces cómo darme un uso.

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