jueves, 3 de abril de 2025

Moscas en la boca.


I.

Decidió abrir su boca y dejarla así, abierta.

Al menos hasta que al interior de ella, se metiera una mosca.

Una o varias, pero en realidad basta con una, señaló.

Parece mentira, pero les juro que es cierto.

Nunca conocí sus razones, pero fui testigo de aquello.

Supongo, en todo caso, que ella quería explorar una sensación nueva.

Para lograrlo, fue hasta un basural que quedaba en las afueras de la ciudad.

Me pidió que la acompañara, luego de ver una película, y por el camino me contó su plan.

El plan, por cierto, era tan básico que creo que ya lo dije.

De todas formas, lo repito:

Ir hasta el basural, abrir la boca y esperar que entrase la mosca.

Y claro, yo debía acompañarla y grabar ese proceso.

Sin entender para qué.


II.

La acompañé por la misma razón que la acompañaba siempre.

Una razón tan obvia, que creo innecesario nombrarla.

Esa vez, ella manejó todo el camino sin hablar del asunto de las moscas.

En cambio, me habló de un viaje que quería hacer y de la herencia que recibiría tras la muerte de una tía y que le permitiría cambiar de vida.

Cuando llegamos al lugar ya atardecía.

Nos adentramos un poco y elegimos el lugar donde grabaríamos.

Había todavía suficiente luz y las moscas eran abundantes, sin duda.

Pensé que sería más difícil, pero ella se agachó un poco, abrió la boca y esperó.

De vez en cuando la cerraba un poco para tragar saliva.

No pasaron diez minutos antes que entrara en ella una mosca.

Ella siguió con la boca abierta hasta que luego las moscas fueron dos.

Entonces cerró la boca, atrapándolas en ella.

Yo le hice un gesto que indicaba que la grabación estaba bien.

Subimos al auto.

Ella seguía con la boca cerrada.

Manejé yo, de regreso.

No me gustaba hacerlo y ni siquiera tenía licencia, pero ella me lo pidió con un gesto.

Ella revisó la grabación mientras volvíamos a la ciudad.

Nunca más abrió la boca.

O sea, nunca más hasta que llegamos a su casa.

Estacioné fuera, bajamos y comprendí que debía despedirme.

Nos miramos a los ojos.

Recuerdo haber pensado que las moscas saldrían de los suyos, como lágrimas.

No fue así.

Sonrió sin abrir la boca y me extendió una mano, a modo de despedida.

Yo le tendí la mía.

Luego la observé entrar, encender las luces y después nunca más volví a verla.

Supe, sin embargo, que tiempo después recibió la herencia de su tía y se fue a Noruega.

Nunca entendí, realmente, para qué.

miércoles, 2 de abril de 2025

Se juntaban a comer ensaladas.


Se juntaban a comer ensaladas.

Cada jueves a la misma hora, luego del trabajo.

Habían intentado hacerlo otros días, pero al final siempre, mientras comían, descubrían que era jueves.

Se reían diciendo que no sabían por qué.

Era tan extraño como simple.

Las ensaladas, además, no eran rebuscadas ni sofisticadas.

No preparaban nada gourmet, quiero decir.

Verduras de estación, simplemente.

Servidas sin un orden específico en grandes platos de vidrio.

Y siempre en abundancia.

Podría extenderme en teorías sobre las razones de estos actos, pero elegiré decirlo de una vez, para evitar malentendidos:

Lo de las ensaladas había surgido como una forma extraña de sentir que estaban cambiando su vida.

Lo expreso así, por cierto, luego de escucharlos hablar en varias ocasiones, sobre aquello.

En este sentido, aclaro, no es mi interpretación, en lo absoluto.

Son sus observaciones, simplemente, alineadas por mí.

El cambio que buscaban, sin embargo, nunca me quedó muy claro.

En principio era un cambio que querían realizar juntos, aunque luego cada uno lo distanció del otro.

El tipo de cambio, quiero decir, fue lo que se distanció.

Es decir, siguieron comiendo ensaladas juntos, pero aquello comenzó a ser percibido de distinta forma por cada uno.

De hecho, ahora hablan conmigo -de ese tema, al menos-, únicamente por separado.

martes, 1 de abril de 2025

Hombros sin cabeza / Una polilla


I.
Hombros sin cabeza. Sería mejor así, me dice. Tronco, extremidades y nada más. Llegar hasta los hombros y detenerse ahí. Si quieres un poco de cuello, pero sin cabeza. Hasta ahí puedo tranzar. Un trozo de cuello como un macetero lleno de tierra en la que no brota nada. Sí, sería mejor así, me dice. Miles de seres que lleguen hasta los hombros. Hombros sin cabeza. Estoy seguro que se las arreglarían bien. Chocarían de vez en cuando, es cierto, pero confío en el tacto. En la bondadosa naturaleza del tacto. Toda emoción sería piel. Toda creencia se congregaría en ese borde. Seríamos, probablemente, ese borde. Hombros sin cabeza, me dijo. Imagínalo así.


II.
Mientras me hablaba yo descubrí que había una polilla mordisqueándole su ropa. Bueno, en realidad no sé si mordisquean, pero vi la polilla en la parte baja de su chaqueta y la imaginé mordisqueando. Escuché lo que él decía, de todas formas, pero la polilla se convirtió en el canal por donde viajaba su mensaje. Entonces pensé que sin cabeza, tal vez no sería capaz de comprender la existencia de una polilla. Tal vez pudiese rozar una, alguna vez, pero quién sabe cómo la imaginaría. En eso pensaba hasta que él dejó de hablar y yo no supe entonces qué agregar o qué decir. Y claro, me limité entonces a asentir y nada más. Extrañamente, eso siempre deja conforme a los otros. O casi siempre, más bien. La polilla, mientras yo asentía, voló. En dos direcciones, creo.

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