I.
Decidió abrir su boca y dejarla así, abierta.
Al menos hasta que al interior de ella, se metiera una mosca.
Una o varias, pero en realidad basta con una, señaló.
Parece mentira, pero les juro que es cierto.
Nunca conocí sus razones, pero fui testigo de aquello.
Supongo, en todo caso, que ella quería explorar una sensación nueva.
Para lograrlo, fue hasta un basural que quedaba en las afueras de la ciudad.
Me pidió que la acompañara, luego de ver una película, y por el camino me contó su plan.
El plan, por cierto, era tan básico que creo que ya lo dije.
De todas formas, lo repito:
Ir hasta el basural, abrir la boca y esperar que entrase la mosca.
Y claro, yo debía acompañarla y grabar ese proceso.
Sin entender para qué.
II.
La acompañé por la misma razón que la acompañaba siempre.
Una razón tan obvia, que creo innecesario nombrarla.
Esa vez, ella manejó todo el camino sin hablar del asunto de las moscas.
En cambio, me habló de un viaje que quería hacer y de la herencia que recibiría tras la muerte de una tía y que le permitiría cambiar de vida.
Cuando llegamos al lugar ya atardecía.
Nos adentramos un poco y elegimos el lugar donde grabaríamos.
Había todavía suficiente luz y las moscas eran abundantes, sin duda.
Pensé que sería más difícil, pero ella se agachó un poco, abrió la boca y esperó.
De vez en cuando la cerraba un poco para tragar saliva.
No pasaron diez minutos antes que entrara en ella una mosca.
Ella siguió con la boca abierta hasta que luego las moscas fueron dos.
Entonces cerró la boca, atrapándolas en ella.
Yo le hice un gesto que indicaba que la grabación estaba bien.
Subimos al auto.
Ella seguía con la boca cerrada.
Manejé yo, de regreso.
No me gustaba hacerlo y ni siquiera tenía licencia, pero ella me lo pidió con un gesto.
Ella revisó la grabación mientras volvíamos a la ciudad.
Nunca más abrió la boca.
O sea, nunca más hasta que llegamos a su casa.
Estacioné fuera, bajamos y comprendí que debía despedirme.
Nos miramos a los ojos.
Recuerdo haber pensado que las moscas saldrían de los suyos, como lágrimas.
No fue así.
Sonrió sin abrir la boca y me extendió una mano, a modo de despedida.
Yo le tendí la mía.
Luego la observé entrar, encender las luces y después nunca más volví a verla.
Supe, sin embargo, que tiempo después recibió la herencia de su tía y se fue a Noruega.
Nunca entendí, realmente, para qué.