La exposición era de un artista europeo de la zona de los Balcanes. No recuerdo el nombre ni intentaré buscarlo ahora porque además la muestra era bastante pequeña y no creo que haya suscitado gran revuelo.
En concreto, la exposición estaba formada por una serie de cuadros, fotografías y supuestos documentos que daban cuenta de una civilización como la nuestra, salvo que el único elemento visible que se repetía innumerables veces eran tenedores:
Los transeúntes caminaban con ellos en cada mano. Los postes terminaban en puntas como grandes tenedores. Las armas de los policías eran tenedores aparentemente más pesados. En el pelo, las mujeres llevaban tenedores y hasta la ropa que portaban eran variables de la forma de este mismo objeto.
Así también los documentos que se presentaban en la exposición resultaban prácticamente incomprensibles, pues la palabra inglesa para tenedor (fork) era prácticamente la única reconocible, aunque con distintas variables.
Por otro lado, en las fotografías, podías encontrar, por ejemplo, niños jugando con tenedores de colores, un enamorado entregando un ramo de tenedores a una chica, alguien en el suelo pidiendo ayuda pues tenía varios tenedores clavados en el cuerpo, iglesias con un tenedor en vez de una cruz en lo alto… y otras cosas de estilo.
Al salir de la exposición, como era de esperar, te entregaban un tenedor de recuerdo. Bonito, pero con puntas demasiado filosas como para llevártelo tranquilo a casa.
De hecho, mientras regresaba, me crucé con un perro que corría llevando uno de estos tenedores enterrado en el lomo.
Para recordarlo –y recordar de paso el peligro subyacente en cada objeto que pasa por nosotros-, decidí nombrar al perro como Fork.
Todavía, cuando me topo con él, en sueños, lo veo correr de un lado a otro, aunque ya no aúlla como antes.
O tal vez, simplemente, me he acostumbrado a esos sonidos.