“La necesidad significa, por un lado, que, si aquello es el fin,
estas condiciones se dan por necesidad; por otro,
que las cosas son así y lo son por naturaleza”.
A.
I.
No entiendo bien la diferencia, le dije.
Y esperé.
Como nada respondió repetí la observación, esta vez con un tono abiertamente interrogativo.
Esperé un par de minutos, pero tampoco respondió.
¿Por qué?, le dije.
Él sonrió, condescendiente.
Porque no necesitas la respuesta, dijo.
II.
Puede ser cierto.
En principio me molesté, pero ahora he comenzado a darle la razón.
Y es que en el fondo agota discutir y tratar de discernir sobre aquello que es o no cierto.
De hecho, ahora mismo estoy tan cansado que ni siquiera puedo concluir algo seguro.
Lo siento, me dije, pero esta (al parecer) es mi naturaleza.
III.
De pronto, mientras descansaba, tendido en el piso, alguien se acercó.
Sentí que se paró a un costado, observándome.
Fingí que dormía, pero realmente esperaba que me dijese algo.
Que criticase mi actitud, que me acusase de evadir… ya saben…
Que me acusase de todo eso que aparentemente me merezco.
Extrañamente, no ocurrió de esa forma.
Aquel que llegó se sentó a un costado y tomó uno de los libros que llevaba en mi bolso.
Lo escuché hojearlo.
Adiviné que era el libro de Aristóteles.
Uno no muy común en el que se agrupaban en realidad tres escritos:
Partes, Marchas y Movimientos de los animales.
Percibí que se detuvo un momento, así que inferí que estaba cuestionando una premisa que a mí también me complicó.
“La naturaleza no hace nada en vano”, era aquella premisa.
Poco después, mientras seguía tendido, decidí que ya era hora de ponerme en movimiento y encararlo.
¿Por impulso o tracción?, escuché que me decían.
Y yo, tristemente, dudé.