En un documental muestran a un monje manco que vive a gran altura, en el Himalaya. Lo filman desde lejos incluso, porque al parecer no tiene contacto directo con nadie, ni siquiera por carta o gestos a distancia. Hablan un poco de él, de su importancia y de cómo es el único que vive en las ruinas de un templo abandonado y semiderruido, desde hace casi dos décadas. El documental no es, por cierto, sobre ese monje, pero durante seis o siete minutos han hablado de él y han mostrado imágenes tomadas con un dron inclusive, que ha sobrevolado el lugar donde vive…
-Ese monje es falso –dice alguien que está junto a mí viendo el documental-. Ponle pausa.
Yo tomo el control remoto y eso hago.
-Mira, fíjate… -dice apuntando a la cabeza del monje, que se ve en pantalla-. Todo es mentira… Ese monje no puede afeitarse la cabeza por sí solo.
Yo lo observo.
-¿Qué ves? –me pregunta
-Un monje –digo yo. Luego intento ser más preciso-. Un monje que además de manco, tiene la cabeza rapada a la perfección.
-¿Algo más? -insiste
-Probablemente una mentira –digo, para agradar-. Algo que no es confiable, es lo que veo.
-Exacto –me dice.
Volvemos entonces a mirar las imágenes del monje.
Luego las imágenes se acaban.
No sabemos, ahora, qué mirar.