Lo que pasa es que no abandonas tus ideas y después te quejas y no entiendes. Yo no te hablo del monstruo del lago. O del supuesto monstruo del lago, más bien. De ese monstruo y de esas cosas hablan todos, menos yo. Lo buscan, lo sueñan, lo imaginan y algunos hasta creen que lo graban y fotografían. Pura mierda, al final. Pero entiende: de eso yo no hablo. Lo que yo te digo que imagines es el lago del monstruo. No rechaces la idea, solo recíbela, por mientras. El lago del monstruo, repite, sin pensar. De paso, elimina toda racionalización que busque acomodar esta idea. Y es que no se trata de un lago que pertenezca a ese monstruo. No un lago ajeno a él, quiero decir. No un lago geográfico, situado en el mundo que habitamos... Yo te hablo de un lago que es parte del monstruo mismo. No sé si como un órgano del cuerpo o como algo espiritual, eso ya puedes decidirlo tú. A mí me interesa que lo aceptes, primero. Que sepas que existe. No solo el monstruo sino el lago del monstruo. Esa porción de agua que vive también dentro de él y que sirve para recordar que no toda parte del monstruo es el monstruo mismo. Y que hay algo en él que puedes contemplar con tranquilidad. Algo profundo, incluso, que está ahí también para nosotros. Para dejar de temer cuando vemos ese monstruo y queremos lavar nuestras manos y ojos para ver después más claro. Más limpio. El lago del monstruo, acuérdate. Para eso está.
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sábado, 4 de abril de 2026
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