domingo, 3 de mayo de 2026

Abres la semilla.



Abres la semilla para ver qué hay dentro.

No lo que había antes, como querías, pero algo es algo.

Así que la abres.

La cortas y la abres, digamos.

Con algo filoso y pequeño y en un lugar con buena luz.

La abres como un cofre.

Y claro… luego miras en ella como buscando un embrión.

Es difícil, no hay duda, pero a veces logras verlo.

Pequeño.

Envuelto en diminutos hilos que probablemente serán ramas.

O ya no lo serán, tal vez, pero sin duda debían serlo.

Parece mentira.

Realmente hay algo como un árbol pequeñito dentro.

Todo en miniatura y a medio hacer, todavía, como en gestación.

Lo malo, sin embargo, es que una vez abierta la semilla empieza a dañarse.

A envejecer deprisa.

No estaba hecho para la luz, todavía, ese embrión.

Los hilos pequeños y esa especie de sol rojo que encuentras ahí al centro.

Entonces te sientes culpable y te preocupas y piensas en plantar la semilla abierta de inmediato.

No era una autopsia, después de todo.

Y no puede ser pecado querer descubrir un secreto.

Eso te dices, pero apenas lo haces cuestionas la certeza de todo aquello.

No sabes si crecerá esa semilla.

Si murió antes de naces se hizo parte de la tierra de otra forma.

Si tuvo un nombre nadie lo dijo, pero al menos lo viste.

Y al contemplar la fragilidad de aquello lo quisiste de algún modo.

Eso es más que suficiente, te dices.

A veces naces y ni eso, después de todo.

Y vives así.

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