No los vi, pero es cierto. Dos pingüinos tomando el sol. Uno tendido y el otro de pie a un costado, como si esperase para echarle bronceador. Sudando, bajo el sol, los pingüinos. Casi iguales. Si alguien viese a uno primero y luego al otro, podría incluso pensar que son el mismo. Igualmente, les digo, no lo son. O no más que usted y yo, ya que estamos. Pueden creerme. Aunque claro, también pueden no hacerlo, si lo desean. Con todo, creer o no creer no obedece siempre a voluntades. Lo descubrirán con el tiempo y entonces creerán, aunque no crean ahora poder hacerlo. Siempre ocurre así, después de todo. No es extraño.
Algunos no me creen, porque no los vi. O me creen, tal vez, pero se niegan a aceptarlo. Como si yo no pudiese mentir y decir que los vi para hacer que me crean. Me piden fotos, grabaciones o al menos algún tipo de registro. Yo en cambio les ofrezco otros testigos (que no tengo), pero ellos lo desestiman de inmediato. Creen que pueden engañarlos, supongo. Y dan por hecho, por supuesto, que me engañaron a mí. Esto último no me afecta, por cierto, pero lo siento injusto por los pingüinos esos, bajo el sol. Porque los ponen en duda y les niegan la posibilidad de tener una historia verdadera. Ni deseos ni hechos que parezcan distantes o los alejen de aquello que creen que son.
¡Pobres pingüinos…!
¡Y pobres también todos nosotros…!