I.
He visto fantasmas que ríen y fantasmas que lloran.
Si no riesen o llorasen, sería imposible distinguirlos.
No tengo preferencias entre ambos, pues todos, en el fondo, siempre han sido honestos.
Eso no quita, sin embargo, que siga habiendo cosas que ellos no comprenden.
Y que rían o lloren, a veces, por las razones equivocadas.
II.
Hasta hace poco, pensé que no era visto por los fantasmas que veía.
Es decir, que yo era también, de cierta forma, un fantasma para ellos.
Me sentía cómodo, no lo niego, aunque supongo que habría sido injusto.
Así y todo, me avergoncé profundamente cuando me enteré que había sido visto.
He sido honesto sin mérito, me dije. Pero está bien.
Y les hice un saludo a la distancia.
III.
No estamos atentos de los otros todo el tiempo, pero sabemos que ahí estamos.
No necesariamente para el otro, digamos, pero al menos no buscamos escondernos.
Hablo de mí y de los fantasmas, por supuesto.
La relación que tenemos es valiosa, sin duda, pero más que nada es algo todavía sin pulir.
Es decir, ellos me observan y yo los observo, de vez en cuando, como si viviésemos en una casa con vigas a la vista.
Ellos serían las vigas, en este caso.
Así, ayudan sin saberlo a soportar el peso de algo que, sin ellos, podría venírseme encima.
En todo caso, alguien que observe esto desde fuera, podría interpretarlo de otra forma y decir que formamos una especie de estructura, y que de cierta forma somos parte de un mismo juego.
No me gusta esa idea, ciertamente, pero admito que así podría verse.
Si es un juego, les digo, reír y llorar estaría un poco de más, para todos.
Ellos hacen una pausa, para escuchar.
Luego me observan.
Hay afecto entre nosotros.