I.
El espacio que existe entre las cosas.
Pienso en eso, estos días, sin querer.
Y mi pensamiento se mueve así entre las cosas, sin tocarlas.
Por ejemplo, imagino la forma de ese espacio, como una red de calles y carreteras, vista desde arriba.
Todo unido, de cierta forma.
Todo conectado, al menos, en algún sito.
Un único espacio, entonces, si lo ves.
II.
Pasé días con esa idea en la cabeza.
O con esa imagen, más bien, buscando algún patrón.
Cuatro o cinco días dándole vueltas a esa imagen que era también, de cierta forma, una revelación.
Existimos, me dije entonces, en el espacio que existe entre las cosas.
Cómodos, hasta cierto punto.
O coexistimos, más bien, en ese espacio.
Un espacio que incluso sin nosotros, no es vacío.
III.
No es vacío el espacio que existe entre las cosas.
Puede parecerlo, por supuesto, pero sin duda no lo es.
Nótalo al avanzar por ese espacio.
Hay cierta resistencia… cierta oposición a cada paso, si te fijas.
Mínima resistencia, es cierto, pero resistencia al fin.
Y es que al final lo que algunos intuimos resultó ser cierto:
Desplazamos algo al existir.
No cosas, precisamente, sino el espacio entre las cosas.
Y es ese desplazamiento, justamente, el mayor indicador de esa misma existencia.
Todo unido, de cierta forma, como decíamos antes.
Todo uno, extrañamente, como ves.