jueves, 26 de marzo de 2026

Pasos.



Le gusta escuchar pasos. Da lo mismo de qué o de quién. De hecho, su ideal sería vivir tras una puerta delgada, que diese a un pasillo muy transitado. Y claro, desde ahí, escuchar pasos. No voces, ni diálogos, ni risas. Solo pasos. Con ellos basta, te explica. Los pasos revelan movimiento y este movimiento contiene cualquier forma de existencia, dice. Mientras habla, por cierto, yo lo observo y puedo notar que no duda de sus creencias. Para explicarme mejor me hace escuchar. Me dice que centre mi atención en el sonido de pasos, en el entorno. Me cuesta hacerlo, confieso, pues me guían más las voces y me distraigo con cualquier cosa. Él no, por supuesto. Podría excusarme diciendo que está acostumbrado a hacerlo, pero lo cierto es que la diferencia entre nuestras percepciones está marcada por algo más. Algo que tiene que ver con las creencias de cada uno. Con la forma de buscar evidencias que las sostengan y nos sostengan a nosotros mismos, de paso, entre ellas. Eso pienso yo, al menos, mientras él vuelve a hablar. Con voz tranquila, segura. A veces es triste, me dice. Porcentualmente triste. Me refiero a que uno de cada veinte, o cada diez si hay suerte, camina sabiendo realmente a dónde va. Es decir, incluyendo no solo el lugar de destino sino distinguiendo la razón que lo lleva ahí y reconociendo su sentido. Sus pasos son distintos, si te fijas. No por la velocidad, sino más bien por el peso que cargan. Son pesos que se llevan a sí mismos. Y hasta podrían cargar al resto. No los he escuchado, pero dicen que los elefantes, cuando van a morir o a beber agua, caminan así. Tras escucharlo, pienso por un momento preguntarle por mis pasos. Pero en el fondo sé que la respuesta no me sería satisfactoria. Por lo mismo, dejo que hable un poco más y luego simplemente me despido. Cuando me marcho, por cierto, no sé bien a dónde ir.

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