Cada cierto tiempo, cuando chico, hacía el mismo experimento.
La primera vez lo hice en el colegio, como parte de una actividad, y más adelante –varias veces-, lo repetí en casa.
Era el experimento de poner talco en la superficie del agua y luego sumergir la mano.
Supongo que lo conocen, pero si no es así les cuento que, al hacerlo y retirar la mano del agua, esta sale seca, con el talco adherido a ella.
Creo que en el colegio tuvo una segunda parte aquel experimento, pero lo ocurría ahí ya se me olvidó.
Fue lo de sacar la mano seca, desde el agua, lo que me quedó en la memoria.
Y es que me parecía un hecho tan extraño, que tras el paso del tiempo me acordaba y creía que en mi mente lo había exagerado.
Y por eso, claro está, lo repetía.
Entonces, mientras volvía a observar mi mano salir seca desde el agua, me parecía que aquel fenómeno era como una falla en la realidad.
Como lo de los dobleces que puedes llegar a hacer, como máximo.
No es que no pudiese entender la explicación científica –sobre la cual investigué en profundidad-, pero lo cierto es que todo me parecía un poco menos real, cuando visualizaba mi mano saliendo seca, desde el agua.
Hoy, por cierto, a más de treinta años de haber realizado por primera vez aquel experimento, he vuelto a hacerlo.
Y volvió a funcionar, como siempre.