Te mienten.
No hay prisa.
No morirás mañana.
Aun así, el corazón no late para que esperes.
Escúchalo un poco, cada día, cuando no sepas.
O cuando duela algo que no puedas o quieras arrancar.
Si yo supiese hablar, te hablaría desde ahí.
Me escondería ahí, si pudiese.
Sin palabras, pero ahí.
Entre latido y latido para que no tengas dudas.
O para que sepas, más bien, que hay respuestas para ellas.
Dentro tuyo, quiero decir.
Y sin palabras.
Te mienten.
No necesariamente por maldad, pero mienten.
Para no decir que desconocen, tal vez.
O simplemente porque tienen miedo.
Maquillan a los muertos, por eso, si lo piensas.
Pero mejor no lo pienses.
No hay prisa.
El ritmo está dado y la velocidad apenas puedes ajustarla.
Tú llevas ese ritmo.
Todos los llevamos.
Se escucha bajito cuando quieres oírlo.
Y te habla por tu nombre.
No morirás mañana.
Permíteme asegurar eso.
Ese es mi regalo.
Un día en el que entres con confianza porque es seguro que no vendrá la muerte.
En cambio, no pido nada salvo que creas en ello.
Que sin duda alguna, creas en ello.
Escucha:
Mañana estarás vivo… ¿qué quieres hacer?
El corazón no late para que esperes.