Por ese entonces, recuerdo que me gustaba hacer listados.
De hecho, andaba siempre con una libreta especial para realizar aquello.
Me gustaba ver como crecían los listados y hacerlos en orden, respetando criterios.
Con el tiempo, además de la libreta original, comencé a andar con otras dos libretas pequeñas.
En una de ellas anotaba listados de hechos y en la otra anotaba listados de sensaciones.
A continuación, el ejemplo de una anotación en un listado de hechos:
Justo a las 17 horas llegó a mi casa un libro de Eka Kurniawan que encargué hace 12 días.
Ahora, el ejemplo de una anotación en un listado de sensaciones:
Desaliento, cuando descubro que ya no quiero cruzar cuando el semáforo está en amarillo.
En estas últimas libretas, debo aclarar, lo que hacía en el fondo era una única lista (una en cada libreta, claro).
Además, al hacerlo, trataba de equiparar el número de anotaciones que tenía en ambas.
Ahora que lo pienso, hacerlo me sirvió un poco como ejercicio, para separar estos ámbitos y hacerme consciente de la diferencia que existía entre ellos.
No es que hiciese una jerarquía y valorara más un listado que otro, pero hacerlo me servía al menos para visualizar los bordes y cuestionarme por un momento qué era lo que “realmente” estaba ocurriendo.
Con el tiempo, por supuesto, estas libretas se llenaron y opté por no reemplazarlas.
No tuve una razón para ello.
Estas últimas frases, por cierto, no hubiese sabido en cuál de las libretas habría debido anotarla.