A F. le hicieron un retrato ultra realista.
Vendió su auto incluso para poder pagarle al pintor que lo realizó.
Era un artista alemán, cercano en su momento a algunos referentes del movimiento, que había participado en varias exposiciones internacionales.
Creo que lo conoció a partir de un amigo en común, que había trabajado con F. en un documental.
La historia de todo esto me parece interesante, sin embargo, omitiré información sobre el encargo del trabajo, las motivaciones y el proceso de realización del retrato mismo.
En cambio, me centraré en el momento en el que F. nos reunió a todos para mostrarnos el retrato terminado.
Fue en su departamento, donde invitó a varios de sus amigos para que conociéramos el cuadro, compartiéramos un rato y diéramos nuestra opinión sobre la obra.
No me considero amigo de F. ni sé qué se puede opinar sobre un cuadro hiperrealista, pero de todas formas fui, pensando más que nada en recuperar un libro de William Gaddis que le había prestado hacía tiempo.
Ya en el lugar, recuerdo que nos contó la historia y luego nos llevó a un pequeño cuarto prácticamente vacío, en el que estaba el retrato.
F. se puso entonces a un costado del cuadro, tomó la misma expresión y esperó nuestros juicios.
Yo no dije nada, por supuesto, pero la mayoría comentó que el cuadro parecía más real que el propio F., quién se veía menos nítido al lado de la pintura.
Más borroso o hasta pixelado, dijo alguno, bromeando.
Cuando F. me preguntó directamente, minutos después, le dije que el retrato estaba bien. Tanto que no sabía a cuál de los dos F. pedirle el libro de regreso el libro de Gaddis.
F. entonces –el F. que parecía menos real, por cierto-, me dijo que buscara el libro en un mueble del dormitorio, mientras él se quedaba con los otros en el living, tomando algo.
Ya en el dormitorio, encontré fácilmente el libro de Gaddis.
Como lo noté un poco ajado, compensé llevándome uno pequeño, de Elizabeth Bishop.
Luego, por cortesía, compartí unos minutos con el grupo y luego me despedí diciendo que tenía otro compromiso.
Mientras me iba, me angustié un poco pensando que todos los que quedaban en el departamento se estaban volviendo de cierta forma menos reales.
Como si el retrato de F. absorbiera poco a poco la realidad de quienes estaban cerca suyo.
Tal vez a mí también alcanzó a robarme algo, me dije.
Así que estábamos a mano.