I.
Recuerdo una imagen de un poema de Tor Ulven:
Dos televisores de esos antiguos, uno frente a otro, encendidos, nevando en sus pantallas, ya fuera de transmisión.
II.
Sí.
Creo que esa es la imagen.
O más o menos esa.
Tal vez deba sumar el ruido de los televisores.
Uno frente al otro, también, el ruido.
Nada antes (que recuerde).
Y nada después.
III.
No una imagen recuerdo ahora, pero sí una voz.
La voz de Hilda Doolitle.
Una voz que, tras ver caer una pera,
pide al dios del vergel, librarnos de la hermosura.
“Líbranos de la belleza
de los árboles frutales”, creo que dice.
Incluso intenta negociar con el dios ese.
No le resulta, al parecer.
IV.
La imagen y la voz, por cierto, se reúnen en otro recuerdo.
Uno propio esta vez y con menos gracia.
Se trata de un árbol que yo creía ver, de pequeño,
al apagar el televisor.
Quiero decir que se apagaba la pantalla y yo creía ver,
por unos segundos, un árbol en ella.
No sé decir cómo era, pero cuando me preguntaron esa vez,
dije que era un árbol de frutos,
pero sin frutos.
V.
Queremos vivir como árboles,
escribió una vez, Adrienne Rich.
Nadie nos ha imaginado.