Los sabía muertos. Los conocí así. Me los presentaron incluso de esa forma. Sin lápidas, es cierto, pero al menos con fechas claras. De inicio y término, quiero decir. Eso fue todo, en principio. Para qué más.
Todo esto ocurrió hace años, por cierto. Yo trataba de aprender. Memoricé nombres, entonces. Construí breves biografías. Organicé secuencias de acciones que servían para unir las dos fechas límites. Los bordes, digamos. Todo esto hasta que se abrió la tierra.
O sea, no se abrió directamente. Unas grietas, primero. Luego pareció resquebrajarse. No es que se abriera más, pero muchos comenzaron a decir que eso, precisamente, fue lo que había ocurrido. Que los muertos ya no estaban donde los dejamos. Que estaban descontentos y querían algo más. Y que, de cierta forma, lo exigían de nosotros. Algo extra, digamos. Algo que no supieron conseguir antes, por sí mismos.
No se volcaron sobre nosotros. A pesar de lo que parecían exigir, permanecieron a distancia. Nos miraban eso sí. Nos rodeaban incluso. A veces, en la noche, los distinguías entre las sombras. Siempre quietos. Y siempre observando desde un lugar levemente más alto. Y claro, uno pensaba entonces en borrar los registros que había aprendido. En darle una oportunidad a aquello que estaba sucediendo. Los muertos esos, decías, mientras los mirabas. Y ellos parecían mirarte también, sin gesticular. Los muertos esos…