Hace algunos años ella realizó un estudio sobre tipos de agua.
Lo realizó con fondos de una prestigiosa universidad extranjera.
Publicó avances en unas revistas internacionales y ahora están viendo la posibilidad de editar la investigación completa.
Como parte del estudio, estuvo prácticamente un año realizando trabajo de campo en Noruega.
Durante gran parte de ese tiempo vivió en una cabaña pequeña que terminó comprando.
Se la dejaron prácticamente regalada, en un terreno de aproximadamente media hectárea.
En total, según cuenta, pagó menos de dos mil euros.
El terreno está en un sector prácticamente deshabitado, cercano a distintas fuentes de agua cruda.
Tanto superficiales como subterráneas, recalca.
De cualquier modo, lo peor del lugar es su muy difícil acceso.
La fueron a dejar en jeep cuando estuvo ahí, y debió llamar también para que fuesen a buscarla.
También hay un muelle a ocho o diez kilómetros y un pequeño helipuerto.
Mientras me muestra fotos del lugar me dice que a veces venden islas a precios accesibles.
Islotes pequeños, en realidad, pero por lo general incluyen alguna pequeña construcción y algunos hasta un faro.
Pueden arrendarse incluso, por un par de años, sin mayores problemas, me cuenta.
No hablamos directamente del asunto, pero ella me conoce lo suficiente como para saber que tarde o temprano terminaré en un lugar así.
Y comprende, además, que lo necesito.
No me apura porque sabe que será sin retorno y todavía debo despedirme de un par de personas.
-Guarda fuerza -me dice, antes de despedirse.
Y yo lo hago.