Dijeron que, luego del accidente, F. se había olvidado de todo. Sin matices. Absolutamente de todo. Salvo del lenguaje, por supuesto, a través del cual expresaba ese olvido.
También tenía otras secuelas, de carácter físico, que no vienen al caso.
Días después, cuando regresó a su casa, fui a hacerle una visita para saber si era cierto.
Había vuelto a vivir con su familia -su madre y una hermana-, quienes me permitieron visitarla y quedarme a solas con ella, conversando un rato.
Antes de hacerlo, sin embargo, me dijeron que me presentara y le dijera brevemente el vínculo que existía entre nosotros o el que habíamos tenido.
Yo dije que sí, pero luego, estando a solas, decidí saltarme ese paso.
-¿No vas a decirme quién eres? -me preguntó F., luego de saludarnos con cortesía.
-Eso es una conclusión no una información particular -le dije-. Además, leí que puede ser mejor, en estos casos, no hacerlo directamente y hablar sin tantas referencias al pasado.
Ella sopesó mis palabras y sentí que juzgaba mis intenciones. Tras unos segundos pareció aceptar el acuerdo, y habló, más tranquila.
-Todos me dan informaciones -me dijo-, como si fuese tierra con la que yo debiese ir rellenando hoyos, pero al final siento que no hay hoyos y que la tierra se acumula sobre el piso y hasta me encierra un poco…
Yo asentí.
-¿Pero recuerdas sin problemas lo que vuelven a contarte? -pregunté.
-Sí -contestó-. Leo noticias, veo fotos previas al accidente, converso con gente a la que se supone que conozco, hago preguntas a la IA para rellenar huecos históricos… y la verdad recuerdo sin problemas, pero no sé si sirva realmente para llegar a saber quién soy. O sea, agradezco el esfuerzo de todos, pero no sé bien qué hacer con eso.
-Entiendo -le digo-. Es algo que habría dicho la F. que conozco.
Luego, ella me pregunta por el libro que ando trayendo. Y claro, yo le comento sobre él. Es un libro de crónicas de Sam Shepard. Me pregunto si ella lo había leído y le dije que no lo sabía, pero que no creía que lo hubiese hecho, en realidad.
-¿Puedes dejármelo unos días? -me preguntó.
Yo accedí. No pensaba volver, pero podía regalárselo, después de todo.
Poco después, su hermana nos trajo unos vasos con jugo natural y galletas.
Las comimos juntos.
Mientras lo hacíamos, me dediqué a observarla, principalmente. A intentar mirarla directamente a los ojos y saber si ella seguía ahí, en algún sitio.
Y no se por qué, pero me pareció que era ella misma quien no quería encontrarse, y volver atrás. Como si recordar con ella fuera borrar a quién era ahora, por más incompleta que estuviese.
-Si vuelves alguna vez trae otro libro y me lo cambias -dijo al despedirse, utilizando un tono que no pude interpretar.
Yo asentí y luego me acerqué, dándole un abrazo breve, de despedida.
-Tú también olvidaste -me dijo entonces en voz baja.
Como no era una pregunta, realmente, decidí no agregar nada más.
Y aunque lo hubiese sido, pensé después, tampoco habría sabido qué responderle.