I.
Perdí una bufanda una vez.
No importa cómo.
Lo que sí importa es que regresé a buscarla y descubrí que la tenía una puesta una chica.
Se le veía bien y la chica parecía feliz de haberla encontrado.
De hecho, me pareció que le estaba mostrando la bufanda a otra chica que estaba en el lugar.
Por lo mismo, decidí dejársela y dar la bufanda por perdida, simplemente.
Ya no me pertenece, pensé.
Y me fui del lugar.
II.
Esa vez, mientras me alejaba, comencé a pensar que yo nunca encontraba nada.
Me esforcé y revisé en mi memoria, pero no recordé ninguna situación en que hubiese encontrado algo.
Bueno, una vez en realidad, encontré una granada de mano.
Estaba en las cercanías de un refugio abandonado, en un cerro cerca de Iquique.
Cuando comprendí lo que era la arrojé de inmediato lejos de mí.
No recuerdo si explotó.
III.
Me quedé pensando en lo que escribí antes.
Y debo admitir que de seguro recordaría si la granada explotó.
Es decir, si no lo recuerdo, es bastante probable que la granada no haya explotado de modo alguno.
Asimismo, cuando recuerdo lo de mi bufanda, he comenzado a dudar si realmente tenía alguna.
Y es que tampoco recuerdo en lo absoluto haber comprado alguna o que alguien me la haya regalado.
¡Debo haber andado buscando otra cosa…!, me digo entonces.
O buscando qué buscar, al menos.
Eso es siempre –o casi siempre-, lo que ocurre.