viernes, 20 de marzo de 2026

Como en un safari.



A veces te preparas para enfrentar algo y descubres tarde que el problema es tuyo. Que no está en frente, me refiero. Que no es llegar y verlo fuera, directamente. Obviamente uso acá la palabra problema, pero en el fondo no es eso. No es tan simple, digamos, pero lo digo así para que me escuches. Para llegar desde el lugar común y no incomodar tanto. Porque claro, luego está la decisión que tomas. Hacerte cargo o no de aquello que descubres. Te lo digo de otra forma si quieres, para que no me culpes a mí, después de esto. Piensa que ingresas a esto como en un safari. Uno de esos en que no vas como espectador, sino que te preparan y hasta vas armado. Listo para llegar sigiloso, enfocar la mira, hacer algunos cálculos y apretar el gatillo. Llegas así, decía, solo que ya dentro descubres que no hay nada que cazar. No hay bestias, digamos. Ni siquiera paisaje hay ahí, aunque suene extraño. De hecho, intentando apuntar a algún sitio, descubres que cualquier cosa a la que dispares es, en el fondo, parte de algo que te pone en riesgo si lo destruyes. Y claro, sé que sigue sonando en el fondo como un lugar común, pero tú eliges donde poner la mira. Que decides observar mientras escuchas, quiero decir. Y deberás decidir también dónde quieres hacer la herida. El momento exacto en que apretarás el gatillo, me refiero. Porque lo harás en un momento dado, aunque intuyas que si comprendes dirás que no. La verdadera comprensión, en este sentido, viene después. Y a veces es tan clara y directa que no sabes qué hacer con ella. Y es que parece un final, casi, te dices. Y no lo es, por supuesto, pero no sabes.

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