jueves, 26 de febrero de 2026

No se sueña en la cocina, la cocinera.



No se sueña en la cocina, la cocinera.

O bueno… en realidad no sé.

Como me intriga este asunto mejor voy donde ella y le pregunto directamente.

Llego a la cocina y le pido hablar un instante.

Ella me mira y me escucha con atención.

Primero no me explico bien y la confundo.

Luego, se lo digo de mejor forma y ella entiende mi pregunta.

Así y todo, en vez de contestar comienza a interrogarme a mí:

Quién soy, qué hago ahí, qué es lo que pretendo, me pregunta.

Vian, hacer una pregunta y obtener una respuesta, le digo.

Luego me excuso:

Es que me trabé otra vez en el primer verso...

Ella respira hondo y se sienta en una silla, frente a mí.

Supongo que está analizando si soy o no soy de confianza.

No recuerdo cómo me sueño, me dice, luego de un rato.

Ni cómo ni dónde.

Nunca recuerdo lo que sueño salvo cuando despierto, pero lo olvido de inmediato.

Hace una pausa.

Igual acá estoy bien, dice ahora. Cómoda.

Recuerda que soy cocinera.

¿También lo eres cuando no estás acá?, pregunto.

Ella no me responde.

No sabe o no responde, marcaría si fuese una encuesta.

Luego de un rato, se pone de pie y se dispone a seguir con lo que estaba haciendo.

Igual si es importante puedes anotar mi número y me llamas en la madrugada, a la hora en que de seguro estoy durmiendo, me dice. Me despiertas, me preguntas directamente y ya está.

¿De verdad puedo?, pregunto.

Ella asiente.

Luego me da el número y yo creo el contacto.

La cocinera, la nombro, sin más..

¿Eso es todo?, dice entonces, a modo de despedida.

Yo asiento y le doy las gracias.

Antes de irme, hago una marca en el texto que estaba escribiendo y lo dejo así, en pausa.

Una marca luego de la única línea que logré escribir, por cierto.

“No se sueña en la cocina, la cocinera”, dice aquella línea.

¡Qué contrariedad, la honestidad…!

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