miércoles, 18 de febrero de 2026

Carretillas.



No sé bien por qué, pero mirando el cielo la otra noche, me convencí por un momento que en él había cuatro hombres –por llamarlos de alguna forma-, que iban en una misma dirección, llevando una carretilla cada uno.

No lo teoricé. No lo concluí luego de un análisis. Tampoco construí la imagen como una licencia poética. Simplemente me convencí de ello mientras observaba el cielo. Cuatro hombres cargando una carretilla donde llevaban algo hacia otro sitio. Con cierta premura, observé. Todos hacia el mismo sitio, aunque no con una trayectoria exactamente compartida. Incluso hubo un momento en que pensé que se trataba de una carrera, entre ellos, aunque luego comprendí que no.

Era una labor, no una competencia, me dije.

Junto con esto, comprendí también que había un esfuerzo en todos ellos. Se trataba de una labor llevada a cabo con una responsabilidad y una constancia que exigía un gran respeto. Y que me obligaba a observarlos a la distancia anulando cualquier tipo de juicio, que era mi forma –supongo-de cargar también mi propia carretilla.

Y es que si un día cargo yo también con una, me dije, en ella debo llevar cosas que no me hagan dudar. Que no desvíen mi vista hacia ellas y me hagan dudar de sí es necesario llevarlas o dejarlas a un lado, cuando me agobie el peso. Como si cargar la carretilla fuese en realidad una forma de cargarse uno mismo a través de la vida. O del universo mismo, como en el caso de esos cuatro.

Volví a observarlos entonces. Y me detuve mayormente en el último de esos cuatro. En el que parecía quedarse un poco atrás en relación a los otros. Parecía ser el que le costaba más llevar su carretilla. Así y todo, aprecié, no parecía inseguro. Me refiero a que su vista parecía seguir en el camino y no en las cosas que llevaba.

Ese hombre va a llegar, me dije, mientras me emocionaba un poco al mirarlo.

Tenemos que hacerlo.

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