I.
Encuentra un revólver en el sótano de una casa antigua.
Estaban reparando unas cañerías cuando lo encontró.
Estaba bajo unas lozas, enterrado, así que nadie lo echará de menos, se dice.
Lo esconde entre sus ropas y luego lo mete en el bolso junta a algunas herramientas.
De camino a casa no deja de pensar en él.
Puede distinguir el peso del revólver del peso de las otras herramientas.
No sabe para qué lo quiere así que se lo lleva.
Si no hubiese sido un revólver, sino otra cosa, también se lo hubiera llevado.
II.
Ya en casa conversa con la familia, sobre el trabajo.
Brevemente y sin detalles, como siempre.
Solo son las quejas habituales, que intercambia cada tarde por las quejas de los otros.
Nada dice del revólver, pero se siente extraño.
Por un momento piensa que es el primer secreto que tiene desde hace años.
Más tarde, cuando todos duermen, se levanta a revisarlo y a limpiarlo un poco.
Todavía tiene tres balas y parece estar en buenas condiciones.
Solo una vez, de pequeño, tuvo en sus manos un revólver parecido, que era de su abuelo.
Nunca lo disparó.
III.
Tal vez podría venderlo, piensa.
No sabe cuánto cuestan, pero algo debe valer.
Tal vez debiese asegurarse, antes de venderlo, que el revólver funcione correctamente.
Un disparo al aire, tal vez.
Luego, puede preguntarle al tipo del kiosco si sabe dónde venderlo.
O vendérselo directamente a él, si hay suerte.
Todo esto piensa mientras observa el revólver, que tiene sujeto entre sus manos.
Entonces, calcula que por más caro que venda el arma, nada cambiará gran cosa.
Podrá comprar algún regalo, seguro, o pagar alguna deuda y poco más.
Qué extraño entonces que el corazón lata tan a prisa por tan poco.
Por cosas que en el fondo no provocan cambios.
Le gustaría decírselo, al corazón, mostrarle cuentas para que no se agite de esa forma.
Todos duermen en casa, menos él, se dice.
Y el mundo no sabe por qué gira.