domingo, 9 de agosto de 2026

Duermo en un bosque.


Duermo en un bosque. Esa vez. Lleno de abejas. No las oigo, pero las veo venir y posarse. Quietas. Suspendidas. Ahí están. Sobre todo lo que hay en el bosque. No distinguen. Todo es algo sobre lo que deben reposar. Detenerse ahí unas junto a otras. Como una piel nueva. Suave. Levemente tibia y vibrante. Un bosque cubierto de abejas. Tantas son que le otorgan otro peso. Transforman su voz. Unen su contenido cubriéndolo todo. No sé si saben el porqué, pero lo hacen. Y yo también, por cierto, soy para ellas parte del bosque. Las siento bajar sobre mí. Estoy tendido en el suelo y procuro no moverme. No les temo, pero esta es la forma que tiene el bosque de recibirlas. Poco antes que llegaran, incluso, todo el bosque se calmó. Siguió respirando, digamos, pero apenas se notaba. Las ramas y las hojas se aquietaron. Los troncos que crujían suave, quedaron en paz. Las hileras de hormigas desaparecieron en las cortezas, en la tierra y bajo las hojas. El musgo se detuvo. La luz se adhirió a las cosas y también esperó. Entonces llegaron las abejas y se posaron sobre el bosque. Sobre la capa de luz que cubría al bosque. Yo mismo sentí el peso de las abejas sobre mi cuerpo. La presión me unió a la tierra. Compartimos humedad. Raíces. Ellas bajaron a nosotros como si nosotros fuéramos el fin. O el comienzo. Y ellas una puerta, por supuesto. No para nosotros, en todo caso. Una puerta cerrada a la espera de algo más. Duermo en un bosque, desde entonces. Esta vez. Lleno de abejas. Son mi piel y mi voz. No las oigo, salvo cuando hablo.

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