lunes, 13 de julio de 2026

Salía a la calle a recoger monedas.


I.

Salía a la calle a recoger monedas.

A buscarlas mientras caminaba, me refiero, y luego detenerse y llevarlas consigo.

No volvía a casa hasta que recogía al menos dos.

No importaba el valor, pero era lo que hacía.

Era algo difícil de lograr, pero ante emergencias recurría a unas plazas donde siempre le iba bien.

Las pocas veces que regresó sin haber logrado su objetivo, registraba la fecha en su calendario.

Las monedas encontradas, por cierto, las dejaba en una lata vacía de café instantáneo.


II.

Una vez, recogiendo monedas, encontró dos veces la misma moneda.

No dos monedas iguales, sino dos veces la misma moneda.

No solo eran del mismo año ni tenían las mismas marcas, sino que eran exactamente la misma, según dijo.

Esas las dejó aparte de las otras, en una pequeña caja plástica.

Una vez, mientras tomábamos una cerveza, me las mostró.


III.

No solo ocurre con las monedas, me dijo esa vez.

Hay que aceptar eso.

No comprenderlo, necesariamente, pero sí aceptarlo.

Como me vio incrédulo, tomó esa vez ambas monedas y las lanzó al aire.

Las dos cayeron mostrando la misma cara.

Luego lo hizo varias veces seguidas y siempre las monedas coincidían cayendo del mismo lado.

Siempre dos caras o dos sellos, me refiero.

Ya ves, concluyó esa vez, tal vez nunca, realmente, hemos regresado a casa.

domingo, 12 de julio de 2026

Un rumor.


La vida es un rumor. No un invento, pero sí un rumor. Algo que se dice sin mayor fundamento y que va corriendo de boca en boca. Sin que nadie lo compruebe va corriendo. Gastándose un poco cada vez. Y engañando a algunos, a su paso. Así todo no es, tampoco, un infundio. No necesariamente un infundio, pero sí un rumor, como decía. No un infundio pues no busca provocar el daño. Aunque lo provoque, claro, pero sin dolo. Sin intención, digamos. Sí. La vida es un rumor, no hay duda. No sé si solo eso, pero al menos eso. Antes de lo eterno hay vida, se escucha por ahí. Igual que si dijeran que existe algo en las profundidades a las que no tenemos acceso. Pon atención. Quédate en silencio y pon atención. Hay susurros por ahí… Atrás de mi voz y de tu escucha. Hay murmullos. Pequeñas habladurías, incluso. Cotilleos, probablemente. No alcanzas a escuchar de qué, pero puedes comprobar que es cierto. Existen como si fueran grietas. Y cada grieta es asimismo una boca por donde escapa un rumor. Pues bien… la vida es un rumor, recuerda. Uno de esos que se escapa por una de esas grietas. Imposible saber por cuál, es cierto, pero anda por ahí. Eso dicen todos, al menos. Su es falso o verdadero, poco importa. No tenemos más. Tendrá que bastar con eso.

sábado, 11 de julio de 2026

Uno que no canta y solo mueve la boca.


I.

En los coros siempre hay uno que no canta y solo mueve la boca.

Siempre pensé que yo sería ese, de estar en un coro.

Luego, cuando estuve en uno, descubrí que el que no cantaba era otro.

Yo cantaba bajito, es cierto, pero igual lo hacía.


II.

El tipo que no cantaba es alto, bastante mayor y parece extranjero.

Me refiero a qué mira a todos como si no comprendiese el idioma.

De hecho, cuando mueve la boca, fingiendo cantar, no lo hace del todo bien.

Al finalizar el ensayo hablo con él. Me dice que se llama Jarek Jaskolka.


III.

Me lo cuenta solo a medias, pero yo comprendo que viene huyendo de algún sitio.

No es que huya del lugar, por supuesto, sino de alguien que lo busca.

Varias veces, de hecho, me pregunta si alguien ha preguntado por él.

Ella cree que si me mata me convierto en una llave, me dice.


IV.

Lo vi en tres ensayos más y luego el tipo dejó de ir.

Tal vez alguien descubrió que no cantaba y le dijo que no volviese a ir.

Para cubrir su puesto llamaron a probarse a varias personas.

Al final seleccionaron a una pareja de hermanos, así que yo cedí mi lugar.


V.

Volví a ver a Jarek Jaskolka en un bar, unos meses después.

Nos saludamos brevemente y él me preguntó por el coro.

Yo le confesé que no sabía nada desde que me había ido, días después que él.

A ninguno de los dos, en todo caso, nos interesaba realmente aquel tema.


VI.

¿Crees que soy bueno o que soy malo?, me preguntó esa vez, antes de despedirnos.

Nadie es bueno ni malo, le dije. Todos fingen.

Entonces, observé que tenía una navaja en una de sus manos.

Todos fingen, repetí, mirando hacia otro lado. Y me marché.

viernes, 10 de julio de 2026

Ella se inventaba toda clase cosas.


Ella se inventaba toda clase cosas.

Frases, por ejemplo.

Me refiero a qué inventaba alguna frase y luego decía que era un dicho popular de algún país.

Una que recuerdo es esta:

No arrancarse los ojos, pero sí pisotear las imágenes.

La recuerdo porque utilizó la frase en una polera, que me regaló.

Estaba pintada a mano.

También tenía un dibujo pintado directamente sobre la tela.

Parecían manchas, en realidad.

Al regalármela me dijo que el dibujo era copia de un cuadro de un pintor polaco, y la frase, un antiguo dicho sefardí.

Y yo creí, por supuesto, porque sus palabras sonaban a verdad y no tenía por qué dudar de ella.

Sin embargo, con el tiempo, varios de nuestros amigos en común comenzaron a refutar algunas de sus historias.

Además, con internet se les hizo más fácil desenmascararla.

Así y todo, si soy sincero, a mí no me molestaba que sus historias fuesen falsas.

Y hasta me alegraba un poco –secretamente-, que lo fueran.

Lamentablemente, los otros seguían molestos y me pedían que hablase con ella y le exigiese mayor honestidad.

Y yo –no sé decir por qué-, nunca quise hablar sobre aquello, directamente con ella.

Tal vez por eso, ella decidió despedirse únicamente de mí, antes de marcharse.

Se había desecho del celular, incluso, para que nadie la contactara.

Esa vez, me pidió un número de cuenta para devolverme, alguna vez, el dinero que me debía.

Yo le anoté en un papel una cuenta falsa, para no hacerme falsas expectativas.

Luego nos reímos, recuerdo, pero no sé de qué.

Y nos despedimos.

Han pasado años, desde entonces, pero todavía creo que es la persona más honesta que he conocido.

Distinta cada vez, pero honesta.

A veces sueño que la vuelvo a ver.

jueves, 9 de julio de 2026

Cuerdas en todos sitios.


Cuerdas en todos sitios.

Juro que vi cuerdas en todos sitios.

Intentaba dar un paso y me enredaba en ellas.

No me retenían, pero las arrastraba conmigo.

Avanzando apenas.


Cuerdas en todos sitios.

Y yo también, por cierto, hecho de cuerdas.

Cuerdas entre sí, cruzadas, sin mucha tensión.

Con uniones imperfectas, llenas de espacios vacíos.

Tanto que podías fácilmente meter tus dedos entre ellas.

Como si hundieras las manos en la arena.

O en tierra blanda.

Un mundo hecho de cuerdas.

Y hasta las mismas cuerdas que daban forma a todo,
estaban hechas de otras cuerdas, trenzadas entre sí.

Ovillos de cuerdas, incluso, si alzabas la vista.

Y largas y finas cuerdas rojas si la sumergías en ti.


Cuerdas en todos sitios.

Unidas en un inicio, pero que van soltando, con el tiempo.

Cuerdas gastadas por el roce.

Ancianos a puntos de caer, deshilvanados.

Y un gran número de seres que se amarran a otros
como si eso pudiese salvarlos.

De vez en cuando, incluso, alguien hurga en sí mismo
queriendo encontrar algo más.

Creyendo hacerlo, probablemente,
y cayendo en el engaño.


Cuerdas en todos sitios.

Luz que cae, hecha de cuerdas.

De vez en cuando algún nudo, pero nada más.

Cuerdas en todos sitios.

Realmente en todos sitios.

Aquí, incluso, si quieres ver.

miércoles, 8 de julio de 2026

Parientes ilustres.

“No hubo héroes.
Sobrevivieron los que no lo merecían”
Z. H.

I.

Me cuentan de un pariente antiguo
que peleó en la primera guerra.

Poco más que un nombre es lo que tienen,
y ni de eso están seguros.

Alguna vez alguien guardó unas prendas,
un trozo de periódico y un par de medallas.

En el trozo de periódico se mencionaba la idea
de incluso hacerle un monumento.

A él y a otros cinco personajes destacados
en un par de batallas defensivas.

Nadie recordó su rostro, al parecer,
cuando quisieron hacerle una estatua.


II.

Otro pariente, aunque no sé si tan ilustre,
estuvo más de veinte años en un siquiátrico.

Trabajaba en él, en primera instancia,
pero luego fue uno más de los internados.

A veces me gusta imaginar que fue él
quien se diagnosticó a sí mismo.

Cuando el siquiátrico cerró, hace algunos años,
terminaron dándolo de alta.

Entonces fue que contactaron familiares
que pudieran ayudar a hacerse cargo.

Finalmente, aquello no fue necesario,
pues este pariente se fue a vivir al norte.

En un pueblo pequeño y casi abandonado,
cerca de la frontera con Bolivia.

Dicen que está bien, salvo que perdió un brazo.
Y que tiene más dinero del que necesita.


III.

Dos héroes en la familia,
me gusta imaginar.

Sin embargo, no sé realmente
mentirme a mí mismo.

Me engaño a ratitos, apenas,
y de vez en cuando a alguien más.

Dicen que es más fácil sobrevivir
haciéndolo de esta forma.

martes, 7 de julio de 2026

Bestias eléctricas.


Brillaban.

Con luces sucias, pero brillaban.

Con luces oscilantes y precarias, que cambiaban su intensidad.

Ni los rostros ni las sombras proyectadas resultaban confiables.

Menos aún, verdaderas.

Hasta las rocas, en el piso, parecían cambiar de sitio.

Dudabas de ellas, incluso, hasta que las oías hablar.

Dudabas que estuvieran, quiero decir.

Que estuvieran ahí realmente.

Parecían en principio gemidos lastimeros, pero luego notabas que no.

Descubrías que, en medio de ese brillo sucio, ellas fingían.

Aquello era la fragilidad que querían proyectar, simplemente.

Como estrategia de caza, tal vez.

Sí…

Eso es, a fin de cuentas, lo que era.

Y ellas, agazapadas, lo sabían desde un principio.

Tan sucias como la luz gastada que emitían.

Bestias eléctricas, al fin.

Cuatro grandes bestias eléctricas, que esperaban.

En silencio, salvo por las vibraciones que emitían.

Respirando apenas.

Sin moverse en lo absoluto.

Tanto así que más de alguno no las reconoció como bestias.

Ni como cosa viva en lo absoluto.

Cosas metálicas que brillan de mala forma, piensa alguien.

Maquinaria inservible.

Montón de estructuras dañadas y obsoletas.

¡Pero déjalos que hablen…!

Ellos no saben, por supuesto.

No reconocen a las bestias eléctricas.

No saben temerlas.

Desconocen incluso a aquel que las envía.

¡Cuatro bestias eléctricas!, dijo.

Con eso debiera bastar.

lunes, 6 de julio de 2026

Zona segura.


El cielo ha tomado un color extraño.

Dicen que, a lo lejos, hay un incendio.

No se ve el humo directamente, pero hay una zona del cielo más oscura, que estaría sobre el lugar donde se originó.

Como me ven observando, unas personas que estaban junto a mí, me cuentan que lo que se quemó fue una gran empresa con productos químicos.

Y que luego el incendio creció y se quemaron otras empresas y una gran zona residencial.

-Puede que el incendio siga creciendo –comentan-. Acá estamos a salvo todavía, pero nunca se sabe… Hay que estar atentos.

Yo asiento.

No agrego nada más, pues siento un poco exagerada su historia.

No digo que mientan, en todo caso, solo que lo muestran un poco más grave de lo que debe ser.

Además, pienso, no tendrían por qué mentirme.

A eso le doy vueltas mientras veo a otros grupos de personas grabando también el cielo.

Algunos comentan que se pueden observar las puntas de las llamas.

Parece que vienen hacia acá, dicen otros.

De cualquier modo, para que llegase el incendio hasta acá, calculo, el fuego debiese atravesar una comuna entera.

Cinco kilómetros, más o menos.

No es algo que deba tomarse en serio.

Lo único concreto, en definitiva, es que el cielo ha tomado un color extraño.

Algo anaranjado, diría, con pequeñas manchas café y líneas violetas.

Puedo verlo con calma, desde acá, pues el incendio está lejos.

Incluso, mientras observo, puedo tomarme el tiempo de escribir estas palabras.

Y es que esta es, indudablemente, una zona segura.

Acá nunca pasa nada.

domingo, 5 de julio de 2026

Noticias de K.


I.

K. propuso una vez que, en vez de monedas o billetes, la gente debiese utilizar dados.

Así, al pagar una compra o un servicio, quien paga debiese lanzar sus dados y ver si la cifra le alcanza.

Todo sin trampas ni dobles tiradas, por supuesto.

Solo azar para determinar tu poder adquisitivo.

La cantidad de dados a disposición, por cierto, sería la misma para todos.

La cantidad inicial, quiero decir.


II.

Luego de meses en que intentó dar forma a su proyecto, K. desistió.

Aseguró que su sistema funcionaba, pero que él, particularmente, tenía mala suerte.

Nos pidió, además, no volver a hablarle del asunto.

De aquel tiempo, solo dejó un archivo con sus ideas, cálculos y ejemplos.

Nadie lo ha abierto desde entonces, que yo sepa.


III.

Nunca supimos por qué, pero durante un par de años, luego del proyecto de los dados, K. anduvo con clavos en sus bolsillos.

Varios de nosotros nos dimos cuenta, por mera casualidad.

Yo mismo, por ejemplo, vi cómo se le enredaban algunos con sus llaves.

Esa vez le pregunté, pero ignoró mi pregunta.

Desde entonces, comencé a fijarme y noté que la forma de los clavos, se dejaba ver en sus bolsillos.


IV.

-No me gustan las preguntas que exigen respuestas -nos dijo K.. sonriendo, en una grabación que nos llegó hace algunos días.

Nadie sabe dónde vive ni en qué está trabajando, y en la grabación tampoco lo aclara.

De hecho, era lo primero que sabíamos de K., en el último año.

Igualmente, solo se trataba de un saludo y algo similar a una disculpa, según entendí.

No creo, sinceramente, que volvamos a verlo.

sábado, 4 de julio de 2026

Control y perspectiva.


S. hace un experimento.

Ve una y otra vez la misma película e intenta controlar el tiempo.

No controlarlo en el sentido de manejarlo o dominarlo, sino en el sentido de registrarlo y monitorearlo (llevar control sobre él).

Es decir, intenta medir los cambios en la propia percepción del tiempo, durante los numerosos visionados de la misma película.

Sé que lo realiza hace años, y hemos hablado un par de veces sobre aquello, pero todavía no me queda claro el cómo. Ni mucho menos para qué.

Recuerdo que una vez me dijo que la mayoría de las teorías son erróneas.

Que, al parecer, ella debía sentir más lento cada visionado, y recordarlos de forma cada vez más breve, sin percibir entre ellos mayores diferencias.

-Observar la película sin pensar en otras cosas se hace cada vez más difícil –me comentó una vez-. Yo intento tomar apuntes generales de lo que observo y marcar casillas en algunas plantillas que he diseñado, para registrar lo acontecido. Las plantillas son distintas cada vez, para evitar memorizarlas, pero igualmente me descubro pensando en otras cosas y de pronto descubro que la película ha terminado, y siento que me ha faltado tiempo para comprender algo. No es frustrante, pero es difícil de entender… y más aún de comunicar.

La última vez que nos vimos, por cierto, no tocamos el tema de su experimento.

Sé que sigue en él, ciertamente, pero preferí evadirlo. Ella estaba más silenciosa, pero al mismo tiempo sonreía más. Parecía más amable, probablemente.

Así y todo fue un encuentro que me resultó un tanto incómodo. Me sentí demasiado observado, tal vez. Leído, incluso.

Al final, al despedirnos, sus últimas palabras me lo confirmaron.

-El infierno será corto, -dijo-. Tú tranquilo. Todo es cuestión de perspectiva.

viernes, 3 de julio de 2026

Un temblor pequeño.


En una parte tuya
algo tiembla.

Como cuando la casa suena
estando sola
y no sabemos por qué.

Un temblor pequeño, en cualquier caso.

Igual que los sonidos de la casa.

Algo que brilla levemente y casi de inmediato
se apaga.

Una chispa, apenas.

Una vida breve
o que no alcanzó a ser.

Como la historia del templo
que había quedado a medio construir,
porque la fe abandonó de un momento a otro
a los creyentes.

¡Qué bello espectáculo
el de las cosas sin terminar…!

Y cuánta honestidad cuando aprendemos
que lo que llamamos voluntad
es casi siempre desesperación.

Una vez tú mismo lo dijiste
más o menos de esa forma.

Todo está prácticamente vacío,
fue lo que dijiste.

Estamos desperdigados en nosotros mismos,
me pareció escuchar.

Fue esa vez que leímos sobre el cálculo
que hacían sobre el verdadero espacio
que ocupa la materia de un hombre.

Y reímos de lo absurdo
que parecía.


Otros temblores, ciertamente,
eran esos.


Hoy todo está
desconectado.

Cada temblor
es independiente.

Y los sonidos
de la casa vacía
nada tienen que ver
unos con otros.

Así,
resulta ser que todo se reduce
a tres simples hechos.

O imágenes, si quieres:

Un temblor extraño.

Una chispa.

Y un templo a medio terminar.

Ah… se me olvidaba…

Y un corazón lleno de grillos.

Que no cantan.

jueves, 2 de julio de 2026

Esas máquinas no saben lo que hacen.


I.

Esas máquinas no saben lo que hacen.

Y aunque lo supieran, nada dicen.

Simplemente hacen algo que por desconocimiento no nombro.

Y debo limitarme a decir, que esas máquinas funcionan.

Así, ignorándolas, yo las observo e intento describirlas.

E inferir, de paso, aspectos de su funcionamiento.

Por ejemplo, puedo decir que vibran todo el tiempo y sus movimientos se entrelazan.

Y proponer que, si una se detiene, pasarán a detenerse todas.

Como ven, hasta ahí puedo aventurarme.

Mientras ellas siguen funcionando.


II.

La detención en una máquina es la forma que en ella adopta el daño.

No la muerte, digamos, que es ajena a su naturaleza.

A veces me asusto, por cierto, cuando las observo funcionar.

Alguien debiese cubrirlas de piel, me digo.

Y esa piel, de ropa.

No para que se parezcan a nosotros, pero sí para tranquilidad del mundo.

Cuando lo creemos nuestro.


III.

Esas máquinas no saben lo que hacen.

Por lo mismo, ignoran sus acciones y se ignoran a sí mismas.

Es por eso, en parte, que me niego a darles un nombre cuando estoy con ellas.

O cuando quiero referirme a ellas, poco después.

Si hasta los números y códigos, me resultan equívocos.

O inapropiados, al menos, para poder nombrarlas.

De hecho, están frente a mí, ahora, y solo se me ocurren adjetivos.

¡Pobrecitas…!, les digo.

Pero ellas no se inmutan, aún.

miércoles, 1 de julio de 2026

A primera hora.


I.

Salgo a primera hora
a esperar el autobús.

Casi nunca espero
más de diez o doce minutos.

Desinstalé hace semanas
la aplicación para saber
a qué distancia viene.

Como la miraba solamente
cuando ya estaba en la parada
era como saber antes de tiempo
lo inevitable.

No tiene tanta gracia.


II.

No llega el autobús.

Como todavía no amanece
cuando estoy en la parada,
leer el libro que llevo
me cuesta un poco.

De hecho,
me alejo unos pasos del lugar,
Para ponerme bajo un faro.

Esta vez leía uno de Takeshi Kaiko.

Tinieblas de un verano.


III.

Amanece mientras leo
y el autobús no pasa.

Pienso preguntarle a alguien,
pero siempre este lugar
está vacío.

Nadie más espera
en este paradero,
salvo yo.

Por eso,
para llegar a él,
tomo un desvío.


IV.

Decido regresar a casa,
finalmente.

Pude caminar hasta el metro,
es cierto,
pero decidí no hacerlo.

Por el camino vuelvo a desviarme
y termino comprando
algo para comer.

En esa plaza de ahí, me digo,
voy a comer esto con calma
y terminar el libro de Takeshi Kaiko.

Horas después, lo termino.

Del trabajo no me respondieron nada
cuando avisé que no iba a trabajar.


V.

He caminado tanto
que ni siquiera sé muy bien
dónde me encuentro.

Además,
está empezando a oscurecer.

Las personas que regresan del trabajo
caminan lento.

A veces paran,
en algún negocio,
a comprar.

Luego dejan de verse esas personas.

Y cierran los negocios.


VI.

Ya es de noche
y aún no llego a casa.

Cuando ya estoy cerca
me detengo un último momento,
para observar el cielo.

Estoy seguro de que,
por aquí, más o menos,
había una constelación,
me digo.

No puede haberse ido.

Pero no está.

martes, 30 de junio de 2026

Una imagen. Una voz. Un recuerdo.


I.

Recuerdo una imagen de un poema de Tor Ulven:

Dos televisores de esos antiguos, uno frente a otro, encendidos, nevando en sus pantallas, ya fuera de transmisión.



II.

Sí.

Creo que esa es la imagen.

O más o menos esa.

Tal vez deba sumar el ruido de los televisores.

Uno frente al otro, también, el ruido.

Nada antes (que recuerde).

Y nada después.


III.

No una imagen recuerdo ahora, pero sí una voz.

La voz de Hilda Doolitle.

Una voz que, tras ver caer una pera,
pide al dios del vergel, librarnos de la hermosura.

“Líbranos de la belleza
de los árboles frutales”, creo que dice.

Incluso intenta negociar con el dios ese.

No le resulta, al parecer.


IV.

La imagen y la voz, por cierto, se reúnen en otro recuerdo.

Uno propio esta vez y con menos gracia.

Se trata de un árbol que yo creía ver, de pequeño,
al apagar el televisor.

Quiero decir que se apagaba la pantalla y yo creía ver,
por unos segundos, un árbol en ella.

No sé decir cómo era, pero cuando me preguntaron esa vez,
dije que era un árbol de frutos,
pero sin frutos.


V.

Queremos vivir como árboles,
escribió una vez, Adrienne Rich.

Nadie nos ha imaginado.

lunes, 29 de junio de 2026

Me gustan las orejas porque no se ponen tristes.


Me gustan las orejas porque no se ponen tristes, me dijo. Ni alegres ni tristes, en realidad. Míralas. No son como los ojos que se ponen acuosos y se llenan de lágrimas. Las orejas permanecen ahí, imperturbables ante triunfos y derrotas. Dignas e indiferentes. Compáralas con la boca, por ejemplo. Ese agujero ridículo y poblado de dientes. Ese pozo que ante la más mínima emoción se gira y transforma en mueca. Y que se abre incluso para dejar pasar al grito… ¡Qué vergüenza tener boca…! Pero en cambio, las orejas… ¡Divinas orejas…! ¡Divinas y sensatas orejas! No debí decir "míralas" hace un rato, sino ADMÍRALAS. Siempre ahí, enhiestas hasta cierto punto. Incapaces de no ser lo que son. Diseñadas con detalle. Hechas para durar. Sin huesos que se quiebren. Sin músculo, incluso. Cartílago y piel como debe ser. Del mismo material que debe estar hecho el cuerpo de Dios. Sí, porque está claro… Dios ha de ser esencialmente cartílago. Si pretende sobrevivir a la humanidad, al menos, ha de ser cartílago. Estar fabricado en eso, quiero decir. O autofabricado, más bien. Con una mínima irrigación sanguínea. Fiel a su forma original. Elástico, firme y prácticamente inmune al dolor. Sí… Dios debe ser la oreja mayor. Ni boca ni nariz ni ojo, sino la oreja esencial, primigenia. Y como tal puede permanecer imperturbable ante lo que ocurra en el universo. Ni benefactor ni destructor. Ni estricto ni condescendiente… Una oreja, sin más... Ya sabes.

domingo, 28 de junio de 2026

Ellos y nosotros.


Todos decían que, en una casa abandonada, más allá de la colina, habitaban varios fantasmas.

Según contaban, podías incluso verlos a través de las ventanas, haciendo “vida de familia”, como si lo más natural fuese ser espectros.

Se sentaban a la mesa, charlaban, simulaban comer algo, jugaban cartas…

Parecían, en definitiva, pasársela bien.

Solo se diferenciaban de los verdaderamente vivos porque podías ver a través de sus cuerpos, y porque de vez en cuando traspasaban una pared o se elevaban un poco más de la cuenta, despegándose del piso.

Y claro, por las acciones que realizaban podías adivinar que pertenecían a otra época, pues no veías entre ellos a nadie usando celular y se relacionaban entre ellos de una manera más seria y formal, en comparación a lo que acostumbramos ver en nuestro tiempo.

Todo esto me lo contaron, en principio, pero una noche decidí asomarme al lugar y lo cierto es que yo mismo pude comprobarlo.

Parecían ser una familia común, pero de fantasmas.

Cuatro adultos y dos niños, fue lo que conté.

-De pronto puedo ir a escondidas hasta allá y asustarlos –les dije a los amigos con los que había ido-. Después de todo con ellos debe funcionar al revés… Y así como a nosotros nos asustan ellos, estoy seguro que ellos deben espantarse de nosotros.

Mis amigos aceptaron mi lógica y me impulsaron a ir de inmediato. Tal vez se dieron cuenta que lo había dicho simplemente por alardear y quisieron castigarme respaldando mi idea.

Poco después, me encontré abriendo la puerta de la casa donde vivían los fantasmas, con una antorcha encendida en una mano.

Mi intención era gritar una vez dentro, pero cuando estuve frente a ellos simplemente me paralicé, mientras los veía huir despavoridos en todas direcciones.

-¡Eso es…! –escuchaba a mis amigos gritar desde el exterior-. ¡Los asustaste…!

Minutos después, cuando recuperé la compostura y salí de aquella casa, lo cierto es que me sentí un poco culpable.

Después de todo, la noche estaba helada y parecía que pronto iba a llover.

Ojalá regresen pronto, recuerdo que pensaba cuando me dirigía a casa.

Ellos también, me dije, merecen un hogar.

sábado, 27 de junio de 2026

Ni para media historia.


I.

Me cuentan que a un amigo lo balearon en un pie.

Fue un accidente al parecer, mientras un conocido manipulaba un arma.

La bala rompió varios de sus huesos y provocó que le extirparan dos dedos de ese pie.

Creo que fueron los dos más pequeños.

Todo esto me lo cuenta otro amigo al que le decimos Johnny Cash.

Siempre me llama para contarme cosas de este estilo.

A veces también acompaña la historia con alguna foto.

No sé qué quiere que le diga cuando me cuenta este tipo de hechos.

Yo simplemente los escucho, hago alguna pregunta de rigor y quedamos de hablar más adelante.

No sirven ni para media historia.


II.

Poco después que llamó, esa última vez, quedé pensando en algo.

¿Habrá llamado a otros alguna vez para dar una noticia mía?

Y si así era, ¿qué podría haber contado?

Como no pude llegar a una respuesta terminé llamándolo.

Extrañamente me contestó una voz de mujer, cuando marqué su contacto.

-Hola… -dije-, llamaba para hablar con, eh… Juan.

-¿Juan? –me preguntaron-. ¿Juan cuánto?

Tuve que detenerme ahí, pues me di cuenta que no recordaba el nombre completo de mi amigo.

Solo sabía que le decíamos Johnny Cash porque se llamaba Juan y siempre andaba con efectivo.

-Él me llamó desde ese teléfono hace unos días… -intenté explicar.

Cortaron la llamada.

Minutos después lo intenté nuevamente y descubrí que me habían bloqueado.

Es extraño, me dije, pero no debiese darle más vueltas.

No alcanza, tampoco, ni para media historia.

viernes, 26 de junio de 2026

Entrada y Salida.


Trabajé hace años en un colegio que tenía un pequeño auditorio, en el subsuelo.

Dicho auditorio tenía una puerta de entrada y una de salida.

Ambas puertas eran absolutamente iguales salvo por el letrero sobre ellas, que las identificaba.

“Entrada” y “Salida”, decían los letreros, sobre cada puerta.

Cuando ingresé al colegio, por cierto, el auditorio ese todavía no se utilizaba.

Poco antes que se inaugurara, meses después, nos citaron a todos para realizar una especie de inducción sobre su uso.

Funcionamiento de las luces, conexiones eléctricas, uso del proyector… cosas de ese estilo.

Lo extraño –o lo que a mí me pareció extraño, al menos-, fue que enfatizaron en la utilización correcta de las puertas.

-No dejen que los estudiantes entren por la puerta de salida ni salgan por la de entrada –nos dijeron, en más de una ocasión.

Sin argumento alguno, por cierto.

No es que el colegio en cuestión fuese estricto –que no lo era-, a lo que apunto acá es a la extraña naturaleza de las indicaciones que nos entregaban.

Sé que alguien podrá pensar que había una razón detrás de esto, como que la puerta de salida estaba más cerca de una zona de evacuación, por ejemplo, pero lo cierto es que era todo lo contrario.

Instrucciones arbitrarias, simplemente, pero que seguimos al pie de la letra por varios años.

Los estudiantes, por cierto, tampoco las cuestionaron.

Cuando dejé ese trabajo, años más tarde, cambié un letrero por otro.

No sé si alguien, alguna vez, se enteró de aquello.

jueves, 25 de junio de 2026

Los perros están en el bosque.


Los perros están en el bosque.

Desde hace días se metieron entre los árboles y hasta ahora no han regresado.

Es un bosque pequeño, por cierto, y los perros también lo son, hasta cierto punto.

Me refiero a que no son perros salvajes, ni de caza, sino simples mascotas que fueron vistos entrando al bosque hace unas noches y que todavía no han vuelto.

Hoy, muy temprano, varios padres con sus hijos han salido a buscarlos.

Fueron con silbatos, amplificadores de voz y llevando una serie de juguetes y recompensas con los que acostumbraban premiar a sus mascotas.

Ya la noche anterior se habían reunido varias familias para organizarse y hacerlos regresar.

Los niños están sufriendo, decían.

Esa misma noche, las familias reunidas se pusieron en contacto con algunos expertos.

Ninguno de ellos, por cierto, logró explicar, con certeza, lo sucedido.

Hace décadas, tal vez, habrían podido pensar que los animales hubiesen ido tan conejos, pero hoy prácticamente no había fauna en aquel lugar.

Ni animales que pudieran servir de alimento ni animales que puedan devorarlos, dijo uno de los expertos, no se sabe con qué intención.

Es por eso que hoy, como decía, varios padres y sus hijos fueron en busca de los perros.

De eso ya, por cierto, unas cuantas horas.

Una madre, que se comunicó con su esposo por teléfono, dice que todavía no han encontrado nada.

Ya van a regresar, le dice al hijo más pequeño, que se quedó con ella.

¿Quiénes?, pregunta el niño.

miércoles, 24 de junio de 2026

Un libro con las cosas que no quiero saber.


Un libro con las cosas que no quiero saber.

Con ese título, incluso, me refiero.

A un costado del pasillo. En el fondo.

Justo en el estante más alejado y en la parte más alta de la biblioteca.

Un libro voluminoso, por cierto, con al menos mil quinientas o dos mil páginas.

Tapas gruesas, hoja delgada, tipo Biblia.

Supongamos que está ahí, donde decía.

Que un día observas tu biblioteca mientras buscas otra cosa y recuerdas que está ahí.

Proscrito prácticamente y sin duda olvidado hasta ese instante.

Pues bien, respecto a él quería preguntarte:

¿Qué es lo que haces cuando lo ves?

¿Te animas a traer un banco y encaramarte para sacarlo?

Piénsalo bien, antes de responder.

Camina por el pasillo, en tu mente, y ubícalo entre los otros, desde abajo.

¿Lo sacas del lugar donde se encuentra?

¿Lo desempolvas y lo llevas contigo apreciando su peso?

Un libro con las cosas que no quiero saber, observas que está escrito, también en su portada.

¿Terminas abriéndolo e indagando en aquello que no debiese interesarte?

¿Sabes realmente, antes de abrirlo, lo quieres y lo que no quieres saber?

Y si lo sabes, ¿elijes vivir guiado por lo que sabes de ti mismo?

Puedes no responder, por supuesto, pero te pido que lo pienses.

Un instante, al menos, antes de seguir.

Un libro con las cosas que no quieres saber, al fondo del estante.

¿Lo necesitas, acaso?

martes, 23 de junio de 2026

Seguro.


Darwin junto a otros doctores y científicos de diversas épocas están en una sala blanca, amplia, bien iluminada y llena de elementos asociados a la investigación científica.

En el lugar también hay mesones donde se encuentran variadas especies de flora y fauna, la mayoría de ellas vivas, al parecer, aunque algunas sedadas y/o adormecidas.

Darwin lleva en sus manos un cuaderno, en el que va tomando apuntes y registrando observaciones, del mismo modo como otros científicos más contemporáneos llevan tablets y otros dispositivos electrónicos.

A veces, tras avanzar algunos pasos y observar algunos especímenes, algunos de ellos se permiten observaciones breves, en voz alta, sin llegar jamás a transformarse en conversaciones o discusiones entre los presentes.

-Las flores realmente hermosas se extinguieron primero -dice un tipo que acompaña a Darwin, por ejemplo-. Ni siquiera podemos imaginar el tipo de belleza que ellas tenían.

-Este tipo de especímenes solo viven algunos segundos –señaló otro, mostrando una imagen a un cercano-, solo saben exhalar.

Siguen así, caminando y observando detenidamente todo aquello que se encuentra en los mesones.

Ya al final del recorrido, hay un último mesón, más adornado que el resto, en el que puede observarse un amplio servicio de coctelería.

Solo tras inspeccionarlo un buen rato Darwin se atreve a tomar una taza, servirse algo que parece ser café e inspeccionarlo de cerca.

-Creo que esto sí es seguro –dice.

lunes, 22 de junio de 2026

Se arrienda para vivir una hermosa ballena blanca.


Se arrienda para vivir una hermosa ballena blanca.

Aproximadamente de veinte metros de largo, en exterior.

Animal de vasta experiencia, pero todavía firme.

Pintura exterior gastada, pero sin resquebrajaduras ni grafitis.

Animal con musculatura elástica, huesos robustos, piel gruesa y antiadherente.

Gruesas capas de grasa como fuente energía y aislante térmico.


Más detalles y especificaciones:

Amplia, amoblada y con buen sistema de calefacción.

Único ambiente, pero tan amplio, que impresiona.

Puede dividirse sin dificultades, según gusto y preferencia del arrendatario.

Conexión wi-fi (aunque con funcionamiento limitado y en ocasiones intermitente).

Posee biblioteca de aproximadamente cien volúmenes (solo clásicos, sin ilustraciones y en idioma original).

Cuenta con jacuzzi (en regular estado) y zonas acolchadas para realizar ejercicios.

Incluye desalinizador de agua y generador eléctrico en base a aceite para asegurar necesidades básicas.

Espacio interior destinado a huerto orgánico y/o crianza de invertebrados.

Provisión gratuita de peces, moluscos y ensaladas surtidas, renovada constantemente y en toda época del año.

Ideal para hombre solo que sepa leer a media luz y no sobrevalore el contacto humano.

Sin cobro por gastos comunes ni extras por alimentos y servicios.


Últimas observaciones:

Sector para inquietudes espirituales, juegos anti estrés y lavandería.

Llegar y habitar, como podrá notar.

Único dueño.

Baño compartido.

domingo, 21 de junio de 2026

No puedes mirar el cielo porque sí.

“Yo soy el Arca de la vida.
Tú sé lo mismo”
R. B.


Ya ni siquiera puedes mirar el cielo porque sí.

Menos aún si quieres hacerlo de noche.

Ahora te obligan a ponerles nombres, por ejemplo, a las estrellas que antes no han sido vistas.

¡Qué gran responsabilidad!

Sí…

¡Qué gran responsabilidad y qué desfachatez al mismo tiempo!

Una vez, lo discutí airadamente, cuando vi a un tipo descubrir una.

Y es que, tras hacerlo, varios hombres se acercaron e insistieron en que nombrara a aquel astro.

De hecho, como el hombre no se decidía, le mostraron un listado con nombres disponibles para que eligiese alguno.

Segundos después y sin meditarlo demasiado, el hombre apuntó uno de la lista.

Y claro, fue entonces cuando me acerqué y comencé a discutir con todos ellos sobre la validez de aquel procedimiento.

Así, tras cruzar unas palabras y no ceder en nuestras posturas, la discusión fue creciendo en intensidad.

Tanto así que de pronto me vi tomando sus documentos y forcejeando con uno de los hombres, que no me dejaba romperlos.

¡No necesitan nombres!, les gritaba.

¡Ni siquiera necesitaban ser vistas…!

Lamentablemente, como ellos eran más, terminaron por reducirme y llamaron a carabineros.

Afortunadamente, horas después, como estos no llegaban, los tipos simplemente me dejaron ahí y se fueron del lugar.

Por último, poco después y tras varios intentos, logré zafarme de las amorosas cuerdas.

sábado, 20 de junio de 2026

Ciclos.


Contar hasta cien en medio de los otros, hasta comprobar si eres o no invisible.

Saltar por la ventana y estar ahora en un lugar donde no saben que estás.

Pensar en tu habitación vacía e imaginarte dentro, como si te hubieses dividido.

Apretar una piedra en tus manos, para ver si ella se marca en la piel.

Comer lento y partir todo varias veces, para no quedar con hambre.

Rezar rápido y luego pensar en otras cosas, pues temes que Dios responda.

Dibujar ojos en todas partes y pintarlos varias veces para que ya no puedan ver.

Arrojar pequeñas piedras al techo de la casa, para saber si hay alguien que las escucha dentro.

Observar bichos, bajo las piedras, y seguirlos hacia donde van.

Trepar al árbol y caerse cada vez, cuando te bajas.

Gritar, sabiendo que no hay nadie, para que te escuche.

Crecer, sin darte cuenta, hasta que descubres que no puedes ya volver atrás.

Llenar de cosas tu casa, hasta que ya no quede espacio y te debas quedar fuera.

Gastar la vida, como todos, demasiado pronto.

Dormir, soñar… y luego dejar de hacerlo.

Tener frío, y sonrojarse de vergüenza.

Meterse bajo tierra como un topo.

viernes, 19 de junio de 2026

El tren que viaja en mi cabeza.



Dentro de mi cabeza viaja un tren sin detenerse en estaciones.

Construí dos, por si no habían, para que intentara detenerse y se tomase algunas pausas.

Una estación tras cada oreja, fue que construí, pero el tren ese no hace caso.

Da vueltas a lo loco, simplemente, como esas motos en las esferas metálicas de los circos.

Y casi con el mismo ruido.

Es tan molesto que cuando me sabe cansado comienza a acelerar para evitarme el descanso.

Y, además, arroja un humo tan molesto que a veces los ojos me lloran, desde dentro.



Fui al doctor hace unos años, para que me dijera algo más sobre ese tren.

No le pedí un diagnóstico ni exámenes pues yo ya sabía que el tren andaba dentro.

Solo quiero que me diga si hay esperanza que se detenga o que al menos baje el ritmo, le lancé.

El doctor no me contestó directamente y pareció molestarse un poco.

A pesar de lo anterior, me hizo algún examen y hasta me regaló unas fotos a color de mi cabeza, para demostrar que había hecho su trabajo.

Todas esas cosas están dentro, me dijo.

Todas esas cosas y el tren de un lado a otro, dije yo.



Lo que pasa es que te preocupas demasiado, me dijo un tipo alguna vez.

El tren existe y tú lo sabes, pero en el fondo no te afecta en lo más mínimo.

De hecho, eres tú el que lleva al tren de un lado a otro.

Y si de verdad lo quisieras, podrías hacerlo detener, o en el peor de los casos, descarrilar.

Entonces, antes que el tipo siguiera hablando, le di un cabezazo en la nariz, que pareció quebrarse por el golpe.

El hombre cayó el piso con las manos en el rostro, mientras se quejaba a gritos y no dejaba de sangrar.

Yo, por mi parte, pensé en culpar al tren que giraba en mi cabeza, pero como nadie me acusó de lo ocurrido, simplemente tomé mis cosas, y me fui de aquel lugar.

El tren, ciertamente, se marchó conmigo.

jueves, 18 de junio de 2026

Pudo ocurrir en una película antigua.


I.
Pudo ocurrir en una película antigua, en blanco y negro. Tal vez en una de Buster Keaton. Un tipo tan obsesivamente limpio que sale a la calle, en pleno día, a barrer las sombras de lo que por ahí pasaban. Pensemos que el tipo en cuestión es conserje de un edificio comercial, y sale a limpiar la entrada. O puede que haya trabajado para un banco, incluso, puede elegirlo usted. El punto es que el hombre anda con su escoba de un lugar a otro, barriendo las sombras y recogiendo los restos en una pala. Luego las mete en una bolsa de basura y las lleva hasta unos contenedores que están a un costado del edificio. Lugar donde también está, por cierto, su propia habitación.

II.
Una noche –en la misma película-, los contenedores de basura se abren y salen de ellos las sombras que habían sido barridas. Justo hay un farol sobre los contenedores, así que estas pueden apreciarse de lo más bien. Son al menos cinco las que salen y se organizan para ir a la habitación del conserje y molestarlo un poco. Toman entonces otras bolsas con basura y van hasta el cuarto donde el protagonista de la película se prepara para dormir. Además de asustarlo un poco terminan dejando basura en todos los lugares de su habitación. Luego huyen, en la noche, pero el hombre, con ingenio, logra atrapar a una.

III.
La sombra que atrapó es la de una mujer. La silueta se muestra asustada por lo que puedan hacerle, pero el hombre se muestra amable, rápidamente. Se sientan a la mesa. Luego el hombre llena una taza de té y la ilumina por un lado, para que la sombra de la taza sea tomada por la sombra de la mujer. Al parecer, el hombre se muestra atraído por la silueta femenina que está junto a él. De hecho, se acerca cada vez más a ella. Sin embargo, debido al ángulo de luz que hay en la habitación, es la sombra del hombre la que primero se pone en contacto con la sombra femenina. Y claro, la sombra de hombre se despega de él y huye con la sombra de la mujer, apenas este se descuida. Entonces, apesadumbrado, el hombre queda solo, sin sombra incluso, en su habitación llena de basura. Por último, tras mirar el estado de su habitación, decide apagar la luz y acostarse a dormir.

miércoles, 17 de junio de 2026

Quería perdonar a alguien ese día.


Quería perdonar a alguien ese día. Lo quería con ansias, pero no se me dio. Lo había querido desde que leí sobre los beneficios que trae consigo perdonar las ofensas de algún otro. Lo leí en un artículo que, a partir del análisis de la oración del padrenuestro, profundizaba sobre este tema. Con evidencia científica, por supuesto, profundizaba, no meramente desde lo ético o moral. Y claro, como en mi fuero interno me sentía indudablemente ofendido, asumí que alguien –evidentemente- me había ofendido y que yo podía buscarlo, encontrarlo y perdonarlo.

Según el artículo, al hacerlo sentiría alivio fisiológico concreto (reducción de niveles de cortisol y baja de presión arterial), disminuiría la actividad ansiosa de la amígdala, liberaría oxitocina y otros neurotransmisores asociados a la calma y el equilibrio, y hasta era probable que en mi cerebro se realizase una reconfiguración cognitiva, a partir de reprocesamiento del recuerdo y una disminución del grado ansioso asociado a la distensión originada por el acto del perdón.

Solo faltaba entonces reconocer a quién me había ofendido e ir en su búsqueda. Me puse a ello entonces con gran entusiasmo. Repasé mis heridas. Hurgué en el daño, digamos. Levanté capas y capas de piel ofendida y fueron apareciendo nombres que, sin embargo, tachaba casi de inmediato. Tomé apuntes. Hice diagramas. Busqué lo que podría denominarse como la raíz de toda ofensa. Pero nada. No encontré nada. O sea, encontré daño, pero un alguien específico a quien perdonar.

Artículo de mierda, me dije. Cuántas expectativas y al final todo era, de cierta forma un engaño.

Busqué entonces al autor de aquel artículo, pero no aparecía. Tampoco es que me naciera perdonarlo de buenas a primeras, pero no olvidaba que la recompensa era alta. Quería querer perdonarlo, digamos, pero además no había nombre alguno. Intenté comunicarme con el medio que había difundido el artículo y no me contestaron.

¿Otra ofensa?, pensé entonces. ¿Se vale si perdono al medio que difundió el artículo ese…?

Pero no. Intenté hacerlo, pero todo era muy abstracto y sentí que para perdonar necesitaba un rostro. Lo necesito aún, de hecho.

Por lo mismo, si alguien cree que me ofendió –y tiene rostro-, comuníquese conmigo directamente, o hágamelo saber de algún modo.

Habrá ganancias para ambos: usted se quita la culpa y yo recibo algunos beneficios.

Todos ganan, después de todo.

Por una vez, al menos, todos ganan.

Yo y ustedes, ganamos.

No sé.

martes, 16 de junio de 2026

Frascos.


I.

Tras llegar al lugar abrí la puerta del mueble que me habían indicado.

Todo en su interior estaba guardado en frascos con etiquetas.

Varias hileras y en distintas repisas.

Lo cierto es que nunca había visto tantos.

Más de doscientos, calculé, en primera instancia.

Todos de un tamaño similar, aunque no se trataba, necesariamente, de frascos idénticos.

Todos de vidrio eso sí, con tapas plásticas, de vidrio mismo o metálicas.

Casi de inmediato me senté frente a ellos y comencé a revisarlos.

Debo haber estado en eso cerca de dos o tres horas.


II.

Poco más de treinta eran frascos con especias o mezclas de especias.

Unos diez o doce, tenían en su interior hierbas para infusiones.

También había frascos con frutos secos, lentejuelas y hasta había uno con clavos de una pulgada.

Incluso al final, atrás de todos, encontré un frasco que tenía dentro otro frasco.

Como si estuviera embarazado, pensé.

Ese, por cierto, era el único frasco que no tenía etiqueta.


III.

Cuando terminé de verlos ya era de noche.

Con cuidado, traté de dejar cada uno de los frascos en el lugar que correspondía.

Ya era de noche cuando terminé y recién entonces observé qué más había en aquel sitio.

Una chimenea, por ejemplo, que debía encender pronto, pues comenzaba a hacer frío.

Y grandes ventanales que reemplazaban a casi todas las paredes del lugar.

Cada ventanal, por cierto, estaba cubierto por grandes y largas cortinas.

Me acerqué entonces a uno de ellos y separé las telas.

Todo estaba a oscuras, afuera, y solo se percibían los contornos de algunos árboles.

También noté que había algo pegado en el ventanal, en una especie de cartel.

Desde el interior, sin embargo, no podía saber lo que decía, pues daba hacia fuera.

Volví entonces a cerrar las cortinas y me acerqué a la chimenea, para encenderla.

Mientras lo hacía, pensé en qué podía hacerme para comer, esa noche.

Por último, decidí que sería una buena idea dormirme pronto, para salir temprano al otro día.

lunes, 15 de junio de 2026

Elogiamos la torpeza en las películas mudas.


Elogiamos la torpeza en las películas mudas. La elogiamos y disfrutamos, de hecho, sin sentir culpa alguna. Nos reímos de las caídas, por ejemplo, pues los que van a dar al suelo se levantan de inmediato, fácilmente. Y es que nadie parece sufrir, realmente, en las películas mudas. En ellas, vemos a los personajes moverse incansablemente. Bruscos, apresurados… torpes, en definitiva. Como si supieran de cierta forma a dónde van, pero algo les dificultase al mismo tiempo llegar a ello. Y claro, ese algo, descubrimos luego, es justamente su torpeza. Entonces, disfrutamos de esa torpeza y observamos cada vez más cómodos la odisea cómica del viaje. Los observamos correr, tropezar, chocar con otros. Caer desde altura o ser atropellados. También doblar en las curvas equivocadas o huir de un perro pequeño o de un policía bonachón, que nunca será capaz de herir a nadie realmente. ¡Qué torpes son…!, pensamos, mientras los observamos, casi siempre sonriendo. Son tan torpes que uno se siente hasta un poco más seguro cuando los ve actuar así. Más seguro de uno mismo, me refiero. De no tener tanta torpeza, tal vez. O de administrarla mejor, en cualquier caso. Secretamente, sin embargo, algunos envidiamos el saber qué quieren esos tipos. La seguridad que tienen ellos de saber a dónde van. De estar en camino, digamos, a su sitio correcto. Sí. Por eso elogiamos la torpeza en las películas mudas. Porque sin palabras es más fácil ser torpe. Más fácil y más puro. Más limpio.

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