martes, 7 de julio de 2026

Bestias eléctricas.


Brillaban.

Con luces sucias, pero brillaban.

Con luces oscilantes y precarias, que cambiaban su intensidad.

Ni los rostros ni las sombras proyectadas resultaban confiables.

Menos aún, verdaderas.

Hasta las rocas, en el piso, parecían cambiar de sitio.

Dudabas de ellas, incluso, hasta que las oías hablar.

Dudabas que estuvieran, quiero decir.

Que estuvieran ahí realmente.

Parecían en principio gemidos lastimeros, pero luego notabas que no.

Descubrías que, en medio de ese brillo sucio, ellas fingían.

Aquello era la fragilidad que querían proyectar, simplemente.

Como estrategia de caza, tal vez.

Sí…

Eso es, a fin de cuentas, lo que era.

Y ellas, agazapadas, lo sabían desde un principio.

Tan sucias como la luz gastada que emitían.

Bestias eléctricas, al fin.

Cuatro grandes bestias eléctricas, que esperaban.

En silencio, salvo por las vibraciones que emitían.

Respirando apenas.

Sin moverse en lo absoluto.

Tanto así que más de alguno no las reconoció como bestias.

Ni como cosa viva en lo absoluto.

Cosas metálicas que brillan de mala forma, piensa alguien.

Maquinaria inservible.

Montón de estructuras dañadas y obsoletas.

¡Pero déjalos que hablen…!

Ellos no saben, por supuesto.

No reconocen a las bestias eléctricas.

No saben temerlas.

Desconocen incluso a aquel que las envía.

¡Cuatro bestias eléctricas!, dijo.

Con eso debiera bastar.

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