I.
Esas máquinas no saben lo que hacen.
Y aunque lo supieran, nada dicen.
Simplemente hacen algo que por desconocimiento no nombro.
Y debo limitarme a decir, que esas máquinas funcionan.
Así, ignorándolas, yo las observo e intento describirlas.
E inferir, de paso, aspectos de su funcionamiento.
Por ejemplo, puedo decir que vibran todo el tiempo y sus movimientos se entrelazan.
Y proponer que, si una se detiene, pasarán a detenerse todas.
Como ven, hasta ahí puedo aventurarme.
Mientras ellas siguen funcionando.
II.
La detención en una máquina es la forma que en ella adopta el daño.
No la muerte, digamos, que es ajena a su naturaleza.
A veces me asusto, por cierto, cuando las observo funcionar.
Alguien debiese cubrirlas de piel, me digo.
Y esa piel, de ropa.
No para que se parezcan a nosotros, pero sí para tranquilidad del mundo.
Cuando lo creemos nuestro.
III.
Esas máquinas no saben lo que hacen.
Por lo mismo, ignoran sus acciones y se ignoran a sí mismas.
Es por eso, en parte, que me niego a darles un nombre cuando estoy con ellas.
O cuando quiero referirme a ellas, poco después.
Si hasta los números y códigos, me resultan equívocos.
O inapropiados, al menos, para poder nombrarlas.
De hecho, están frente a mí, ahora, y solo se me ocurren adjetivos.
¡Pobrecitas…!, les digo.
Pero ellas no se inmutan, aún.
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