jueves, 30 de abril de 2026

Otras exposiciones.


A ella le llamaba la atención que quedasen marcadas en la piel las partes del cuerpo expuestas al sol, los días de calor.

O sea, que quedase diferenciada la parte de la piel que ha sido expuesta a la luz del sol de aquella que no fue expuesta.

Lo apreciaba en su propia piel, mientras miraba las marcas de las mangas de las blusas u otras ropas que solía usar en verano.

No era una cuestión estética, lo que le preocupaba, ni tampoco nada relacionado con las quemaduras de piel u otro problema asociado de salud.

De hecho, lo que le preocupaba era algo más difícil de nombrar y que tenía que ver con ella misma.

En concreto, tenía que ver con observarse a sí misma y ver dos tonos en la misma piel y sentir de pronto que ella estaba debajo de esa especie de tela que la cubría y que podía mancharse sin cambiarla a ella propiamente.

Eso era lo que sentía o eso fue lo que entendí yo, al menos, tras hablar con ella varias veces, sobre aquello.

-A veces prefiero no exponerme al sol para que no me pase –me dijo, hace unos días-. Y no tanto porque no me pase, sino para no tener que estar luego pensando cosas raras, que me terminan asustando…

Yo le iba a decir que asustarse no era malo y a explicarle por qué, pero luego decidí que era mejor dejarla sentir, pensar y decidir por sí sola, sin recibir ideas de nadie.

También decidí, de paso, marcharme del lugar y dedicarme mejor a otros asuntos.

No recuerdo a cuáles.

miércoles, 29 de abril de 2026

Exposición.


La exposición era de un artista europeo de la zona de los Balcanes. No recuerdo el nombre ni intentaré buscarlo ahora porque además la muestra era bastante pequeña y no creo que haya suscitado gran revuelo.

En concreto, la exposición estaba formada por una serie de cuadros, fotografías y supuestos documentos que daban cuenta de una civilización como la nuestra, salvo que el único elemento visible que se repetía innumerables veces eran tenedores:

Los transeúntes caminaban con ellos en cada mano. Los postes terminaban en puntas como grandes tenedores. Las armas de los policías eran tenedores aparentemente más pesados. En el pelo, las mujeres llevaban tenedores y hasta la ropa que portaban eran variables de la forma de este mismo objeto.

Así también los documentos que se presentaban en la exposición resultaban prácticamente incomprensibles, pues la palabra inglesa para tenedor (fork) era prácticamente la única reconocible, aunque con distintas variables.

Por otro lado, en las fotografías, podías encontrar, por ejemplo, niños jugando con tenedores de colores, un enamorado entregando un ramo de tenedores a una chica, alguien en el suelo pidiendo ayuda pues tenía varios tenedores clavados en el cuerpo, iglesias con un tenedor en vez de una cruz en lo alto… y otras cosas de estilo.

Al salir de la exposición, como era de esperar, te entregaban un tenedor de recuerdo. Bonito, pero con puntas demasiado filosas como para llevártelo tranquilo a casa.

De hecho, mientras regresaba, me crucé con un perro que corría llevando uno de estos tenedores enterrado en el lomo.

Para recordarlo –y recordar de paso el peligro subyacente en cada objeto que pasa por nosotros-, decidí nombrar al perro como Fork.

Todavía, cuando me topo con él, en sueños, lo veo correr de un lado a otro, aunque ya no aúlla como antes.

O tal vez, simplemente, me he acostumbrado a esos sonidos.

martes, 28 de abril de 2026

No le gustan los días despejados.



No le gustan los días despejados.

Con el cielo despejado, quiero decir.

Antes sí, tal vez, pero en los últimos años es algo que la molesta.

La ponen de mal humor, aunque no quiera.

Ella misma me cuenta que a veces despierta molesta y luego sale a comprobar cómo está el cielo.

Y sí, descubre entonces que el cielo está despejado.

No tiene que ver con la temperatura, aunque ciertamente tampoco le gusta el calor.

Así y todo, puede estar despejado y haber una temperatura agradable y su molestia es la misma.

No me gusta mirar el cielo y solo ver el cielo, me dice.

O sea, no ver nubes, explica.

Es como si algo le faltara.

Como si el día hubiese comenzado sobre una especie de lienzo que no alcanzaron a terminar.

Me siento incómoda… molesta, concluye, como si alguien me estuviese viendo.

Mientras habla yo la escucho y prácticamente no comento nada.

Igualmente, en todo caso, no sabría qué opinar.

Después de todo, se trata de sensaciones suyas, simplemente, y además hoy está despejado así que terminaríamos discutiendo si agregase algo más.

¿A ti no te pasa?, me pregunta, luego de un rato.

No, le digo.

Prefiero los días nublados y mejor si hay lluvia, pero creo no molestarme cuando no está así.

Ella me mira y parece de pronto cambiar su actitud.

¿Y entonces qué te molesta?, me dice.

Como me descolocó su pregunta me quedo en silencio un rato, buscando una respuesta.

¿No sabes?, insiste.

Sí sé, le digo.

Nos quedamos mirando, en silencio.

No voy a ser yo el siguiente en hablar, pienso.

Y cuento hasta diez.

lunes, 27 de abril de 2026

Tal vez haya sido por la humedad y el clima de la zona...


“Sobre mi madre había salido un arcoíris negro”
M. C.


Tal vez haya sido por la humedad y el clima de la zona, pero lo cierto es que todos comentan que podían verse casi a diario en el lugar, un gran número de arcoíris.

Era algo tan común en aquel lugar, que ya nadie les prestaba ni la más mínima atención.

Por lo mismo, los dejaban pasar, sin mirarlos siquiera, como si fuesen nubes.

Pero claro, los arcoíris no eran nubes.

De vez en cuando alguien visitaba el lugar y entonces los lugareños recordaban que su condición era única.

Así, mientras el visitante sacaba numerosas fotos a los arcoíris, los habitantes de la región comprendían que aquellos fenómenos eran escasos en otros lados, y comentaban que debían explotarlos de mejor forma.

-No digo venderlos –dijo uno-, pero debiésemos vender algo relacionado con ellos, o desarrollar un servicio, por último…

-Podríamos hacer expediciones y llevar a los turistas bajo ellos –dijo otro-. Viajes para que cada visitante quede justo bajo un arcoíris y luego de sacamos una foto perfecta bajo él, y hasta le decimos que es suyo… exclusivo, quiero decir.

Siguieron así dando ideas por un largo rato, probablemente hasta que se cansaron.

Entonces, hicieron votaciones y decidieron implementarlas desde el próximo mes, luego de una última reunión en la que informarían a todas las familias de los proyectos que habían diseñado.

Ya en la reunión todos ellos hicieron cálculos de insumos e inversiones, acordaron capacitaciones para quienes las necesitaran y hasta proyectaron ganancias y fijaron cuotas para la distribución de las mismas.

Todo estuvo animado hasta que informaron que la madre de uno de los dirigentes del lugar había fallecido, en su hogar, mientras se realizaba la reunión.

-Fue algo rápido -dijeron algunos, para consolar al dirigente-. No debe haber sufrido mucho.

domingo, 26 de abril de 2026

Lo que creo, no lo que sé.



Lo que creo, no lo que sé.

Lo que sé es poquito.

Una vez logré escribirlo y fue apenas como un haikú.

Uno breve, además, y que se borró de inmediato, como el estornudo de un niño.

¿Pueden recordar ustedes cómo es el estornudo de un niño?

Yo a veces creo que puedo, pero luego lo intento y comprendo que no.

Y entiendo entonces que desde aquella vez en que logré escribir eso poquito que sabía, ya ni siquiera sé eso.

No sé escribirlo otra vez, quiero decir.

Ni sé leerlo.

Y por eso, en definitiva, lo que hoy llevo conmigo es lo que creo.

No lo que sé.

Ese poquito se dijo una vez y ya no está.

No es que lo lamente, en todo caso, simplemente lo menciono como un hecho.

O lo siento, más bien, como un hecho.

Un hecho que ni siquiera pesa, pues no creo llevar, sobre mí, peso alguno.

Es extraño decirlo así...

Sin duda es extraño, pero a la vez es cierto.

Te quedas con lo que creas y lo que sabes te abandona y dejas, de cierta forma, de saberlo.

No es que dudes de aquello, pero lo dejas ir.

Y aligeras tu peso.

Además, descubres entonces que creer es algo que ni siquiera se carga.

La creencia eres tú, en el fondo, te comprendes.

Basta y sobra con eso.

sábado, 25 de abril de 2026

Como un niño en un cuadro de Monet.


Como un niño en un cuadro de Monet, dice alguien. No más firme ni real que eso. Un poco como un espectro, o como un recuerdo que se superpone a otro. Menos difuso que el resto, tal vez, pero no por eso más nítido ni concreto... ¿Te has fijado acaso en los pies de esos niños? En mi caso no es que me haya fijado en detalle, pero igual puedo asegurarte, desde mi impresión, que nunca se les ven. Que no solo están borrosos ni cubiertos, sino que derechamente no tienen. Aparecen y desaparecen en el lugar en que el pintor los ve. O en el lugar que los muestra, más bien. Pueden dar la impresión de movimiento, es cierto, pero solo es porque se desvanecen y se desdibujan para luego aparecer en otro lado. Así y todo, defienden su naturaleza humana y se diferencian del mundo natural que hay en su entorno. Contienen lo vegetal, no se malentienda, y hasta el agua, de cierta forma… pero hay algo distinto en la manera de existir que se revela en las pinturas. Una existencia más frágil incluso que las de flores que sabemos, a priori, que no durarán mucho. Apenas pudo pintarlos, Monet, pienso ahora, pues sabe que no le pertenecen. Ni a él ni a este mundo, le pertenecen. Vagan y aparecen en distintos sitios y hasta descansan en nuestros hijos, por momentos, pero no son nuestros hijos. Así ocurre siempre, simplemente. El mundo cambia, en definitiva y nada es nuestro.

viernes, 24 de abril de 2026

Clases de caligrafía.


M. se inscribió en clases de caligrafía, pero dice que fue a destiempo.

No lo dice, sin embargo, como una idea propia, sino porque el mismo profesor le explicó que si el objetivo era mejorar la letra, se había retrasado en tomar el curso cerca de treinta años.

No es que sea imposible mejorarla a esa altura de la vida, sino que el objetivo debía ir más allá y apuntar más bien a otros hábitos o conductas.

Podía buscar reducir el estrés, por ejemplo, mejorar la concentración o fomentar la creatividad, le dijo el profesor, entre otras cosas.

A M., por cierto, le interesó aquello de fomentar la creatividad, así que no solo le preguntó más a su profesor, sino que hasta compró un par de libros sobre aquello.

-Es interesante, aunque solo hasta cierto punto –dice M.-, la mayoría te habla del mindfulness, de la estimulación sensorial y cosas así, pero lo cierto es que a fin de cuentas todo se reduce a un diseño… a dibujar lo que escribes, quiero decir, o mientras escribes… y terminas un poco alejándote del significado…

-Entonces –le pregunto-, ¿dejaste de ir al curso?

-No –me dice-. Estoy yendo desde hace un año, prácticamente, y ya me inscribí para el próximo…

-No es tan malo entonces –le digo.

-Claro que no –dice M., alegre-. Alejarse del significado no es tan malo.

jueves, 23 de abril de 2026

Junto a la ventana.



Noté que le gustaba quedarse junto a la ventana y fingir que estaba mirando fuera.

O sea, no sé si fingir en realidad, pero sé que al menos no miraba fuera, mientras parecía hacerlo.

Y es que desde el ángulo en que se ponía, en el instante en que observaba, se veía en realidad un reflejo.

Lo comprobé yo mismo, reemplazándola en el lugar, en una ocasión en que no estuvo.

Luego comprobé, durante varios días, que la posición que tomaba junto a la ventana a esa hora determinada, era la que yo había tomado.

Fue entonces que decidí mostrarle mi descubrimiento.

-Siempre haces lo mismo a esta hora –le dije, y ella no lo negó-. Te paras junto a la ventana y pareces observar fuera, pero desde el ángulo en que estás y con la luz que suele haber en ese momento, solo se ven reflejos... Si quieres intercambiamos y te lo demuestro de inmediato.

-No es necesario intercambiar –me dijo-. Reconozco que es cierto.

Luego de esto nos quedamos en silencio.

Me di cuenta que se lo dije más como un reproche que como una simple observación.

Y que al hablarle usé un tono poco amistoso, asumiendo que ella había querido engañarme.

-Igual les pasa a todos –me dijo-. Uno cree que mira afuera cuando en realidad no es así. Tú mismo ahora, si lo piensas… observando mi comportamiento.

Y claro, yo pensé entonces en lo que decía y debí aceptar que, al menos, parecía ser cierto.

Luego, extrañamente, pensé en usted, como lector, y me prometí buscar una manera neutra y no muy compleja, de poder decírselo.

Conté hasta diez, entonces, y luego le conté esto.

miércoles, 22 de abril de 2026

Un huevo, dijo E.


I.

-Un huevo -dijo E.-. Ya sabes lo que es. Algo que todavía no ha nacido, pero ya está. Y vive.

-Algo que no ha nacido –dijo T., como si intentase recordar-, algo que no ha nacido, pero vive…

-No te estoy educando –dijo E., molesto-. No es necesario que repitas, además lo que intento decir...

-¡Es un feto…! –lo interrumpe T.-, estás hablando de un feto…

-Tampoco es una adivinanza –dice ahora E., con desgano-. Y además un feto es algo distinto… el huevo ya vive de por sí.

-¿De por sí?

-Sí –aclara E.-. Independientemente, quiero decir, vive el huevo... Y de forma casi perfecta, incluso.

-...


II.

No me gusta oír conversaciones, pero no puedo evitarlo.

Intento pensar en otras cosas, concentrarme en la lectura, pero lo cierto es que fracaso…

O sea, lo logro por momentos, pero regreso siempre a la otra conversación.

Así, mientras sigo intentándolo E. y T. siguen hablando sobre cosas distintas, me parece.

Casi siempre, cuando escuchas, sueles percibir que ocurre así.

Un huevo, en este caso, resulta un buen ejemplo, sobre todo por lo que es.

O lo que creemos, habitualmente, que es.

Más allá, ahora, escucho a alguien hablar sobre la carne de burro y no sé por qué.

Al final, simplemente, habría que resumir diciendo que el huevo nunca eclosiona y si pasa suficiente tiempo, se fosiliza.

(No es necesario recordar que se pudre, entre esos dos estados).

Y también, de paso, habría que reconocer que no sabemos, casi nunca, de qué hablan.

martes, 21 de abril de 2026

Los microbios más grandes del mundo.


I.

Leo que en un laboratorio canadiense han conseguido crear los microbios más grandes del mundo.

Tan grandes son que, según se dice, han debido dejar de llamarles microbios y nombrarlos de otra forma.

No se trata de organismos naturalmente visibles al ojo humano, sino que los han modificado para que crezcan y puedan verse –ahora sí-, a simple vista.

Desconozco, por cierto, la utilidad de hacer crecer estos microbios… o como se llamen ahora.

Y desconozco también, si hay un límite, para tales crecimientos.


II.

Creo que el tipo de microbios que mejor respondió al crecimiento artificial, han sido las bacterias.

No todas, por supuesto, sino algunas de tipo espirilos, que han llegado a crecer cerca de ciento quince veces su tamaño.

Observo imágenes de ellas, pero lo cierto es que siguen teniendo las mismas estructuras, que tenían cuando eran más pequeñas.

Dicho esto, debo confesar que todo este asunto de las dimensiones, no me sorprende ni me asombra en lo más mínimo.


III.

De pequeño soñaba que cambiaba dimensiones.

No yo, exclusivamente, sino todo aquello observable que estuviese formado por materia.

Pensaba por ejemplo que, tras despertar un día x, todos podíamos medir kilómetros de más (o de menos), pero como el mundo, los astros y los elementos que utilizamos como unidades de medida también habían crecido, nos era imposible darnos cuenta.

Esto me angustió por un tiempo hasta que asimilé que la angustia –y las emociones en general-, también te afectaban en función de las dimensiones, la perspectiva y la distancia con que te vinculas con ellas.

Por ejemplo, un monitor de cien pulgadas a tres metros de distancia, llena el campo visual de la misma forma como lo hace una pantalla de cincuenta y cinco pulgadas a un metro y medio de distancia.

Es extraño que nadie, prácticamente, se anime a reconocerlo.

lunes, 20 de abril de 2026

Nada le fue negado a la manzana.


I.

Nada le fue negado a la manzana.

No fue advertida de prohibición alguna.

Nació en la rama simplemente y luego maduró.

No eligió la mano que la tomó ni tampoco la llamó de modo alguno.

La mordieron incluso, sin saber por qué.

Cuando cayó, junto a sus restos, todo le pareció parte de sí.

Los observó entonces, sin poder verlos.

Todos esos son ojos, oyó decir.

Todos esos son ojos ciegos, corrigió.


II.

No sabe ya dónde está, la manzana.

No sabe dónde está ella misma, quiero decir.

En la oscuridad y bajo el sol, probablemente, es lo que siente.

Ya dejó de distinguir voces y todo ruido le parece viento.

En todas direcciones, por cierto, percibe al viento.

En un principio se preguntó por qué soplaba, pero ahora ya desistió.

Quienes la mordieron se alejan del lugar

Y tampoco esperan, por cierto, respuesta alguna.


III.

Tal vez hay otra, piensa ahora.

Otra más real, que no soy yo.

Una que no quiera ser ella misma y elija la otredad, después de todo.

La manzana que mordió a la manzana, por ejemplo.

O la manzana que se mordió a sí misma, que no es igual.

Nada le fue negado a la manzana, después de todo, si lo piensas.

Símbolo y signo, al mismo tiempo.

Todos esos son ojos ciegos, repitió.

domingo, 19 de abril de 2026

El ombigo es más grande que el estómago.


I.

Escuché hace unos días un dicho popular coreano que me ha quedado dando vueltas.

El ombligo es más grande que el estómago, era el dicho.

No recuerdo el momento exacto en que lo oí, pero fue durante una conversación banal.

Me refiero a que no hablábamos cosas trascendentales ni nada por el estilo…

Era una conversación cualquiera, simplemente.

De hecho, solo puse atención cuando escuché aquel dicho y no supe siquiera quien lo había dicho, y lo dejé pasar.


II.

Luego de googlear la frase supe que era coreana y sospeché quién la había dicho.

Lo supe pues uno de los que hablaba había vivido durante dos años en Corea.

Eso no tiene importancia, por cierto, pero lo entrego como información.

De igual modo –aclaro-, soy consciente que estos datos a nadie le importan.


III.

El ombligo.

No el ombligo en sí no el concepto es algo que me obsesiona.

No como punto de origen ni como vínculo, sino como símbolo de algo que sé que existe, pero no sé nombrar.

De hecho, pienso que si un día se aclara el origen del universo y el sentido que este sigue, el signo que lo represente será de cierta forma un ombligo.

Y tendremos entonces que ponernos de acuerdo sobre el signo que lo represente.

Solo entonces olvidaremos la barriga o el estómago y veremos que no son importantes.

Que era soporte simplemente, para aquello que los contenía.

En resumen: no anduvieron lejos los coreanos, pero se perdieron, como todos.

¡Encontrarse es tan difícil…!

sábado, 18 de abril de 2026

Por la risa de todos.



Si no hubiese sido por la risa de todos, no sé qué habría pasado.

Y es extraño… siempre pensé que detestaba esa risa, pero al final me sirvió.

O sea, no es que haya comenzado a agradarme, pero su utilidad al menos me mantuvo a flote.

Y me mantuvo vivo, también, mientras la esquivaba.

Mientras esquivaba esas risas, quiero decir.

Fue como esas luces en carreteras peligrosas, indicando los lugares por donde no debía ir.

Así, las risas hicieron la función de esas luces y, por contraste, terminaron señalando un camino.

Uno oscuro, es cierto, y no muy concurrido…

Pero también era uno en el que estabas protegido de esas mismas risas.

A solas, tal vez, pero protegido.

Y eso es lo que cuenta.

Puede que algunos, por supuesto, no le vean gracia a esto.

Y hasta cuestiones o incluso sientan lástima por el camino que uno eligió tomar.

De cualquier modo, no me arrepiento.

Y es que la risa de todos me mantuvo triste, tal vez, pero enfocado.

Y me ayudó a saber quién era yo, y a no engañarme entre los otros.

No es que esto me convierta en alguien mejor, ni único… pero me sirvió para ser yo.

Y para no tener dudas –o no tantas, al menos-, de hacia dónde me dirijo.

Y para qué.

viernes, 17 de abril de 2026

Mientras veía volar los platos.



Yo pensaba en quién tenía la culpa mientras veía volar los platos.

Cada vez que uno se estrellaba, sin embargo, mi pensamiento también se hacía trizas y debía comenzar de nuevo.

Buscaba qué decir, cómo ayudar… o simplemente saber de qué forma debía intervenir y dejar de estar quieto ahí también como un plato.

En vez de eso, mi mente iba de un lado imaginando cosas absurdas.

Por ejemplo, pensaba que, si fuese un plato, sería probablemente uno de cartón, algo grueso.

Y no uno de loza o de plástico.

Sé que no eran pensamientos útiles, pero uno no elige, casi nunca, qué pensar.

Ni qué sentir, dicho sea de paso.

Mientras observaba, veía estrellarse platos que ni siquiera reconocía.

Algo en todo esto es falso, recuerdo haber pensado.

No es que se tratase de platos de utilería, pues se estrellaban y rompían como platos reales, pero la forma en que se esparcían sus fragmentos, la forma en que los trozos pasaban junto a mí, sin herirme… todo eso me confundió de tal manera que me alejó de la búsqueda de la culpa y caí en la desconfianza.

Fue entonces que, según recuerdo, se produjo una pausa.

Casi un final, es cierto, pero esencialmente era una pausa.

Y yo aproveché ese momento para evaluar lo que ocurría.

Miré el lugar.

Analicé la situación.

Arrojó todos los platos menos el suyo, me dije.

Eso es trampa.

No sé cómo, pero mis pensamientos se escucharon y fue entonces que la situación se transformó de golpe en un final.

Yo limpio, dije, en vez de decir otra cosa.

Y eso hice.

jueves, 16 de abril de 2026

Llamadas.


I.

Generalmente no contesto el teléfono.

Lo tengo sin sonido ni vibración así que, por lo general, ni siquiera me doy cuenta.

Por otro lado, como no tengo contactos agregados, aunque mire la pantalla no sé nunca quién me llama.

Y hago lo posible por no mirar el número, por si lo reconozco, aunque no quiera.


II.

Igual a veces, cuando insisten y llaman varias veces, termino contestando y espero en silencio a que me hablen.

Ahora que lo pienso, no sé si es contestar eso que hago, pero la forma de nombrarlo da lo mismo.

La mayoría de las veces, por cierto, nadie habla.

Se quedan en silencio también del otro lado y cinco o seis segundos después la llamada está finalizada.

Esto es un alivio porque he descubierto que luego de aquello dejan de insistir.

Y el teléfono descansa, entonces, recordando que solo es un objeto.


III.

Hay unas llamadas, sin embargo, que se han hecho un poco extrañas.

Yo contesto, guardo silencio, pero a pesar que del otro lado tampoco hablan, no cortan en ningún momento.

Apenas ruidos de fondo, se escuchan, si uno pone atención.

Como una especie de chicharreo, movimientos pequeños o alguien que voltea páginas.

Han llegado a durar horas, ciertamente, estas llamadas.

Tal vez también esté yo al otro lado, pienso entonces, mientras volteo mis propias páginas.

Y tal vez tenga algo importante que decirme.

miércoles, 15 de abril de 2026

Dos pingüinos tomando el sol.



No los vi, pero es cierto. Dos pingüinos tomando el sol. Uno tendido y el otro de pie a un costado, como si esperase para echarle bronceador. Sudando, bajo el sol, los pingüinos. Casi iguales. Si alguien viese a uno primero y luego al otro, podría incluso pensar que son el mismo. Igualmente, les digo, no lo son. O no más que usted y yo, ya que estamos. Pueden creerme. Aunque claro, también pueden no hacerlo, si lo desean. Con todo, creer o no creer no obedece siempre a voluntades. Lo descubrirán con el tiempo y entonces creerán, aunque no crean ahora poder hacerlo. Siempre ocurre así, después de todo. No es extraño.

Algunos no me creen, porque no los vi. O me creen, tal vez, pero se niegan a aceptarlo. Como si yo no pudiese mentir y decir que los vi para hacer que me crean. Me piden fotos, grabaciones o al menos algún tipo de registro. Yo en cambio les ofrezco otros testigos (que no tengo), pero ellos lo desestiman de inmediato. Creen que pueden engañarlos, supongo. Y dan por hecho, por supuesto, que me engañaron a mí. Esto último no me afecta, por cierto, pero lo siento injusto por los pingüinos esos, bajo el sol. Porque los ponen en duda y les niegan la posibilidad de tener una historia verdadera. Ni deseos ni hechos que parezcan distantes o los alejen de aquello que creen que son.

¡Pobres pingüinos…!

¡Y pobres también todos nosotros…!

martes, 14 de abril de 2026

Imágenes de un monje.


En un documental muestran a un monje manco que vive a gran altura, en el Himalaya. Lo filman desde lejos incluso, porque al parecer no tiene contacto directo con nadie, ni siquiera por carta o gestos a distancia. Hablan un poco de él, de su importancia y de cómo es el único que vive en las ruinas de un templo abandonado y semiderruido, desde hace casi dos décadas. El documental no es, por cierto, sobre ese monje, pero durante seis o siete minutos han hablado de él y han mostrado imágenes tomadas con un dron inclusive, que ha sobrevolado el lugar donde vive…

-Ese monje es falso –dice alguien que está junto a mí viendo el documental-. Ponle pausa.

Yo tomo el control remoto y eso hago.

-Mira, fíjate… -dice apuntando a la cabeza del monje, que se ve en pantalla-. Todo es mentira… Ese monje no puede afeitarse la cabeza por sí solo.

Yo lo observo.

-¿Qué ves? –me pregunta

-Un monje –digo yo. Luego intento ser más preciso-. Un monje que además de manco, tiene la cabeza rapada a la perfección.

-¿Algo más? -insiste

-Probablemente una mentira –digo, para agradar-. Algo que no es confiable, es lo que veo.

-Exacto –me dice.

Volvemos entonces a mirar las imágenes del monje.

Luego las imágenes se acaban.

No sabemos, ahora, qué mirar.

lunes, 13 de abril de 2026

Después que me ducho me lleno de hormigas.


“Pero ahora resulta que no,
que mi atención no está en lo que tengo
delante de mis ojos”
N. R. B.

I.

Después que me ducho me lleno de hormigas.

O sea, no sé si me lleno después, pero al menos es entonces cuando me percato.

No son muchas, pero las siento por mi cuerpo.

Y claro, no es solo una sensación, pues luego las descubro.

Algunas por los brazos, otra en un pie, alguna por el cuello o trepando por una de las piernas.

Intento explicármelo, pero solo consigo hipótesis absurdas.

Tal vez se esconden en mis poros, me digo, y con el calor del agua esos poros se dilatan, y es entonces cuando ellas salen a la superficie.

Y es extraño, pero cuando lo pienso de esa forma, entiendo que yo soy la superficie.

O que lo es mi piel, al menos.

En este sentido, no sería tan aventurado asumir que soy una especie de hormiguero.

Pero claro… ¿hay alguien que sepa lo que es?


II.

Resulta que no.

Casi todas las preguntas debiesen responderse con un no.

Y es que lo que se afirma, o se entiende por verdadero, no debiese siquiera ser preguntado.

Tus ojos lo ven, de hecho, ahí delante.

No estás atento, probablemente, pero lo ves.

Igual que a las hormigas por la piel, luego que terminas de ducharte.

Y así, de pronto, ya no sabes.

Si hacia fuera o hacia dentro miran los ojos, o la piel.

Una vez, solamente, dijiste la verdad y no supiste qué decías ni a quién.

Y es extraño…

Mi atención no está en lo que tengo, delante de mis ojos.

Además, si te fijas, creo que ya sabes dónde está.

domingo, 12 de abril de 2026

Bengalas.



Su panorama en ese tiempo era bien sencillo. Se trataba de salir en las noches, alejarse de todos y tirar bengalas. No fuegos artificiales, como los narcos de ahora, sino bengalas de esas que tienen los barcos. De salvataje, creo que las llaman. Él dice que tenía cientos de ellas que se había robado de una bodega, en el puerto. Miles, tal vez. Y que durante dos o tres noches cada semana llevaba alguna a un sector alto, desde el cual hubiese más probabilidad que alguien la viese.

-¿Y qué hacías entonces? –le pregunto.

-Nada en especial –me contesta-. Simplemente encendía la bengala y la elevaba al cielo, como decían las instrucciones. Luego me quedaba ahí un buen rato…

Como no entiendo para qué se quedaba, se lo pregunto, y él me cuenta que en principio pensó que llegaría alguien, aunque con el paso del tiempo comprendió que no.

-Como se supone que era señales de auxilio –me dice-, yo esperaba que alguien viniese… Pero lo cierto es que las tiré como por tres o cuatro años y nunca vino nadie.

-¿Me lo cuentas para dar una lección? –le pregunto.

-Para nada –me dice, riendo-. Aunque si quieres tómalo así y si encuentras esa lección dime luego qué enseña…

-De acuerdo –digo yo.

Luego caminamos un rato más hasta que yo decido volver a casa.

-¿No le quedaron bengalas? –le pregunto, mientras me despido.

Él me mira, como si dudase en responder.

-Lo cierto es que guardé una –me dijo-. Pero fuese hace tantos años que hasta dudo si encienda.

Yo asiento, sin más.

No volvimos a hablar del tema.

sábado, 11 de abril de 2026

Una foto con un cocodrilo.



-También había otras actividades extrañas –me dijo-. Por ejemplo, en el último parque al que fuimos, te cobraban treinta dólares por sacarte una foto metiendo la cabeza en las fauces de un cocodrilo…

-¿Cómo…?

-Tal como suena. Como la foto con los delfines, pero esta era más extrema. Un cocodrilo abría el hocico, tú metías la cabeza dentro y te sacaban una foto… Igual tenían unos hombres cerca, por para dirigir al cocodrilo y por si había alguna emergencia, pero al momento de la foto eras solo tú y el cocodrilo, nada más…

-¿Y te tomaste esa foto? –pregunté.

-Sí… -me dijo-. O sea, dudé un poco y salgo con cara de asustado así que probablemente perdí el dinero… Pero sí, me la saqué… y hasta tuve que firmar una nota asumiendo riesgos, antes de meter la cabeza en el cocodrilo.

-Pero ¿era un cocodrilo real, sano…?

-Supongo que sí… yo lo veía así, al menos, y cuando tuve la cabeza en sus fauces podía oler lo que había comido… aunque intenté no hacerlo, claro, porque daba asco...

-¿Y aprovechaste de mirar dentro del cocodrilo?

-¿Dentro del cocodrilo?

-Claro, hacia su interior, para ver si se veía algo, o si era de verdad…

-¿Y qué vas a ver dentro del cocodrilo…?

-Pues no sé –dije-, tal vez… el interior de un cocodrilo…

-¿El interior de un cocodrilo?

-Sí.

-¿Y qué significa eso?

-Pues eso, simplemente… el interior… el interior de un hombre, el interior de las cosas, el interior de un cocodrilo… ya sabes…

-¿Y a quién puede interesarle el interior?

Lo pensé un poco antes de responder.

-Es cierto –le dije, aceptando mi derrota-. Supongo que no le interesa a nadie.

viernes, 10 de abril de 2026

Cuando se corta una cuerda.


Piensa en la guitarra. No en ella como objeto, en todo caso, sino en cómo de pronto se le cortan las cuerdas. Sin previo aviso, me refiero. Simplemente un corte y ya está. Un chasquido fuerte y de un momento a otro no parece lo que fue. Y no es solo cuestión de apariencia o algo superficial, sino que ya es imposible con ella producir alguna armonía. En eso se convierte entonces… dos extremos de algo, distantes, irreparables… colgando desde dos extremos lejanos. Y claro, ni siquiera juntando esos extremos parece que alguna vez hubiese sido solo una. Y no es que añores, en principio, es que el chasquido y el corte también a veces produce daño. La misma cuerda al cortarse te golpea y te miras la piel donde golpeó para identificar el rostro del daño. Y sí, hay una marca, pero el dolor en realidad lo sientes en otro sitio. Uno al que no quieres acercarse pues te rememora otra angustia. Otra pérdida que también golpeó en otro momento. Y ahora es peor, pero no dices. Te callas porque es algo natural. Porque ahora eres grande y sabes que el dolor es algo natural y la pérdida y los alejamientos y además el derecho del otro. A equivocarse. A intentar. A amar como le salga. Se corta una cuerda. Se muere un padre. Se va un hijo. Y cada dolor encaja en principio en la huella del otro. Alguien debiese comprenderlo y observarte. Y observar también los dos extremos. Recordarlos juntos, en la memoria, para que no desaparezcan. Esa cuerda. Esa música. Eso que se construye junto a otro y que de pronto se abandona para construir algo más. Que valga la pena, te dices. Y le dices a él, mirándolo en la cuna que no está. Aferrándote a él, en los recuerdos, para poder soltarlo. En la huella que dejamos sobre el pasto cuando corríamos antaño. Mientras crecías. Mientras me regalabas ese tiempo y yo a ti.

jueves, 9 de abril de 2026

Leyó varias veces Prometeo, de pequeña.



I.

Leyó varias veces Prometeo, de pequeña.

Prometeo encadenado, me refiero, la obra clásica.

Según ella, le gustaba la sensación de rememorar con palabras, la situación del titán encadenado.

Además, les gustaban los diálogos que trascendían el presente de la acción.

Ya sea hacia el pasado o en proyecciones futuras.

También, le apasionaba leer las descripciones del castigo.

Solo para imaginarlas, en principio, aunque con el tiempo también las dibujó.

Dos cuadernos con bocetos, llegó a completar, sin quedar conforme.

Pensó incluso, me contó una vez, de arrojarlos al fuego.


II.

Ella me habla del porqué del fuego.

No la entiendo en principio y hasta pienso que pregunta, pero al final comprendo que está dando una propuesta.

No se trata de Prometeo ni de su historia, ni sobre algunos versos del coro de ninfas, me aclara.

Se trata del porqué del fuego, afirma.

Y yo, desde entonces, espero que diga algo más, pero no lo hace.


III.

Dejó de leer Prometeo encadenado cuando dejó de ser pequeña, según entiendo.

De igual modo, si se esfuerza, puede recordarlo casi por completo.

Una vez, por ejemplo, recitó de memoria el diálogo de Prometeo con Hermes, cuando este último lo visita por órdenes de Zeus.

Lo hizo con tanta vehemencia que terminó provocando una pelea entre los que la escucharon hablar.

Yo mismo, de hecho, me vi involucrado.

Así, como el asunto no fue agradable y trajo consecuencias, terminé alejándome de Esquilo.

Espero, sinceramente, que no me perjudique de otra forma.

miércoles, 8 de abril de 2026

Amplificar capacidades.


I.

-A veces –me dijo-, me concentro que tanto que puedo amplificar mis capacidades.

-¿Amplificar tus capacidades?

-Sí, potenciarlas, agrandarlas, incrementarlas…

-Sé lo que significa amplificar.

-¿Y entonces…? ¿Cuál es la duda?

-¿De qué capacidades estás hablando…?

-De cualquiera, pero si quieres piensa en las básicas.

-¿Las básicas? ¿Y cuáles serían esas?

-No sé… las que tenemos todos, o la mayoría al menos, de forma innata.

-¿Como por ejemplo…?

-Como por ejemplo… no sé… observar.

-¿Observar?

-Sí, mirar, contemplar, examinar…

-Sé lo que significa observar.

-Bueno, pues eso entonces… si me concentro puedo amplificar y fortalecer la observación común.

-Demuéstralo –dije.


II.

Él accedió a demostrarlo, pero me pidió en cambio que guardase silencio.

Luego lo vi concentrarse fijando la vista en un punto único, del lugar.

-¿Puedes verlos? –dijo entonces, apuntando una región en la superficie de la mesa.

Yo miré donde indicaba, pero no veía nada.

-¿Qué son? –le pregunte.

-Microbios –me dijo.

Yo seguía sin verlos.

-Esos microbios son ahora tan grandes que habría que llamarlos de otra forma –agregó-. Si te concentras, de seguro puedes verlos.


III.

Probablemente le creí.

Lo digo porque recuerdo haber intentado un largo rato concentrarme para descubrir a esos microbios.

No lo logré, por supuesto.

De igual forma, para probar la respuesta de aquel tipo, le dije que había encontrado algunos y me inventé una descripción detallada.

-Mientes –dijo, luego de concentrarse en mis palabras-. Y lo haces desde antes de describir esos microbios.

-¿A qué te refieres con antes? -le pregunté.

-A que lo haces desde un momento anterior, previo, precedente…

-Sé lo que significa antes –interrumpí.

-No –me dijo-. A veces no sabes. Y ahí está el problema.

martes, 7 de abril de 2026

Buscando cómo decirlo.



Estuve buscando largamente cómo decirlo y al final lo encontré.

No en un lugar escondido o de difícil acceso, sino en la superficie de algo que moví incansablemente de un lado a otro, mientras buscaba.

Y claro, una vez encontrado, esto fue lo que dije:

“En mi cabeza existe algo similar a los cuatro estómagos de una vaca”.

Tras decirlo, guardé silencio un rato, mientras el eco de lo dicho se transformaba en pensamiento.

No es una gran máxima, pensé.

Tampoco se explica por sí sola, pero a mí me sirve, al menos.

Sí… me sirve para entender el proceso, dije.

Por ejemplo, me sirve para saber qué ocurre luego de rumiar las palabras antes que ingresen a la cabeza, más deshechas.

Todo eso me dije, digamos, como explicación del proceso previo antes de llegar a los cuatro estómagos que había en mi cabeza.

Y es que una vez ahí, debo reconocer que no puedo evitar utilizarlos.

Entonces, ocurre simplemente que las ideas van de un estómago a otro.

No grandes ideas, necesariamente y tampoco a gran velocidad.

Pero al menos soy lo suficientemente consciente para percibir su traslado y cada uno de sus pequeños cambios.

Es como presenciar un malabarismo lento, observé.

O un espectáculo sin gracia alguna, más que la misma deglución.

Hecha mi observación, por cierto, me tendí un rato.

Tenía una leve sensación de falta de precisión.

Para evitarla, cerré los ojos e intenté percibir ahora un pensamiento nuevo.

Un trozo de hierba desligado de otra, digamos.

O algo así.

lunes, 6 de abril de 2026

El peor golfista del mundo.



Al principio me pareció chistoso, o parte de una broma.

Luego, sin embargo, debo admitir que lo admiré sin reparos.

Se trataba del peor golfista del mundo, según lo documentaba incluso los records Guinness.

Era el peor golfista del mundo y estaba ahí, bebiendo con nosotros e intentando mantener una conversación fluida en un español que él estaba aprendiendo desde hacía años, aunque sin alcanzar –todavía-, un éxito destacado.

A partir de lo que dijo comprendí que su última –y única- participación en un torneo oficial, había sido fruto de una invitación que tuvo hacía cuatro años, en un torneo de la LIV Golf League, en Arabia Saudita, justamente luego de haber salido en tv por tener el récord Guinness.

Lo habían invitado como un personaje freak, me explicó un amigo que era parte del grupo, como una especie de maniobra publicitaria que les terminó ocasionando problemas.

-No podía avanzar torneo porque tenían que esperar –nos dijo el peor golfista del mundo-. Reglas de problemas. Torneo en espera dos días para que yo completase un juego. Al final echó de mal forma y abogado de mí demandó y ganamos veinte.

-¿Veinte qué? –pregunté.

-Veinte millones –nos dijo-. De dólares. Treintaiséis real, pero impuestos. Y abogado.

Y claro, fue entonces que percibí que los otros empezaron a admirarlo y a pedir tragos más caros, directamente, bromeando sobre que él debía pagar la cuenta.

Él se veía alegre, pero se notaba que no le interesaba hablar de golf ni de su récord ni de dinero.

A mí por ejemplo, me pidió el libro que llevaba en la mano, para ver de qué trataba. Y lo estuvo hojeando un buen rato.

Era una novela gráfica de Daniel Clowes, según recuerdo.

Mientras la veía, yo lo observaba y pensaba que ser el peor golfista del mundo era de cierta forma un reconocimiento a la constancia. Y que la posible vergüenza de ser el peor en ese ámbito se compensa con ser el más tenaz y persistente en su trabajo.

Su récord documentado, por cierto, era de 49.094 golpes en 118 días para completar los dieciocho hoyos de un circuito de golf en Canadá. Un promedio de más de 416 golpes por cada hoyo logrado.

-Yo ya leer esto –me dijo de pronto devolviéndome el libro-. Antes de ser yo, yo antes leer esto.

-Entiendo –le dije.

Me lo devolvió con cuidado y luego habló un poco más con los otros, antes de irse.

Antes de hacerlo, pagó su consumo, pero no el de nosotros.

Afortunadamente, yo solo había pedido dos cervezas.

domingo, 5 de abril de 2026

En esa zona el cielo está nublado siempre.



En esa zona el cielo está nublado siempre.

No exagero.

Viví ahí cerca de tres años y no recuerdo más de dos o tres veces que en la noche pude ver estrellas y de día se vio el sol.

No es que no llegase luz, por supuesto, pero llegaba siempre a través de las nubes, ya filtrada.

Puede no ser algo grave, es cierto, pero como yo venía de otro sitio, eso me pareció poco natural.

Así, inquieto, poco a poco descubrí que aquello me incomodaba.

Y hasta me angustiaba, por momentos.

Una vez se lo conté a unos lugareños, con quienes tenía más confianza.

Era una familia pequeña, liderada por una abuela muy mayor, que siempre estaba tomando mate.

Esa vez, la abuela pidió que me sirvieran uno y luego, apuntando tras una ventana, dijo que más allá de unos cerros, podía verse un faro.

No dijo nada más, pero yo entendí que me recomendaba ir y observarlo.

Eso hice, a la siguiente noche.

Estaba a dos horas de camino y el recorrido no era fácil.

Cuando llegué, sin embargo, me pareció que todo había valido la pena.

El faro brillaba en la distancia y si bien no era un astro natural, me pareció un buen sucedáneo.

Algo se calmó en mí cuando lo vi.

Y me ayudó a situarme, de cierta forma, como si fuese un barco.

Fui a ese lugar varias noches, desde entonces.

A veces, cuando la lluvia y el frío lo permitían, llevé mi carpa y mi saco de dormir y me quedé ahí durante un par de días.

Fue un buen periodo, después de todo, ahora que lo pienso.

Cuando me fui de aquella zona, por cierto, la abuela seguía viva y el faro seguía funcionando.

Quiero pensar, que esas luces todavía, siguen ahí.

sábado, 4 de abril de 2026

El lago del monstruo.



Lo que pasa es que no abandonas tus ideas y después te quejas y no entiendes. Yo no te hablo del monstruo del lago. O del supuesto monstruo del lago, más bien. De ese monstruo y de esas cosas hablan todos, menos yo. Lo buscan, lo sueñan, lo imaginan y algunos hasta creen que lo graban y fotografían. Pura mierda, al final. Pero entiende: de eso yo no hablo. Lo que yo te digo que imagines es el lago del monstruo. No rechaces la idea, solo recíbela, por mientras. El lago del monstruo, repite, sin pensar. De paso, elimina toda racionalización que busque acomodar esta idea. Y es que no se trata de un lago que pertenezca a ese monstruo. No un lago ajeno a él, quiero decir. No un lago geográfico, situado en el mundo que habitamos... Yo te hablo de un lago que es parte del monstruo mismo. No sé si como un órgano del cuerpo o como algo espiritual, eso ya puedes decidirlo tú. A mí me interesa que lo aceptes, primero. Que sepas que existe. No solo el monstruo sino el lago del monstruo. Esa porción de agua que vive también dentro de él y que sirve para recordar que no toda parte del monstruo es el monstruo mismo. Y que hay algo en él que puedes contemplar con tranquilidad. Algo profundo, incluso, que está ahí también para nosotros. Para dejar de temer cuando vemos ese monstruo y queremos lavar nuestras manos y ojos para ver después más claro. Más limpio. El lago del monstruo, acuérdate. Para eso está.

viernes, 3 de abril de 2026

Escondido.


I.

Dicen que viajó a esa zona para esconderse.

Nunca dijeron de qué.

Yo que lo vi varias veces pensaba que era cierto.

Es decir, yo pensaba que se estaba escondiendo.

Un día se lo dije y le pedí confirmación.

¿Confirmación de qué?, me preguntó.

Confirmación de que te estás escondiendo, le contesté.

Él quedó en silencio un buen rato.

Luego me miró a los ojos, como si quisiera intimidarme.

Todos nos estamos escondiendo, me dijo, muy seguro, como si fuese una verdad.

¿Y de qué te estás escondiendo tú?, le pregunté.

Todos nos escondemos de lo mismo, me contestó, mientras se volteaba.

Entonces, aunque sin creerle del todo, comencé a reflexionar sobre qué era aquello a lo que todos le temíamos.

Y claro, no conseguí dar con cosa alguna.


II.

Él vivía en una cabaña que estaba junto a un arroyo.

Ahora permanecía solo, pero hasta hace un par de años vivía con una joven que aparentemente era su hija.

No es que yo pensase que no lo era, pero me limito a repetir lo que expresaban en el lugar.

Lo que más comentaban era que la chica –una adolescente en ese entonces-, no se le parecía en nada.

Tiempo después, cuando no la volvieron a ver y él contó que ella había viajado para estudiar en la ciudad, varios pensaron que incluso podía haberla asesinado.

Por lo mismo, alguno de ellos llamó a la policía, quienes tres o cuatro semanas después, llegaron al lugar.


III.

Los policías encontraron al hombre en los alrededores de la cabaña y le preguntaron entre otras cosas, por qué estaba ahí.

El hombre lo pensó largo rato, pero no se le ocurría qué decir.

Después de todo, estaba ahí únicamente porque no estaba en otro sitio, pensó.

-¿Huye de algo?-, le preguntaron.

-Tal vez –contestó el estudiante-. Pero no es por algo malo que haya hecho.

Uno de los policías intentó anotar el hecho, pero no logró hacerlo.

-Me sigue a mí como seguiría a otro –intentó aclarar el hombre.

-Ya –dijo el policía.

Finalmente, le entregaron una orden para presentarse a declarar.


IV.

La declaración del hombre fue breve pues cuando llegó a hacerla ya habían encontrado a la chica.

No estaba estudiando, como había dicho, pero al menos se encontraba viva y trabajaba en una tienda de vestuario.

Por lo mismo, al hombre solo le hicieron preguntas que ayudasen a verificar sus datos personales.

Luego de esto, el hombre volvió a vivir en su cabaña, cerca del arroyo.

Seis años después, aproximadamente, el arroyo se secó.

Y la historia de ese hombre, casi al mismo tiempo, se detuvo.

jueves, 2 de abril de 2026

Así nacen los monumentos.


Soñó que le hacían un monumento. Él veía la construcción, mientras avanzaba, pero entonces no sabía que se trataba de un monumento en honor a él. En la parte superior de la construcción había una estatua que lo representaba, y abajo, una pequeña escalinata, como si hubiese que subir por ella para pedir algún favor o dar las gracias por algún milagro. Así, solo cuando estuvo terminado y subió una mañana hasta el lugar, notó que la figura de la estatua lo representaba. De cualquier modo, no estuvo seguro hasta que leyó la inscripción y encontró su nombre. Sin leyenda alguna, por cierto, solo su nombre, en una placa de bronce. Así que soy yo, se dijo, mientras observaba la figura. Notó entonces que, desde cierto ángulo, parecía que la escultura también lo miraba. Tal vez mi yo rígido está teniendo mis mismos pensamientos, pensó. De hecho, si es así, puede que ahora piense que yo estoy pensando lo mismo que él, se dijo. Para alejarse de estos bucles, prefirió mirar el entorno. Entonces, descubrió que habían unas piezas valiosas en el lugar. Ciertos adornos que estaban junto a la estatua, en específico. Es más o menos como en El príncipe feliz, se dijo, mientras arrancaba una piedra que parecía un diamante y se dedicaba a observarla. Tras esto, comprendió que a diferencia del Príncipe Feliz, él no sentía necesidad de enviarle nada a nadie. Es decir, podría hacerlo, sin duda, pero sentía que nadie, en el fondo, se las merecía. Así y todo, fue tomando todo lo que encontró de valor en aquel lugar, y lo fue guardando en sus bolsillos. Igual si me pillan, se dijo, les mostraré que el monumento es mío, y que es lógico que piense que puedo disponer de esas cosas. Terminado esto, por cierto, bajó las escalinatas, intentando esconder lo que llevaba. Tal vez por el peso de las cosas, se sentía un tanto más rígido mientras bajaba. Cansado y rígido, para ser exacto. Por esto, tal vez, se vio obligado a descansar un momento. Respiró hondo. Exhaló. Luego se quedó quieto. Así nacen los monumentos, se dijo. No agregó -que yo sepa, al menos-, nada más.

miércoles, 1 de abril de 2026

Perder una bufanda.



I.

Perdí una bufanda una vez.

No importa cómo.

Lo que sí importa es que regresé a buscarla y descubrí que la tenía una puesta una chica.

Se le veía bien y la chica parecía feliz de haberla encontrado.

De hecho, me pareció que le estaba mostrando la bufanda a otra chica que estaba en el lugar.

Por lo mismo, decidí dejársela y dar la bufanda por perdida, simplemente.

Ya no me pertenece, pensé.

Y me fui del lugar.


II.

Esa vez, mientras me alejaba, comencé a pensar que yo nunca encontraba nada.

Me esforcé y revisé en mi memoria, pero no recordé ninguna situación en que hubiese encontrado algo.

Bueno, una vez en realidad, encontré una granada de mano.

Estaba en las cercanías de un refugio abandonado, en un cerro cerca de Iquique.

Cuando comprendí lo que era la arrojé de inmediato lejos de mí.

No recuerdo si explotó.


III.

Me quedé pensando en lo que escribí antes.

Y debo admitir que de seguro recordaría si la granada explotó.

Es decir, si no lo recuerdo, es bastante probable que la granada no haya explotado de modo alguno.

Asimismo, cuando recuerdo lo de mi bufanda, he comenzado a dudar si realmente tenía alguna.

Y es que tampoco recuerdo en lo absoluto haber comprado alguna o que alguien me la haya regalado.

¡Debo haber andado buscando otra cosa…!, me digo entonces.

O buscando qué buscar, al menos.

Eso es siempre –o casi siempre-, lo que ocurre.

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