I.
Nada le fue negado a la manzana.
No fue advertida de prohibición alguna.
Nació en la rama simplemente y luego maduró.
No eligió la mano que la tomó ni tampoco la llamó de modo alguno.
La mordieron incluso, sin saber por qué.
Cuando cayó, junto a sus restos, todo le pareció parte de sí.
Los observó entonces, sin poder verlos.
Todos esos son ojos, oyó decir.
Todos esos son ojos ciegos, corrigió.
II.
No sabe ya dónde está, la manzana.
No sabe dónde está ella misma, quiero decir.
En la oscuridad y bajo el sol, probablemente, es lo que siente.
Ya dejó de distinguir voces y todo ruido le parece viento.
En todas direcciones, por cierto, percibe al viento.
En un principio se preguntó por qué soplaba, pero ahora ya desistió.
Quienes la mordieron se alejan del lugar
Y tampoco esperan, por cierto, respuesta alguna.
III.
Tal vez hay otra, piensa ahora.
Otra más real, que no soy yo.
Una que no quiera ser ella misma y elija la otredad, después de todo.
La manzana que mordió a la manzana, por ejemplo.
O la manzana que se mordió a sí misma, que no es igual.
Nada le fue negado a la manzana, después de todo, si lo piensas.
Símbolo y signo, al mismo tiempo.
Todos esos son ojos ciegos, repitió.
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