Lo que creo, no lo que sé.
Lo que sé es poquito.
Una vez logré escribirlo y fue apenas como un haikú.
Uno breve, además, y que se borró de inmediato, como el estornudo de un niño.
¿Pueden recordar ustedes cómo es el estornudo de un niño?
Yo a veces creo que puedo, pero luego lo intento y comprendo que no.
Y entiendo entonces que desde aquella vez en que logré escribir eso poquito que sabía, ya ni siquiera sé eso.
No sé escribirlo otra vez, quiero decir.
Ni sé leerlo.
Y por eso, en definitiva, lo que hoy llevo conmigo es lo que creo.
No lo que sé.
Ese poquito se dijo una vez y ya no está.
No es que lo lamente, en todo caso, simplemente lo menciono como un hecho.
O lo siento, más bien, como un hecho.
Un hecho que ni siquiera pesa, pues no creo llevar, sobre mí, peso alguno.
Es extraño decirlo así...
Sin duda es extraño, pero a la vez es cierto.
Te quedas con lo que creas y lo que sabes te abandona y dejas, de cierta forma, de saberlo.
No es que dudes de aquello, pero lo dejas ir.
Y aligeras tu peso.
Además, descubres entonces que creer es algo que ni siquiera se carga.
La creencia eres tú, en el fondo, te comprendes.
Basta y sobra con eso.
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