martes, 30 de junio de 2026

Una imagen. Una voz. Un recuerdo.


I.

Recuerdo una imagen de un poema de Tor Ulven:

Dos televisores de esos antiguos, uno frente a otro, encendidos, nevando en sus pantallas, ya fuera de transmisión.



II.

Sí.

Creo que esa es la imagen.

O más o menos esa.

Tal vez deba sumar el ruido de los televisores.

Uno frente al otro, también, el ruido.

Nada antes (que recuerde).

Y nada después.


III.

No una imagen recuerdo ahora, pero sí una voz.

La voz de Hilda Doolitle.

Una voz que, tras ver caer una pera,
pide al dios del vergel, librarnos de la hermosura.

“Líbranos de la belleza
de los árboles frutales”, creo que dice.

Incluso intenta negociar con el dios ese.

No le resulta, al parecer.


IV.

La imagen y la voz, por cierto, se reúnen en otro recuerdo.

Uno propio esta vez y con menos gracia.

Se trata de un árbol que yo creía ver, de pequeño,
al apagar el televisor.

Quiero decir que se apagaba la pantalla y yo creía ver,
por unos segundos, un árbol en ella.

No sé decir cómo era, pero cuando me preguntaron esa vez,
dije que era un árbol de frutos,
pero sin frutos.


V.

Queremos vivir como árboles,
escribió una vez, Adrienne Rich.

Nadie nos ha imaginado.

lunes, 29 de junio de 2026

Me gustan las orejas porque no se ponen tristes.


Me gustan las orejas porque no se ponen tristes, me dijo. Ni alegres ni tristes, en realidad. Míralas. No son como los ojos que se ponen acuosos y se llenan de lágrimas. Las orejas permanecen ahí, imperturbables ante triunfos y derrotas. Dignas e indiferentes. Compáralas con la boca, por ejemplo. Ese agujero ridículo y poblado de dientes. Ese pozo que ante la más mínima emoción se gira y transforma en mueca. Y que se abre incluso para dejar pasar al grito… ¡Qué vergüenza tener boca…! Pero en cambio, las orejas… ¡Divinas orejas…! ¡Divinas y sensatas orejas! No debí decir "míralas" hace un rato, sino ADMÍRALAS. Siempre ahí, enhiestas hasta cierto punto. Incapaces de no ser lo que son. Diseñadas con detalle. Hechas para durar. Sin huesos que se quiebren. Sin músculo, incluso. Cartílago y piel como debe ser. Del mismo material que debe estar hecho el cuerpo de Dios. Sí, porque está claro… Dios ha de ser esencialmente cartílago. Si pretende sobrevivir a la humanidad, al menos, ha de ser cartílago. Estar fabricado en eso, quiero decir. O autofabricado, más bien. Con una mínima irrigación sanguínea. Fiel a su forma original. Elástico, firme y prácticamente inmune al dolor. Sí… Dios debe ser la oreja mayor. Ni boca ni nariz ni ojo, sino la oreja esencial, primigenia. Y como tal puede permanecer imperturbable ante lo que ocurra en el universo. Ni benefactor ni destructor. Ni estricto ni condescendiente… Una oreja, sin más... Ya sabes.

domingo, 28 de junio de 2026

Ellos y nosotros.


Todos decían que, en una casa abandonada, más allá de la colina, habitaban varios fantasmas.

Según contaban, podías incluso verlos a través de las ventanas, haciendo “vida de familia”, como si lo más natural fuese ser espectros.

Se sentaban a la mesa, charlaban, simulaban comer algo, jugaban cartas…

Parecían, en definitiva, pasársela bien.

Solo se diferenciaban de los verdaderamente vivos porque podías ver a través de sus cuerpos, y porque de vez en cuando traspasaban una pared o se elevaban un poco más de la cuenta, despegándose del piso.

Y claro, por las acciones que realizaban podías adivinar que pertenecían a otra época, pues no veías entre ellos a nadie usando celular y se relacionaban entre ellos de una manera más seria y formal, en comparación a lo que acostumbramos ver en nuestro tiempo.

Todo esto me lo contaron, en principio, pero una noche decidí asomarme al lugar y lo cierto es que yo mismo pude comprobarlo.

Parecían ser una familia común, pero de fantasmas.

Cuatro adultos y dos niños, fue lo que conté.

-De pronto puedo ir a escondidas hasta allá y asustarlos –les dije a los amigos con los que había ido-. Después de todo con ellos debe funcionar al revés… Y así como a nosotros nos asustan ellos, estoy seguro que ellos deben espantarse de nosotros.

Mis amigos aceptaron mi lógica y me impulsaron a ir de inmediato. Tal vez se dieron cuenta que lo había dicho simplemente por alardear y quisieron castigarme respaldando mi idea.

Poco después, me encontré abriendo la puerta de la casa donde vivían los fantasmas, con una antorcha encendida en una mano.

Mi intención era gritar una vez dentro, pero cuando estuve frente a ellos simplemente me paralicé, mientras los veía huir despavoridos en todas direcciones.

-¡Eso es…! –escuchaba a mis amigos gritar desde el exterior-. ¡Los asustaste…!

Minutos después, cuando recuperé la compostura y salí de aquella casa, lo cierto es que me sentí un poco culpable.

Después de todo, la noche estaba helada y parecía que pronto iba a llover.

Ojalá regresen pronto, recuerdo que pensaba cuando me dirigía a casa.

Ellos también, me dije, merecen un hogar.

sábado, 27 de junio de 2026

Ni para media historia.


I.

Me cuentan que a un amigo lo balearon en un pie.

Fue un accidente al parecer, mientras un conocido manipulaba un arma.

La bala rompió varios de sus huesos y provocó que le extirparan dos dedos de ese pie.

Creo que fueron los dos más pequeños.

Todo esto me lo cuenta otro amigo al que le decimos Johnny Cash.

Siempre me llama para contarme cosas de este estilo.

A veces también acompaña la historia con alguna foto.

No sé qué quiere que le diga cuando me cuenta este tipo de hechos.

Yo simplemente los escucho, hago alguna pregunta de rigor y quedamos de hablar más adelante.

No sirven ni para media historia.


II.

Poco después que llamó, esa última vez, quedé pensando en algo.

¿Habrá llamado a otros alguna vez para dar una noticia mía?

Y si así era, ¿qué podría haber contado?

Como no pude llegar a una respuesta terminé llamándolo.

Extrañamente me contestó una voz de mujer, cuando marqué su contacto.

-Hola… -dije-, llamaba para hablar con, eh… Juan.

-¿Juan? –me preguntaron-. ¿Juan cuánto?

Tuve que detenerme ahí, pues me di cuenta que no recordaba el nombre completo de mi amigo.

Solo sabía que le decíamos Johnny Cash porque se llamaba Juan y siempre andaba con efectivo.

-Él me llamó desde ese teléfono hace unos días… -intenté explicar.

Cortaron la llamada.

Minutos después lo intenté nuevamente y descubrí que me habían bloqueado.

Es extraño, me dije, pero no debiese darle más vueltas.

No alcanza, tampoco, ni para media historia.

viernes, 26 de junio de 2026

Entrada y Salida.


Trabajé hace años en un colegio que tenía un pequeño auditorio, en el subsuelo.

Dicho auditorio tenía una puerta de entrada y una de salida.

Ambas puertas eran absolutamente iguales salvo por el letrero sobre ellas, que las identificaba.

“Entrada” y “Salida”, decían los letreros, sobre cada puerta.

Cuando ingresé al colegio, por cierto, el auditorio ese todavía no se utilizaba.

Poco antes que se inaugurara, meses después, nos citaron a todos para realizar una especie de inducción sobre su uso.

Funcionamiento de las luces, conexiones eléctricas, uso del proyector… cosas de ese estilo.

Lo extraño –o lo que a mí me pareció extraño, al menos-, fue que enfatizaron en la utilización correcta de las puertas.

-No dejen que los estudiantes entren por la puerta de salida ni salgan por la de entrada –nos dijeron, en más de una ocasión.

Sin argumento alguno, por cierto.

No es que el colegio en cuestión fuese estricto –que no lo era-, a lo que apunto acá es a la extraña naturaleza de las indicaciones que nos entregaban.

Sé que alguien podrá pensar que había una razón detrás de esto, como que la puerta de salida estaba más cerca de una zona de evacuación, por ejemplo, pero lo cierto es que era todo lo contrario.

Instrucciones arbitrarias, simplemente, pero que seguimos al pie de la letra por varios años.

Los estudiantes, por cierto, tampoco las cuestionaron.

Cuando dejé ese trabajo, años más tarde, cambié un letrero por otro.

No sé si alguien, alguna vez, se enteró de aquello.

jueves, 25 de junio de 2026

Los perros están en el bosque.


Los perros están en el bosque.

Desde hace días se metieron entre los árboles y hasta ahora no han regresado.

Es un bosque pequeño, por cierto, y los perros también lo son, hasta cierto punto.

Me refiero a que no son perros salvajes, ni de caza, sino simples mascotas que fueron vistos entrando al bosque hace unas noches y que todavía no han vuelto.

Hoy, muy temprano, varios padres con sus hijos han salido a buscarlos.

Fueron con silbatos, amplificadores de voz y llevando una serie de juguetes y recompensas con los que acostumbraban premiar a sus mascotas.

Ya la noche anterior se habían reunido varias familias para organizarse y hacerlos regresar.

Los niños están sufriendo, decían.

Esa misma noche, las familias reunidas se pusieron en contacto con algunos expertos.

Ninguno de ellos, por cierto, logró explicar, con certeza, lo sucedido.

Hace décadas, tal vez, habrían podido pensar que los animales hubiesen ido tan conejos, pero hoy prácticamente no había fauna en aquel lugar.

Ni animales que pudieran servir de alimento ni animales que puedan devorarlos, dijo uno de los expertos, no se sabe con qué intención.

Es por eso que hoy, como decía, varios padres y sus hijos fueron en busca de los perros.

De eso ya, por cierto, unas cuantas horas.

Una madre, que se comunicó con su esposo por teléfono, dice que todavía no han encontrado nada.

Ya van a regresar, le dice al hijo más pequeño, que se quedó con ella.

¿Quiénes?, pregunta el niño.

miércoles, 24 de junio de 2026

Un libro con las cosas que no quiero saber.


Un libro con las cosas que no quiero saber.

Con ese título, incluso, me refiero.

A un costado del pasillo. En el fondo.

Justo en el estante más alejado y en la parte más alta de la biblioteca.

Un libro voluminoso, por cierto, con al menos mil quinientas o dos mil páginas.

Tapas gruesas, hoja delgada, tipo Biblia.

Supongamos que está ahí, donde decía.

Que un día observas tu biblioteca mientras buscas otra cosa y recuerdas que está ahí.

Proscrito prácticamente y sin duda olvidado hasta ese instante.

Pues bien, respecto a él quería preguntarte:

¿Qué es lo que haces cuando lo ves?

¿Te animas a traer un banco y encaramarte para sacarlo?

Piénsalo bien, antes de responder.

Camina por el pasillo, en tu mente, y ubícalo entre los otros, desde abajo.

¿Lo sacas del lugar donde se encuentra?

¿Lo desempolvas y lo llevas contigo apreciando su peso?

Un libro con las cosas que no quiero saber, observas que está escrito, también en su portada.

¿Terminas abriéndolo e indagando en aquello que no debiese interesarte?

¿Sabes realmente, antes de abrirlo, lo quieres y lo que no quieres saber?

Y si lo sabes, ¿elijes vivir guiado por lo que sabes de ti mismo?

Puedes no responder, por supuesto, pero te pido que lo pienses.

Un instante, al menos, antes de seguir.

Un libro con las cosas que no quieres saber, al fondo del estante.

¿Lo necesitas, acaso?

martes, 23 de junio de 2026

Seguro.


Darwin junto a otros doctores y científicos de diversas épocas están en una sala blanca, amplia, bien iluminada y llena de elementos asociados a la investigación científica.

En el lugar también hay mesones donde se encuentran variadas especies de flora y fauna, la mayoría de ellas vivas, al parecer, aunque algunas sedadas y/o adormecidas.

Darwin lleva en sus manos un cuaderno, en el que va tomando apuntes y registrando observaciones, del mismo modo como otros científicos más contemporáneos llevan tablets y otros dispositivos electrónicos.

A veces, tras avanzar algunos pasos y observar algunos especímenes, algunos de ellos se permiten observaciones breves, en voz alta, sin llegar jamás a transformarse en conversaciones o discusiones entre los presentes.

-Las flores realmente hermosas se extinguieron primero -dice un tipo que acompaña a Darwin, por ejemplo-. Ni siquiera podemos imaginar el tipo de belleza que ellas tenían.

-Este tipo de especímenes solo viven algunos segundos –señaló otro, mostrando una imagen a un cercano-, solo saben exhalar.

Siguen así, caminando y observando detenidamente todo aquello que se encuentra en los mesones.

Ya al final del recorrido, hay un último mesón, más adornado que el resto, en el que puede observarse un amplio servicio de coctelería.

Solo tras inspeccionarlo un buen rato Darwin se atreve a tomar una taza, servirse algo que parece ser café e inspeccionarlo de cerca.

-Creo que esto sí es seguro –dice.

lunes, 22 de junio de 2026

Se arrienda para vivir una hermosa ballena blanca.


Se arrienda para vivir una hermosa ballena blanca.

Aproximadamente de veinte metros de largo, en exterior.

Animal de vasta experiencia, pero todavía firme.

Pintura exterior gastada, pero sin resquebrajaduras ni grafitis.

Animal con musculatura elástica, huesos robustos, piel gruesa y antiadherente.

Gruesas capas de grasa como fuente energía y aislante térmico.


Más detalles y especificaciones:

Amplia, amoblada y con buen sistema de calefacción.

Único ambiente, pero tan amplio, que impresiona.

Puede dividirse sin dificultades, según gusto y preferencia del arrendatario.

Conexión wi-fi (aunque con funcionamiento limitado y en ocasiones intermitente).

Posee biblioteca de aproximadamente cien volúmenes (solo clásicos, sin ilustraciones y en idioma original).

Cuenta con jacuzzi (en regular estado) y zonas acolchadas para realizar ejercicios.

Incluye desalinizador de agua y generador eléctrico en base a aceite para asegurar necesidades básicas.

Espacio interior destinado a huerto orgánico y/o crianza de invertebrados.

Provisión gratuita de peces, moluscos y ensaladas surtidas, renovada constantemente y en toda época del año.

Ideal para hombre solo que sepa leer a media luz y no sobrevalore el contacto humano.

Sin cobro por gastos comunes ni extras por alimentos y servicios.


Últimas observaciones:

Sector para inquietudes espirituales, juegos anti estrés y lavandería.

Llegar y habitar, como podrá notar.

Único dueño.

Baño compartido.

domingo, 21 de junio de 2026

No puedes mirar el cielo porque sí.

“Yo soy el Arca de la vida.
Tú sé lo mismo”
R. B.


Ya ni siquiera puedes mirar el cielo porque sí.

Menos aún si quieres hacerlo de noche.

Ahora te obligan a ponerles nombres, por ejemplo, a las estrellas que antes no han sido vistas.

¡Qué gran responsabilidad!

Sí…

¡Qué gran responsabilidad y qué desfachatez al mismo tiempo!

Una vez, lo discutí airadamente, cuando vi a un tipo descubrir una.

Y es que, tras hacerlo, varios hombres se acercaron e insistieron en que nombrara a aquel astro.

De hecho, como el hombre no se decidía, le mostraron un listado con nombres disponibles para que eligiese alguno.

Segundos después y sin meditarlo demasiado, el hombre apuntó uno de la lista.

Y claro, fue entonces cuando me acerqué y comencé a discutir con todos ellos sobre la validez de aquel procedimiento.

Así, tras cruzar unas palabras y no ceder en nuestras posturas, la discusión fue creciendo en intensidad.

Tanto así que de pronto me vi tomando sus documentos y forcejeando con uno de los hombres, que no me dejaba romperlos.

¡No necesitan nombres!, les gritaba.

¡Ni siquiera necesitaban ser vistas…!

Lamentablemente, como ellos eran más, terminaron por reducirme y llamaron a carabineros.

Afortunadamente, horas después, como estos no llegaban, los tipos simplemente me dejaron ahí y se fueron del lugar.

Por último, poco después y tras varios intentos, logré zafarme de las amorosas cuerdas.

sábado, 20 de junio de 2026

Ciclos.


Contar hasta cien en medio de los otros, hasta comprobar si eres o no invisible.

Saltar por la ventana y estar ahora en un lugar donde no saben que estás.

Pensar en tu habitación vacía e imaginarte dentro, como si te hubieses dividido.

Apretar una piedra en tus manos, para ver si ella se marca en la piel.

Comer lento y partir todo varias veces, para no quedar con hambre.

Rezar rápido y luego pensar en otras cosas, pues temes que Dios responda.

Dibujar ojos en todas partes y pintarlos varias veces para que ya no puedan ver.

Arrojar pequeñas piedras al techo de la casa, para saber si hay alguien que las escucha dentro.

Observar bichos, bajo las piedras, y seguirlos hacia donde van.

Trepar al árbol y caerse cada vez, cuando te bajas.

Gritar, sabiendo que no hay nadie, para que te escuche.

Crecer, sin darte cuenta, hasta que descubres que no puedes ya volver atrás.

Llenar de cosas tu casa, hasta que ya no quede espacio y te debas quedar fuera.

Gastar la vida, como todos, demasiado pronto.

Dormir, soñar… y luego dejar de hacerlo.

Tener frío, y sonrojarse de vergüenza.

Meterse bajo tierra como un topo.

viernes, 19 de junio de 2026

El tren que viaja en mi cabeza.



Dentro de mi cabeza viaja un tren sin detenerse en estaciones.

Construí dos, por si no habían, para que intentara detenerse y se tomase algunas pausas.

Una estación tras cada oreja, fue que construí, pero el tren ese no hace caso.

Da vueltas a lo loco, simplemente, como esas motos en las esferas metálicas de los circos.

Y casi con el mismo ruido.

Es tan molesto que cuando me sabe cansado comienza a acelerar para evitarme el descanso.

Y, además, arroja un humo tan molesto que a veces los ojos me lloran, desde dentro.



Fui al doctor hace unos años, para que me dijera algo más sobre ese tren.

No le pedí un diagnóstico ni exámenes pues yo ya sabía que el tren andaba dentro.

Solo quiero que me diga si hay esperanza que se detenga o que al menos baje el ritmo, le lancé.

El doctor no me contestó directamente y pareció molestarse un poco.

A pesar de lo anterior, me hizo algún examen y hasta me regaló unas fotos a color de mi cabeza, para demostrar que había hecho su trabajo.

Todas esas cosas están dentro, me dijo.

Todas esas cosas y el tren de un lado a otro, dije yo.



Lo que pasa es que te preocupas demasiado, me dijo un tipo alguna vez.

El tren existe y tú lo sabes, pero en el fondo no te afecta en lo más mínimo.

De hecho, eres tú el que lleva al tren de un lado a otro.

Y si de verdad lo quisieras, podrías hacerlo detener, o en el peor de los casos, descarrilar.

Entonces, antes que el tipo siguiera hablando, le di un cabezazo en la nariz, que pareció quebrarse por el golpe.

El hombre cayó el piso con las manos en el rostro, mientras se quejaba a gritos y no dejaba de sangrar.

Yo, por mi parte, pensé en culpar al tren que giraba en mi cabeza, pero como nadie me acusó de lo ocurrido, simplemente tomé mis cosas, y me fui de aquel lugar.

El tren, ciertamente, se marchó conmigo.

jueves, 18 de junio de 2026

Pudo ocurrir en una película antigua.


I.
Pudo ocurrir en una película antigua, en blanco y negro. Tal vez en una de Buster Keaton. Un tipo tan obsesivamente limpio que sale a la calle, en pleno día, a barrer las sombras de lo que por ahí pasaban. Pensemos que el tipo en cuestión es conserje de un edificio comercial, y sale a limpiar la entrada. O puede que haya trabajado para un banco, incluso, puede elegirlo usted. El punto es que el hombre anda con su escoba de un lugar a otro, barriendo las sombras y recogiendo los restos en una pala. Luego las mete en una bolsa de basura y las lleva hasta unos contenedores que están a un costado del edificio. Lugar donde también está, por cierto, su propia habitación.

II.
Una noche –en la misma película-, los contenedores de basura se abren y salen de ellos las sombras que habían sido barridas. Justo hay un farol sobre los contenedores, así que estas pueden apreciarse de lo más bien. Son al menos cinco las que salen y se organizan para ir a la habitación del conserje y molestarlo un poco. Toman entonces otras bolsas con basura y van hasta el cuarto donde el protagonista de la película se prepara para dormir. Además de asustarlo un poco terminan dejando basura en todos los lugares de su habitación. Luego huyen, en la noche, pero el hombre, con ingenio, logra atrapar a una.

III.
La sombra que atrapó es la de una mujer. La silueta se muestra asustada por lo que puedan hacerle, pero el hombre se muestra amable, rápidamente. Se sientan a la mesa. Luego el hombre llena una taza de té y la ilumina por un lado, para que la sombra de la taza sea tomada por la sombra de la mujer. Al parecer, el hombre se muestra atraído por la silueta femenina que está junto a él. De hecho, se acerca cada vez más a ella. Sin embargo, debido al ángulo de luz que hay en la habitación, es la sombra del hombre la que primero se pone en contacto con la sombra femenina. Y claro, la sombra de hombre se despega de él y huye con la sombra de la mujer, apenas este se descuida. Entonces, apesadumbrado, el hombre queda solo, sin sombra incluso, en su habitación llena de basura. Por último, tras mirar el estado de su habitación, decide apagar la luz y acostarse a dormir.

miércoles, 17 de junio de 2026

Quería perdonar a alguien ese día.


Quería perdonar a alguien ese día. Lo quería con ansias, pero no se me dio. Lo había querido desde que leí sobre los beneficios que trae consigo perdonar las ofensas de algún otro. Lo leí en un artículo que, a partir del análisis de la oración del padrenuestro, profundizaba sobre este tema. Con evidencia científica, por supuesto, profundizaba, no meramente desde lo ético o moral. Y claro, como en mi fuero interno me sentía indudablemente ofendido, asumí que alguien –evidentemente- me había ofendido y que yo podía buscarlo, encontrarlo y perdonarlo.

Según el artículo, al hacerlo sentiría alivio fisiológico concreto (reducción de niveles de cortisol y baja de presión arterial), disminuiría la actividad ansiosa de la amígdala, liberaría oxitocina y otros neurotransmisores asociados a la calma y el equilibrio, y hasta era probable que en mi cerebro se realizase una reconfiguración cognitiva, a partir de reprocesamiento del recuerdo y una disminución del grado ansioso asociado a la distensión originada por el acto del perdón.

Solo faltaba entonces reconocer a quién me había ofendido e ir en su búsqueda. Me puse a ello entonces con gran entusiasmo. Repasé mis heridas. Hurgué en el daño, digamos. Levanté capas y capas de piel ofendida y fueron apareciendo nombres que, sin embargo, tachaba casi de inmediato. Tomé apuntes. Hice diagramas. Busqué lo que podría denominarse como la raíz de toda ofensa. Pero nada. No encontré nada. O sea, encontré daño, pero un alguien específico a quien perdonar.

Artículo de mierda, me dije. Cuántas expectativas y al final todo era, de cierta forma un engaño.

Busqué entonces al autor de aquel artículo, pero no aparecía. Tampoco es que me naciera perdonarlo de buenas a primeras, pero no olvidaba que la recompensa era alta. Quería querer perdonarlo, digamos, pero además no había nombre alguno. Intenté comunicarme con el medio que había difundido el artículo y no me contestaron.

¿Otra ofensa?, pensé entonces. ¿Se vale si perdono al medio que difundió el artículo ese…?

Pero no. Intenté hacerlo, pero todo era muy abstracto y sentí que para perdonar necesitaba un rostro. Lo necesito aún, de hecho.

Por lo mismo, si alguien cree que me ofendió –y tiene rostro-, comuníquese conmigo directamente, o hágamelo saber de algún modo.

Habrá ganancias para ambos: usted se quita la culpa y yo recibo algunos beneficios.

Todos ganan, después de todo.

Por una vez, al menos, todos ganan.

Yo y ustedes, ganamos.

No sé.

martes, 16 de junio de 2026

Frascos.


I.

Tras llegar al lugar abrí la puerta del mueble que me habían indicado.

Todo en su interior estaba guardado en frascos con etiquetas.

Varias hileras y en distintas repisas.

Lo cierto es que nunca había visto tantos.

Más de doscientos, calculé, en primera instancia.

Todos de un tamaño similar, aunque no se trataba, necesariamente, de frascos idénticos.

Todos de vidrio eso sí, con tapas plásticas, de vidrio mismo o metálicas.

Casi de inmediato me senté frente a ellos y comencé a revisarlos.

Debo haber estado en eso cerca de dos o tres horas.


II.

Poco más de treinta eran frascos con especias o mezclas de especias.

Unos diez o doce, tenían en su interior hierbas para infusiones.

También había frascos con frutos secos, lentejuelas y hasta había uno con clavos de una pulgada.

Incluso al final, atrás de todos, encontré un frasco que tenía dentro otro frasco.

Como si estuviera embarazado, pensé.

Ese, por cierto, era el único frasco que no tenía etiqueta.


III.

Cuando terminé de verlos ya era de noche.

Con cuidado, traté de dejar cada uno de los frascos en el lugar que correspondía.

Ya era de noche cuando terminé y recién entonces observé qué más había en aquel sitio.

Una chimenea, por ejemplo, que debía encender pronto, pues comenzaba a hacer frío.

Y grandes ventanales que reemplazaban a casi todas las paredes del lugar.

Cada ventanal, por cierto, estaba cubierto por grandes y largas cortinas.

Me acerqué entonces a uno de ellos y separé las telas.

Todo estaba a oscuras, afuera, y solo se percibían los contornos de algunos árboles.

También noté que había algo pegado en el ventanal, en una especie de cartel.

Desde el interior, sin embargo, no podía saber lo que decía, pues daba hacia fuera.

Volví entonces a cerrar las cortinas y me acerqué a la chimenea, para encenderla.

Mientras lo hacía, pensé en qué podía hacerme para comer, esa noche.

Por último, decidí que sería una buena idea dormirme pronto, para salir temprano al otro día.

lunes, 15 de junio de 2026

Elogiamos la torpeza en las películas mudas.


Elogiamos la torpeza en las películas mudas. La elogiamos y disfrutamos, de hecho, sin sentir culpa alguna. Nos reímos de las caídas, por ejemplo, pues los que van a dar al suelo se levantan de inmediato, fácilmente. Y es que nadie parece sufrir, realmente, en las películas mudas. En ellas, vemos a los personajes moverse incansablemente. Bruscos, apresurados… torpes, en definitiva. Como si supieran de cierta forma a dónde van, pero algo les dificultase al mismo tiempo llegar a ello. Y claro, ese algo, descubrimos luego, es justamente su torpeza. Entonces, disfrutamos de esa torpeza y observamos cada vez más cómodos la odisea cómica del viaje. Los observamos correr, tropezar, chocar con otros. Caer desde altura o ser atropellados. También doblar en las curvas equivocadas o huir de un perro pequeño o de un policía bonachón, que nunca será capaz de herir a nadie realmente. ¡Qué torpes son…!, pensamos, mientras los observamos, casi siempre sonriendo. Son tan torpes que uno se siente hasta un poco más seguro cuando los ve actuar así. Más seguro de uno mismo, me refiero. De no tener tanta torpeza, tal vez. O de administrarla mejor, en cualquier caso. Secretamente, sin embargo, algunos envidiamos el saber qué quieren esos tipos. La seguridad que tienen ellos de saber a dónde van. De estar en camino, digamos, a su sitio correcto. Sí. Por eso elogiamos la torpeza en las películas mudas. Porque sin palabras es más fácil ser torpe. Más fácil y más puro. Más limpio.

domingo, 14 de junio de 2026

Una piscina, en un crucero.


-Una vez estuve en una piscina, a bordo de un crucero –me dijo-, agua sobre agua, como los antiguos griegos, en un lago.

-¿Agua sobre agua? –pregunté.

-Sí, exacto. Agua sobre agua. Y hasta pude notar que el agua de la piscina se movía levemente, con el movimiento del crucero. Era casi indescriptible, pero lo noté. Recuerdo que me emocioné al hacerlo y quise contarlo, pero luego pensé que a nadie iba a importarle y me molesté. Me sumergí bajo el agua de la piscina, en el crucero, y quise decirlo ahí… ya sabes, para que no pueda oírse.

-¿Y lo hiciste?

-No, en realidad no. Supongo que sentí que era algo absurdo y al final solo me sumergí un buen rato. Lo hice en un rincón, recuerdo, pues la piscina estaba casi siempre muy llena. Repleta de niños y personas que hablaban casi todos distintos idiomas. O yo al menos lo percibía así.

-¿Estaba muy lleno, el crucero?

-Sí. No tanto como una playa, en verano, pero al menos a mí me lo pareció. Fue la única vez que viajé en uno en todo caso así que no sé si es lo normal, o si ocurrió así porque era relativamente económico. Nadie se preocupaba mucho por cómo era nuestro viaje, quiero decir. De hecho, dicen que un tipo saltó desde el crucero una noche y ni siquiera se detuvieron a buscarlo.

-¿De verdad?

-Sí, yo creo… O sea, al menos es verdad que eso dijeron y desde la noche siguiente no dejaron salir a cubierta después de cierta hora, ni a solas. Yo una vez igual lo hice, en todo caso, y caminé por la cubierta, pero no encontré nada especial. Solo frío, viento y una moneda que nunca supe de dónde era.

-¿Una moneda?

-Sí. Una moneda bien grande, casi como un medallón. Recuerdo que tenía un número diez y unas letras raras. Debe habérsele caído a algún extranjero, quién sabe de dónde. Recuerdo que al final, antes de bajarme, la dejé en el fondo de la piscina, cuando me bañé por última vez.

-¿Para qué? –pregunté.

-¿Para qué, qué? –me preguntó a su vez. ¿Para qué viaje en el crucero?

-No –le dije-. ¿Para qué me cuentas esto?

Ella, entonces, me miró extrañada. Y no contestó.

sábado, 13 de junio de 2026

Era tierra, soñé.


Era tierra, soñé. Unida y disgregada al mismo tiempo. Estaba ahí. No sé decir dónde, pero estaba ahí. Estaba en mí, digamos. Y es que era imposible estar fuera de uno mismo, en el sueño. Yo era. Tierra, yo era. Y es extraño. Saberlo y decirlo es extraño. No hay olores, siendo tierra. No sabes que hay algo más, siendo tierra. A veces envuelve algo, es cierto, pero no lo sabes hasta que ya es tuyo. Hasta que germinas con eso o el agua forma parte de quién eres. Y claro, puedo intentar decirlo ahora porque supe luego que era un sueño. Y cuando comencé a saberlo –o sospecharlo-, me alejé lo suficiente para ver desde fuera que yo era. Aunque claro, de inmediato decidí volver a ser aquello que era, en el sueño, pues no hacerlo era perderlo así, de pronto, irremediablemente. Perderlo y perderse uno, al mismo tiempo, quiero decir. Era tierra, soñé. Y supe que lo era de una manera tan plena que dejé de soñar en ese instante, para serlo. Unida y disgregada, al mismo tiempo. Estando ahí. En mí. De una manera tan amplia y tan completa que la vida parecía por primera vez estar en uno. Era un sueño, por supuesto, pero fue así. Fui tierra, quiero decir. Y supe serlo, aunque después no supe… ¡qué imposible!

viernes, 12 de junio de 2026

Cambiar de posición.


-No son nuevos –me dice-, pero los cambio de posición cada dos o tres meses para sentir que las cosas son distintas… o que el espacio es distinto, al menos.

Ella habla de los muebles, por cierto, mientras me invita a pasar. Yo estuve aquí hace poco más de un año, con un grupo de amigos, pero no recuerdo muy bien.

-Ese mueble con los libros, el más grande –me dice mientras indica una biblioteca, al fondo del pasillo-, fue el que más me costó mover. Si te fijas cabe justo, de hecho, tuve que desarmarlo para poder moverlo. Es el único que lleva más tiempo fijo… Yo creo que está ahí hace tres años, más o menos. Si soy sincera, me impide sentir que el espacio cambia realmente…

Yo asiento. La entiendo. No porque me gusten los cambios o algo así, sino porque pienso que el mueble ese funciona como un sol, mientras los otros muebles giran cada cierto tiempo en el entorno. En órbita.

-Si quieres puedo ayudar a moverlo –le digo-. O sea, a desarmarlo, y luego lo podemos mover a otro sitio.

Ella se niega en un principio. Dice que no me sienta obligado, que comentó sobre el mueble sin intención. Que es mucho trabajo…

Tres horas después, sin embargo, ya vaciamos el mueble, sacamos unas repisas y lo ladeamos, y parece que será fácil moverlo.

-Desde aquí ya puedo hacerlo yo sola –dice entonces-. Debo decidir bien dónde moverlo así que prefiero darle una vuelta más, mañana…

-De acuerdo –digo.

Entre los libros que sacamos, encuentro uno antiguo, de Steinbeck, que no conocía. Es bastante corto, así que mientras ella se ducha, antes de comer, me pongo a leerlo.

Para cuando vuelve a salir ya llevo la mitad.

-¿Pedimos algo o vamos a comer fuera? –me pregunta.

Yo le digo que decida ella.

Ella decide comer fuera.

Va a peinarse y arreglarse un poco más, así que entre tanto vuelvo a avanzar en la lectura.

Para cuando sale, ya solo me quedan diez o quince páginas.

Antes de salir, como me ve con el libro, insiste en que me lo lleve, que me lo regala o si prefiero puedo devolvérselo en una próxima vez.

-Si me esperas diez minutos lo termino –le digo.

Ella me mira, tratando de ver si hablo en serio. Se ve molesta.

-Estaba bromeando –miento, mientras sonrío un poco y dejo el libro sobre un sofá.

Ella también sonríe, antes de salir, aunque se nota un tanto incómoda.

Luego, vamos a un restaurant de comida italiana, un poco más caro de lo que suponía.

Mientras comemos, y hablamos de cosas que olvido de inmediato, pienso en la historia del libro de Steinbeck, que quedó sobre el sofá.

-Nada está en su sitio –digo en voz baja, cuando salimos del local.

No sé si ella me escucha.

De cualquier modo, si lo hace, finge que no ha oído nada.

-¿Qué hacemos ahora? –dice.

jueves, 11 de junio de 2026

¿Liszt?


Leí hace años una novela en que se narraba cómo Liszt, tras la muerte de su padre, dejó de ser un niño prodigio y decidió abandonar el piano por casi dos años.

Extrañamente, como leí la novela sin saber que estaba basada en la vida de Liszt, ni siquiera me percaté que el protagonista había dejado de tocar el piano.

Esto lo facilitó, por cierto, la forma en que la narración evitaba justamente ahondar en ese aspecto de su vida, y se centraba mayormente en el proceso de estudio y autoformación que Liszt realizó en aquel periodo, aunque mostrándolo siempre de forma muy abstracta.

¿Qué es posible recordar entonces de esa lectura si ni siquiera reconocí quién era su protagonista?

Pues lo cierto, es que no lo sé con seguridad.

Imagino, sin embargo, que la sensación de negación por parte suya se me hizo familiar, y que la forma en que el joven Liszt oculta –tanto del lector como de los otros personajes-, su propio talento, tiene momentos muy bien logrados.

La novela, por cierto, abarca únicamente esos años en que Liszt estuvo alejado del piano y, de hecho, no se menciona el instrumento en lo absoluto, a lo largo de sus páginas.

miércoles, 10 de junio de 2026

El silencio que sigue a las palabras de uno mismo.


Se burla de nosotros
el silencio que sigue
a las palabras de uno mismo.

Te obliga a escucharlas, incluso,
nuevamente,
y espera herirte si hay descuido,
y casi siempre lo hay.

Las heridas que produce, por cierto,
se quedan en ti desde entonces
como cajas de resonancia,
no doliendo nuevamente, pero sí recordando
el primer dolor.

No, no es el tipo de dolor
que se acostumbra,
se trata más bien de una pequeña nota ácida,
de un sabor casi,
que frena un poquito y hasta corta
cuando quieres volver a hablar.

Y es que pones en duda entonces
aquello que ni siquiera has dicho.
Te cuestionas incluso desde dónde brota
y toda palabra revela un alma frágil o impostada.
y tu voz parece de esa forma
emitir una plegaria que haces ante un dios
en el que hace mucho, has dejado de creer.

Sí, es así como ocurre, más o menos,
y lo que creías viento es arrastrado ahora
por otro viento,
y temes que las palabras no resistan
y hasta tú mismo buscas aferrarte,
porque no sabes, en silencio, estar de pie.

Resuenas entonces, ante el viento,
como una caja vacía.
Y te edificas sobre recuerdos
que han dejado de arder
y probablemente ni siquiera encajan.

Y claro, es así como por descuido,
te empantanas en el silencio ese,
y temes romperlo porque crees
que podría dañar, nuevamente, la herida.

Ya ves: se burla de nosotros
el silencio que sigue
a las palabras de uno mismo.

martes, 9 de junio de 2026

Ladrillos (II)


Cada vez que gritaba caía junto a ella un ladrillo.

Lo descubrió una vez, en que no pudo contenerse, y grito varias veces.

Tres ladrillos consiguió esa vez, todos del mismo tamaño.

Habían caído junto a sus pies, sin romperse, como si el grito mismo se hubiese transformado en ellos, y hubiesen caído desde esa altura.

Le costó creer que fuera cierto, pero no tenía otra forma de explicárselo.

Sin embargo, cuando intentó comprobarlo y repetir la fórmula, se percató que no funcionaba con cualquier grito.

No servían, por ejemplo, los gritos fingidos ni a un volumen moderado.

Los que se transformaban en ladrillos eran solo los gritos destemplados, surgidos de la desesperación o el desconsuelo.

Por suerte, aprendió a manejar sus emociones de manera tal que podía desesperarse honestamente, evocando ciertas situaciones y lanzando así otros gritos, que se transformaron en ladrillos que ella comenzó a apilar en el patio de su casa.

A pesar de todo, según me dijo, crear esos ladrillos la agotaba.

Aunque también descubrió que luego de crear uno, en plena noche, lograba dormir mejor hasta la mañana siguiente.

-Hace unos días me decidí a hacer un muro –me dijo-. Ya tengo suficientes para hacer uno pequeño y quiero ver si me resulta. Incluso compré cemento.

Luego de esto me pidió apoyo y me invitó para ese mismo fin de semana.

Yo le intenté explicar mi poca habilidad manual, pero ella se comprometió a ayudarme.

-Buscamos tutoriales, luego lo armamos y al final los pintamos –me dijo.

Yo pensé que no sería tan sencillo, pero igual asentí.

-Cuando lo terminemos –agregó-, voy a poner un cartel frente al muro. Uno que advierta que está prohibido lamentarse frente a él.

-¿Y no harás más ladrillos, entonces? –pregunté.

-Espero que no –contestó, evadiendo el tema-. Supongo que alcanza bien con todos esos.

lunes, 8 de junio de 2026

Una caja grande, de madera.


Es una caja grande de madera. Aproximadamente del tamaño de un hombre. Está sellada junto a una casa que parece deshabitada, aunque probablemente no lo está. Siempre hay que desconfiar, por cierto, de las casas deshabitadas. La caja que está a un costado de esa casa está hecha de tablones. Se ven firmes, aunque algo viejos. Superficialmente gastados, tal vez. Como si hubiesen viajado un largo camino hasta llegar acá. A este sitio donde también, de cierta forma, dan la impresión de estar de paso. Reunidos hoy en esa caja, pero quién sabe después. Y es que podrían usarse de otro modo, supongo, si dejan alguna vez de ser parte de esa caja. Eso pienso mientras me acerco a ella y la observo. Y la rodeo. Entonces descubro que tiene escrita la palabra “Ostras” en uno de sus lados. Letras gastadas, ciertamente, y que no parecen revelar lo que hay en su interior. Comienza a llover, en ese instante. Una lluvia suave, pero que moja la caja pues no alcanza a cubrirla el techo de la casa. Como una de las ventanas de la casa está abierta me asomo al interior y recojo una cortina que se ha caído. Luego, sin pensarlo, tapo la caja con la cortina y me acuesto sobre ella. De espaldas, sobre la tela que está sobre la caja. Podría haberme tapado con ella, pero lo cierto es que la lluvia es suave y me gusta estar bajo ella. Cierro los ojos entonces, y me imagino que duermo, en el lugar. Me parece escuchar voces, muy bajito, pero no sé de dónde vienen. Imagino que son de una familia. Me parece que hablan en ruso o en un idioma similar. Voces de gente que está acostumbrada a estar junta, pero que no se comprende del todo. Intuyo eso, mientras escucho. Dejo de sentir la lluvia, justo antes de despertar.

domingo, 7 de junio de 2026

El secreto está en el agua.


Fue el año en que hicimos cerveza, no sé si te acuerdas.

Tú hiciste un par de cursos y yo fui probando pequeñas variaciones, principalmente en el tipo de grano y temperatura de la fermentación, pero sin lograr buenos resultados.

Al final, según recuerdo, tras hablar con varios expertos y probar otras variantes, concordamos en que el secreto estaba en el agua.

Y claro, probamos entonces con aguas de distintas fuentes o tratada de distintas formas, hasta que una tirada de cerveza resultó bastante bien.

La hicimos con agua de un pozo que extraía una señora, en las afueras de Santiago.

Fuimos hasta allá dos veces a comprar y la tercera nos quedamos al velorio de la señora, que había sufrido un paro cardiaco.

No sé si recuerdas, pero estuvimos esa vez con una hija de la señora, quien se extrañó de nuestra historia pues nos dijo que el único pozo del lugar estaba seco hacía años.

Por supuesto, no discutimos sobre ello y ya de noche, nos fuimos del lugar, sin intención de regresar.

Ahora que lo pienso, no volvimos a intentar hacer cerveza desde entonces, y ni siquiera recuerdo que hayamos vuelto a hablar sobre aquello.

Todo eso ocurrió a lo largo de un año, simplemente, según mis cálculos.

Intentamos hacer cerveza y luego lo dejamos.

De lo que aprendí, solo sé decir que el secreto estaba en el agua.

Suena bien, cuando lo dices, pero no me parece que sea un secreto en modo alguno.

¿Conoces tú, un verdadero secreto?

sábado, 6 de junio de 2026

No es exacto, pero ocurre así.


No es exacto, pero ocurre así.

Como si existiese una ardilla que se acercara siempre al terminar el día.

Una ardilla que aparece justo cuando te duermes y eres incapaz de percibir su llegada.

Así, cada noche, la ardilla busca en ti algo que podríamos llamar el fruto de aquel día.

Imagina, si quieres, una bellota o una nuez, para facilitar el ejemplo.

Un fruto pequeño que obtiene de ti sin que te percates y que se lleva a un sitio que también desconoces.

Imagínala empujando ese fruto, como en un documental.

O como en los dibujos animados que veías de pequeño.

Haciéndolas rodar hasta que de pronto parece llegar a su destino.

Un árbol hueco, tal vez, que se va llenando poco a poco.

Una bodega natural digamos, ubicada quién sabe dónde.

Y quién sabe, además, para qué y para quién.

Y claro… tal vez por eso es extraño.

Porque de encontrarnos un día con ese árbol probablemente intuiríamos algo.

Una especie de olor, supongo.

Algo similar a nosotros mismos oculto allá dentro.

O algo que nos completa a nosotros mismos, dentro del árbol, más bien.

De encontrarlo, estoy seguro que descubriríamos a la ardilla, que viene al terminar el día.

Y por qué no, pienso ahora, también descubriríamos otra ardilla, al comenzar.

viernes, 5 de junio de 2026

En un auto azul.


F. y T. viajan en un auto azul. Es el auto de F. y es ella misma quien conduce. Van juntas a un bar donde se encontrarán con M. Tomarán algo y probablemente hagan planes para organizar una reunión más amplia. Con dos o tres amigas más, acordarán. Nada tan grande que les impida estar cómodas y saber de todas, al mismo tiempo. Hablando en un mismo grupo, quieren decir. En torno a la misma mesa, seguramente, mientras beben algo. Hacen lo mismo casi todos los años. Incluso el año del COVID lo hicieron, aunque en línea.

De eso hablan cuando el motor comienza a hacer ruidos extraños. Bruscos. Como la tos fingida de alguien para evitar que se hable de un tema que puede resultar incómodo. O fuera de lugar.

-Creo que será mejor detenernos -dice F., mientras estaciona al borde de una calle.

T. asiente. Se baja también del auto cuando F. lo hace. Luego la ve abrir el capó y observar el interior del auto. La ve observarlo, durante uno o dos minutos.

-Lo cierto es que no sé de autos -dijo F.-, pero cuando pasa esto sé al menos cómo arreglarlo.

-¿Cómo? -pregunta T.

-Así -dice F.-, cómo ahora. Deteniendo el auto, abriendo esta tapa y mirándolo un rato.

-¿Y luego?

-Luego espero un rato, a veces fumo un cigarrillo y ya está bien. Vuelvo a encenderlo y ya está. Solo requiere un poco de atención.

-¿Estás bromeando? -pregunta T.

-No -contesta F.-. Así es como lo hago. Sé cómo arreglarlo, ya ves.

F. sonríe. Luego baja el capó y le dice a T. que entren nuevamente al auto.

Lo hacen, calmadamente. F. enciende el motor y todo parece ir bien.

-Ya ves… -dice F., poniéndose en marcha-. Sé cómo arreglarlo.

-Eso no es arreglarlo -dice T.-. O sea, sabes qué hacer mientras se arregla, es cierto, pero nada más.

-No es poco -dice F., mientras acelera.

Ambas ríen, ligeramente incómodas, mientras se acercan al bar.

jueves, 4 de junio de 2026

En ese rincón.


Ponlas ahí, en el rincón, me dijo, junto a las otras cosas.

Como me quedé en mi sitio y dudé en hacerlo, se vio obligada a agregar algo más.

Por lo general todos somos cuidados, así que no se debiese dañar.

Yo asentí y sonreí un poco.

Y claro, todavía con dudas, lo hice.

No es que ahora le creyese más, pero no tenía sentido detenerme ahí.

Además, el cuidado de aquello que llevaba no era en lo absoluto importante para mí.

Gracias por venir, dijo entonces. No pensé que vendrías

Yo tampoco, contesté. Pero aquí estoy.

Ella guardó silencio.

Yo pensé que intentaba evitar, probablemente, otras frases hechas.

Puede que conozcas a uno o dos de los que están acá, dijo entonces. Igual si te sientes incómodo puedes venir a este cuarto.

Yo asentí.

Los otros no van a venir por sus cosas hasta el final, en varias horas más.

Volví a asentir.

No creo que sea tan molesto compartir un rato, le dije. Una hora, calculo, luego me voy.

¿Entonces no vamos a hablar?, preguntó.

Estamos hablando, mentí.

Ella sonrió.

Si quieres puedes quedarte cuando todos se vayan, agregó.

¿Cuándo todos se vayan?, pregunté.

Claro, me dijo. Cuando haya desaparecido todo aquello que no te gusta pensar como real.

Le di vueltas a su frase unos segundos y luego acepté su propuesta.

Estaré junto a esas cosas, agregué. Ya sabes. Por seguridad.

Ella asintió.

Se despidió con un gesto.

miércoles, 3 de junio de 2026

Ranas dentro de casa.


Ranas dentro de casa. Pequeñas ranas saltando de un lado a otro. Encontré como veinte el primer día nada más entrar. Luego, descubrí que había cientos de ellas, dispersas en las habitaciones. Recorrí el lugar, entonces, para dimensionar lo que ocurría. Las ranas estaban en todos los rincones de la casa. Dentro del refrigerador encontré incluso a algunas congeladas, sin entender cómo se metieron ahí. Y en la tina, por supuesto, una especie de nido donde se aglomeraban, unas sobre otras, las más pequeñas. Ya no eran cientos, sino miles de ranas las que habitaban el lugar. Miles de ellas en la casa en la que yo había vivido y en la que ahora pretendía quedarme, al menos un par de semanas. Verdes, amarillas y de un rojizo marrón eran las ranas. Y todos estos colores en una proporción similar. Comencé a pensar entonces, mientras observaba todo aquello. A pensar una solución, quiero decir. En principio, recuerdo, abrí puertas y ventanas para que salieran por sí mismas. Lamentablemente, las ranas llegaban siempre hasta el borde y parecían negarse a abandonar el lugar. Recuerdo que con los pies empujé algunas, hasta fuera, pero luego de unos minutos, ellas se agrupaban y volvían a entrar. Probablemente sea una señal para no quedarme en este sitio, me dije. Para obligarme a salir y descubrir, si hay suerte, algún otro lugar. Eso hice, por cierto, esa misma noche. Dormí sobre el pasto, me refiero, y ya en la mañana me alejé de ahí, sin tener todavía un rumbo muy claro. Las ranas croaban muy fuerte, recuerdo, esa mañana. Incluso a cien o doscientos metros, todavía las escuchaba cantar.

martes, 2 de junio de 2026

Antes discutía por esas cosas.


«Cuando no se halla ninguna causa
para acontecimientos como inundaciones,
sequías, heladas o incluso descalabros políticos,
es de justicia atribuir dichos sucesos al azar».
P.


Antes discutía por esas cosas.

Hoy, sin embargo, no discuto por ellas, ni tampoco por cualquier otra.

Aquello por lo que discutíamos, por cierto, era por la concatenación de las cosas.

O las razones que daban firmeza a los eslabones que permitían la formación y existencia de esa misma concatenación.

¡Qué mierda…!

Debe haber pasado más de una década desde que cesaron esas discusiones.

Y varios años, ciertamente, desde que usé por última vez la palabra concatenación.

No es que recuerde exactamente esa última vez, pero pienso que tal vez fue cuando cayó junto a mí –y junto a otros conocidos con quienes me encontraba-, un pájaro muerto.

Me refiero que, desde el cielo, cayó junto a nosotros un pájaro que se estrelló contra el piso, a gran velocidad.

Algunos quisieron pensar que nos habían arrojado aquel pájaro, pero lo cierto es que lo vimos caer en línea recta, y no se veía más que el cielo despejado sobre nosotros.

Ya más tranquilos, convenimos en que no era algo del todo imposible, pues los pájaros pueden morir súbitamente y caer debido a un paro fulminante, producto de una descarga eléctrica, o por algunas otras razones, menos probables eso sí.

Pocas horas después, sin embargo, ya estando en solitario y lejos de aquel lugar, vi otro pájaro caer, a unos cuantos metros, justo cuando estaba analizando las probabilidades de que el primer pájaro hubiese caído cerca de mí, algunas horas atrás.

Entonces, supongo, debo haber intentado buscar algún tipo de concatenación entre hechos, identificándome yo mismo, tal vez, como el elemento concatenante –o eslabón-, entre ambos.

Y claro, si de pronto estuviese más de una década en el pasado, probablemente comenzaría ahora mismo a discutir sobre ciertas secuencias, causas y concatenación de hechos… Sin embargo, como pueden observar, hoy puedo entrar y salir de estos temas de forma inmediata y sin complicación alguna.

Espero, sinceramente, que usted también.

lunes, 1 de junio de 2026

Demasiado tiempo.

“¿Qué era peor,
ser un completo ignorante,
pero estar en el mundo,
o extrañarse de todo
y estar fuera de él?”
K. O. K.

I.

No digo que uno pueda elegirlo.

No me hago siquiera esa ilusión.

Igualmente, me formulo a mí mismo la pregunta esa, y cuando la respuesta comienza a asustarme paso entonces a otra cosa.

Así y todo, podría concluir que esa misma actitud, hasta cierto punto, contradice mi posible respuesta.

Una conclusión apresurada, por cierto, pero conclusión al fin.


II.

A propósito, no sé ustedes, pero me daba cuenta el otro día que he aprendido a viajar en los metros llenos.

Apretado e incómodo entre personas desconocidas, pero negándome a pensar en ellas como un todo.

Antes, siendo sincero, derechamente no podía.

Me iba a otro lado si veía el metro en ese estado y hasta prefería caminar.

Distancias ridículamente largas, pero que me parecían menos ridículas, igualmente, que viajar de esa forma.

No sé si esto, en todo caso, constituye algo que pudiera considerarse como un avance.


III.

No sé quiénes son los otros.

Y no me desagradan, ciertamente, por ser otros o existir en esa cantidad.

Me refiero a que me extraño tanto de ellos, como de mí mismo.

De igual modo, no saber no es algo inhabilitante, en modo alguno.

De hecho, hasta podría considerarse como una especie de pase, para poder estar en el mundo.

No digo en todo caso que uno pueda elegir tener ese pase, o no tenerlo.

Después de todo, es imposible permanecer y equilibrarse en el borde, por demasiado tiempo.

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