martes, 9 de junio de 2026

Ladrillos (II)


Cada vez que gritaba caía junto a ella un ladrillo.

Lo descubrió una vez, en que no pudo contenerse, y grito varias veces.

Tres ladrillos consiguió esa vez, todos del mismo tamaño.

Habían caído junto a sus pies, sin romperse, como si el grito mismo se hubiese transformado en ellos, y hubiesen caído desde esa altura.

Le costó creer que fuera cierto, pero no tenía otra forma de explicárselo.

Sin embargo, cuando intentó comprobarlo y repetir la fórmula, se percató que no funcionaba con cualquier grito.

No servían, por ejemplo, los gritos fingidos ni a un volumen moderado.

Los que se transformaban en ladrillos eran solo los gritos destemplados, surgidos de la desesperación o el desconsuelo.

Por suerte, aprendió a manejar sus emociones de manera tal que podía desesperarse honestamente, evocando ciertas situaciones y lanzando así otros gritos, que se transformaron en ladrillos que ella comenzó a apilar en el patio de su casa.

A pesar de todo, según me dijo, crear esos ladrillos la agotaba.

Aunque también descubrió que luego de crear uno, en plena noche, lograba dormir mejor hasta la mañana siguiente.

-Hace unos días me decidí a hacer un muro –me dijo-. Ya tengo suficientes para hacer uno pequeño y quiero ver si me resulta. Incluso compré cemento.

Luego de esto me pidió apoyo y me invitó para ese mismo fin de semana.

Yo le intenté explicar mi poca habilidad manual, pero ella se comprometió a ayudarme.

-Buscamos tutoriales, luego lo armamos y al final los pintamos –me dijo.

Yo pensé que no sería tan sencillo, pero igual asentí.

-Cuando lo terminemos –agregó-, voy a poner un cartel frente al muro. Uno que advierta que está prohibido lamentarse frente a él.

-¿Y no harás más ladrillos, entonces? –pregunté.

-Espero que no –contestó, evadiendo el tema-. Supongo que alcanza bien con todos esos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Archivo del blog

Datos personales