lunes, 8 de junio de 2026

Una caja grande, de madera.


Es una caja grande de madera. Aproximadamente del tamaño de un hombre. Está sellada junto a una casa que parece deshabitada, aunque probablemente no lo está. Siempre hay que desconfiar, por cierto, de las casas deshabitadas. La caja que está a un costado de esa casa está hecha de tablones. Se ven firmes, aunque algo viejos. Superficialmente gastados, tal vez. Como si hubiesen viajado un largo camino hasta llegar acá. A este sitio donde también, de cierta forma, dan la impresión de estar de paso. Reunidos hoy en esa caja, pero quién sabe después. Y es que podrían usarse de otro modo, supongo, si dejan alguna vez de ser parte de esa caja. Eso pienso mientras me acerco a ella y la observo. Y la rodeo. Entonces descubro que tiene escrita la palabra “Ostras” en uno de sus lados. Letras gastadas, ciertamente, y que no parecen revelar lo que hay en su interior. Comienza a llover, en ese instante. Una lluvia suave, pero que moja la caja pues no alcanza a cubrirla el techo de la casa. Como una de las ventanas de la casa está abierta me asomo al interior y recojo una cortina que se ha caído. Luego, sin pensarlo, tapo la caja con la cortina y me acuesto sobre ella. De espaldas, sobre la tela que está sobre la caja. Podría haberme tapado con ella, pero lo cierto es que la lluvia es suave y me gusta estar bajo ella. Cierro los ojos entonces, y me imagino que duermo, en el lugar. Me parece escuchar voces, muy bajito, pero no sé de dónde vienen. Imagino que son de una familia. Me parece que hablan en ruso o en un idioma similar. Voces de gente que está acostumbrada a estar junta, pero que no se comprende del todo. Intuyo eso, mientras escucho. Dejo de sentir la lluvia, justo antes de despertar.

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