-No son nuevos –me dice-, pero los cambio de posición cada dos o tres meses para sentir que las cosas son distintas… o que el espacio es distinto, al menos.
Ella habla de los muebles, por cierto, mientras me invita a pasar. Yo estuve aquí hace poco más de un año, con un grupo de amigos, pero no recuerdo muy bien.
-Ese mueble con los libros, el más grande –me dice mientras indica una biblioteca, al fondo del pasillo-, fue el que más me costó mover. Si te fijas cabe justo, de hecho, tuve que desarmarlo para poder moverlo. Es el único que lleva más tiempo fijo… Yo creo que está ahí hace tres años, más o menos. Si soy sincera, me impide sentir que el espacio cambia realmente…
Yo asiento. La entiendo. No porque me gusten los cambios o algo así, sino porque pienso que el mueble ese funciona como un sol, mientras los otros muebles giran cada cierto tiempo en el entorno. En órbita.
-Si quieres puedo ayudar a moverlo –le digo-. O sea, a desarmarlo, y luego lo podemos mover a otro sitio.
Ella se niega en un principio. Dice que no me sienta obligado, que comentó sobre el mueble sin intención. Que es mucho trabajo…
Tres horas después, sin embargo, ya vaciamos el mueble, sacamos unas repisas y lo ladeamos, y parece que será fácil moverlo.
-Desde aquí ya puedo hacerlo yo sola –dice entonces-. Debo decidir bien dónde moverlo así que prefiero darle una vuelta más, mañana…
-De acuerdo –digo.
Entre los libros que sacamos, encuentro uno antiguo, de Steinbeck, que no conocía. Es bastante corto, así que mientras ella se ducha, antes de comer, me pongo a leerlo.
Para cuando vuelve a salir ya llevo la mitad.
-¿Pedimos algo o vamos a comer fuera? –me pregunta.
Yo le digo que decida ella.
Ella decide comer fuera.
Va a peinarse y arreglarse un poco más, así que entre tanto vuelvo a avanzar en la lectura.
Para cuando sale, ya solo me quedan diez o quince páginas.
Antes de salir, como me ve con el libro, insiste en que me lo lleve, que me lo regala o si prefiero puedo devolvérselo en una próxima vez.
-Si me esperas diez minutos lo termino –le digo.
Ella me mira, tratando de ver si hablo en serio. Se ve molesta.
-Estaba bromeando –miento, mientras sonrío un poco y dejo el libro sobre un sofá.
Ella también sonríe, antes de salir, aunque se nota un tanto incómoda.
Luego, vamos a un restaurant de comida italiana, un poco más caro de lo que suponía.
Mientras comemos, y hablamos de cosas que olvido de inmediato, pienso en la historia del libro de Steinbeck, que quedó sobre el sofá.
-Nada está en su sitio –digo en voz baja, cuando salimos del local.
No sé si ella me escucha.
De cualquier modo, si lo hace, finge que no ha oído nada.
-¿Qué hacemos ahora? –dice.
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