sábado, 13 de junio de 2026

Era tierra, soñé.


Era tierra, soñé. Unida y disgregada al mismo tiempo. Estaba ahí. No sé decir dónde, pero estaba ahí. Estaba en mí, digamos. Y es que era imposible estar fuera de uno mismo, en el sueño. Yo era. Tierra, yo era. Y es extraño. Saberlo y decirlo es extraño. No hay olores, siendo tierra. No sabes que hay algo más, siendo tierra. A veces envuelve algo, es cierto, pero no lo sabes hasta que ya es tuyo. Hasta que germinas con eso o el agua forma parte de quién eres. Y claro, puedo intentar decirlo ahora porque supe luego que era un sueño. Y cuando comencé a saberlo –o sospecharlo-, me alejé lo suficiente para ver desde fuera que yo era. Aunque claro, de inmediato decidí volver a ser aquello que era, en el sueño, pues no hacerlo era perderlo así, de pronto, irremediablemente. Perderlo y perderse uno, al mismo tiempo, quiero decir. Era tierra, soñé. Y supe que lo era de una manera tan plena que dejé de soñar en ese instante, para serlo. Unida y disgregada, al mismo tiempo. Estando ahí. En mí. De una manera tan amplia y tan completa que la vida parecía por primera vez estar en uno. Era un sueño, por supuesto, pero fue así. Fui tierra, quiero decir. Y supe serlo, aunque después no supe… ¡qué imposible!

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