S. hace un experimento.
Ve una y otra vez la misma película e intenta controlar el tiempo.
No controlarlo en el sentido de manejarlo o dominarlo, sino en el sentido de registrarlo y monitorearlo (llevar control sobre él).
Es decir, intenta medir los cambios en la propia percepción del tiempo, durante los numerosos visionados de la misma película.
Sé que lo realiza hace años, y hemos hablado un par de veces sobre aquello, pero todavía no me queda claro el cómo. Ni mucho menos para qué.
Recuerdo que una vez me dijo que la mayoría de las teorías son erróneas.
Que, al parecer, ella debía sentir más lento cada visionado, y recordarlos de forma cada vez más breve, sin percibir entre ellos mayores diferencias.
-Observar la película sin pensar en otras cosas se hace cada vez más difícil –me comentó una vez-. Yo intento tomar apuntes generales de lo que observo y marcar casillas en algunas plantillas que he diseñado, para registrar lo acontecido. Las plantillas son distintas cada vez, para evitar memorizarlas, pero igualmente me descubro pensando en otras cosas y de pronto descubro que la película ha terminado, y siento que me ha faltado tiempo para comprender algo. No es frustrante, pero es difícil de entender… y más aún de comunicar.
La última vez que nos vimos, por cierto, no tocamos el tema de su experimento.
Sé que sigue en él, ciertamente, pero preferí evadirlo. Ella estaba más silenciosa, pero al mismo tiempo sonreía más. Parecía más amable, probablemente.
Así y todo fue un encuentro que me resultó un tanto incómodo. Me sentí demasiado observado, tal vez. Leído, incluso.
Al final, al despedirnos, sus últimas palabras me lo confirmaron.
-El infierno será corto, -dijo-. Tú tranquilo. Todo es cuestión de perspectiva.
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