Cuerdas en todos sitios.
Juro que vi cuerdas en todos sitios.
Intentaba dar un paso y me enredaba en ellas.
No me retenían, pero las arrastraba conmigo.
Avanzando apenas.
Cuerdas en todos sitios.
Y yo también, por cierto, hecho de cuerdas.
Cuerdas entre sí, cruzadas, sin mucha tensión.
Con uniones imperfectas, llenas de espacios vacíos.
Tanto que podías fácilmente meter tus dedos entre ellas.
Como si hundieras las manos en la arena.
O en tierra blanda.
Un mundo hecho de cuerdas.
Y hasta las mismas cuerdas que daban forma a todo,
estaban hechas de otras cuerdas, trenzadas entre sí.
Ovillos de cuerdas, incluso, si alzabas la vista.
Y largas y finas cuerdas rojas si la sumergías en ti.
Cuerdas en todos sitios.
Unidas en un inicio, pero que van soltando, con el tiempo.
Cuerdas gastadas por el roce.
Ancianos a puntos de caer, deshilvanados.
Y un gran número de seres que se amarran a otros
como si eso pudiese salvarlos.
De vez en cuando, incluso, alguien hurga en sí mismo
queriendo encontrar algo más.
Creyendo hacerlo, probablemente,
y cayendo en el engaño.
Cuerdas en todos sitios.
Luz que cae, hecha de cuerdas.
De vez en cuando algún nudo, pero nada más.
Cuerdas en todos sitios.
Realmente en todos sitios.
Aquí, incluso, si quieres ver.
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