sábado, 14 de marzo de 2026

La tristeza del viajero.



El taxista que nos llevó desde el aeropuerto nos entregó una gran cantidad de pequeños folletos de distintos servicios.

La mayoría eran de hoteles, circuitos turísticos, restaurantes, tiendas de souvenirs… cosas de ese estilo.

El único que me sorprendió de entre todos ellos, fue uno que ofrecía un servicio de apoyo emocional profesional para personas “en tránsito”.

Me sorprendió principalmente porque hablaba de combatir un “mal” del que no había escuchado nada antes: la tristeza del viajero.

En el mismo folleto, por cierto, se daba a entender que era una especie de síndrome que sufrían algunos viajeros durante sus viajes, pero no se detallaba nada en especial.

-¿Has escuchado hablar de la tristeza del viajero? –le pregunté a C., mostrándole el anuncio.

Ella dijo que no, pero al parecer se interesó pues escaneó un código y pasó varios minutos viendo un video explicativo.

-Me parece que tiene que ver con la angustia de elegir –me dijo C., luego de un rato-. Al parecer mientras estás en un lugar sientes cierta tristeza por no estar en otro… ya sea por no haber escogido un destino distinto, o por no estar en el lugar de origen… y entonces como que pierde sentido, y se te hace más pesado todo…

-¿Por eso sale un dibujo de un hombre cargando esa maleta inmensa? –pregunté, haciendo referencia a una imagen en el folleto.

-Sí -me contesto-. De hecho en el video se utiliza una expresión extraña, como del agotamiento que se produce por cargarse uno mismo y no saber “llevarse puesto”… O sea, más o menos así se podría traducir…

-¿Pero crees que alguien solicitará a ese servicio? –le dije ahora-. A mí me parece ridículo que una persona, luego de viajar, gaste sus días de vacaciones en una especie de terapia que se produce justamente a partir de ese viaje…

-Puede ser –aceptó C.-, pero de todas formas si lees algunos de los otros anuncios todos promueven algo un poco absurdo o que podría cuestionarse, dependiendo del punto de vista…

Yo asiento, algo incómodo. Sin ganas ya de continuar con aquel tema.

-¿Elegimos un restaurant para ir esta noche? –pregunta C.

-De acuerdo –digo yo.

-Mira, yo estaba pensando en este… -dice ahora, extendiéndome uno de los folletos-. Se ve bonito… ¿No crees que se parece un poco a ese que fuimos una vez en L., cuando recién llegamos?

-Es cierto –digo yo-. Se parece.

-¿Entonces vamos a ese, esta noche?

-Claro… vamos a ese.

Ella se acerca y me abraza, alegre, todavía con algunos folletos en las manos.

-¿Todo está bien? –me dice-, ¿verdad?

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