I.
F. se encuentra un encendedor, junto a una roca.
La roca estaba a la orilla de un lago, que ella visitó.
Yo debía haber ido con ella, pero al final no fui, aunque hablamos por teléfono casi todos los días.
Hace dos me contó que encontró el encendedor.
No es muy común, me dijo, y es bonito… ¿quieres que te mande una foto, para que lo veas?
Yo le digo que sí, si quiere.
Tal vez me faltó entusiasmo en mi respuesta, porque finalmente no me la envió.
II.
Ayer le pedí disculpas a F., por mi falta de entusiasmo.
Ella no entendía a qué me refería.
-Cuando me dijiste lo del encendedor… -le expliqué.
Ella ríe.
Luego me dice que no fue por eso que no me la envío, sino que cuando llegó a su habitación esa noche, se dio cuenta que el encendedor no funcionaba.
-¿Y? –le pregunto.
-Que si no enciende no es un encendedor –me dijo.
-¿No encontraste un encendedor, entonces? –le pregunto.
-No –dice ella, con cierta tristeza-. No encontré un encendedor.
III.
Acabamos de hablar, hace un par de horas.
Me pide que le cuente sobre mi trabajo, porque dice que no tiene nada que contar.
Entonces digo algunas cosas por cumplir… quejas, más que nada.
Pequeñas decepciones, supongo.
Nada tan grave en todo caso, como para no contarlas con cierta alegría.
O con cierto buen humor, al menos.
Como la noto muy callada, le pregunto si está ahí, o si le pasa algo.
Ella no contesta, pero sospecho que está ahí.
Poco después la llamada se corta.
Hace unos minutos, sin embargo, me envía la imagen de un objeto pequeño, muy extraño.
Es como un adiós, de cierta forma, intuyo.
O eso al menos creo yo.
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