Trabajé una vez en un casino.
Me pagaban por participar de algunas mesas de juego, sin decir que era parte del staff.
En realidad no era muy bueno, pero mi participación le daba otra opción para que la casa se quedara con el triunfo.
Además de una suma fija, en el trabajo me habían prometido un mínimo porcentaje si lograba ganar unas partidas.
No era un mal trabajo –además tenía alojamiento, comida, traslados, ropa-, pero tuve la mala suerte que un día en que un mago hizo un show, me solicitaron salir de voluntario para un truco.
Era uno de esos trucos en que te meten a una caja y luego te cortan en pedazos.
En teoría, yo solo debía ofrecerme, subir al escenario, meterme en una especie de ataúd y estar tranquilo mientras el mago se las arreglaba para hacer el truco.
El problema fue que desde el punto de vista que tenía, logré ver como separaban mis piernas y ponían mis pies frente a mi cara.
Por la posición, era imposible que así fuera, pero reconocí en los zapatos que estaban frente a mí, una pequeña marca en la suela que me había hecho con pintura amarilla.
Eso me impactó y recuerdo que me congelé en aquel sitio.
Escuché los aplausos y observé como el tipo volvía a poner las cajas en su sitio y luego las abrió.
Entonces me invitó a ponerme de pie y bajar del escenario.
Lamentablemente, no pude hacerlo.
O sea, me puse de pie, pero sentía que algo había pasado.
Tenía miedo de dividirme si daba algún paso.
La situación se fue complicando y al final tuvieron que hacer una pausa y subieron hasta una silla de ruedas para trasladarme.
Horas después, un tanto más recuperado, me informaron que solo trabajaría hasta ese día.
Dijeron que había llamado demasiado la atención y que era peligroso que siguiera trabajando para ellos.
El mago, por cierto, solo logró hacer esa función, pues también fue cesado por no saber manejar mejor la situación.
Era un pakistaní que no hablaba español, de apellido Hanif.
Intenté averiguar más sobre él, pero no obtuve resultados.
También pregunté a los encargados del escenario y resultó que nadie le había ayudado con maquinarias ni elementos para realizar los trucos.
Trabajaba solo, fue lo único que me dijeron. Nadie lo ayudaba.
Por meses, luego de aquello, seguí con la sensación de haber sido cortado y rearmado sobre ese escenario.
De hecho, a veces hasta pienso que se quedó alguna parte de mí en una de esas cajas.
Algo que no extraño.
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