miércoles, 11 de marzo de 2026

Todo comenzó con una silla antigua.



Todo comienza con una silla antigua.

O más bien, con el prototipo de una silla antigua.

Ahora que lo escribo, sin embargo, siento que suena grandilocuente decirlo así.

No lo de la silla, sino lo del “todo”, que inicia la oración.

Me refiero a que uno no habla realmente del “todo”, sino de un segmento breve, incapaz siquiera de imaginar el todo en el que está contenido.

Como sea, el caso es que Eero Saarinen diseña junto a otro arquitecto, una silla que es premiada y alabada por numerosos empresarios y artistas estadounidenses, que aseguraron su producción.

Sin embargo, bastantes años antes de ese premio, Saarinen había hecho a solas el prototipo de esa silla, el cual había enviado a un taller en Kirkkonummi, la ciudad finlandesa en la que él había nacido, para que la construyeran según sus indicaciones.

Ese prototipo, por cierto, se encuentra en una especie de museo –un hostal antiguo en realidad, con cierta galería de objetos en exhibición-, en la península de Porkkala.

Es uno de los dieciocho objetos que se exponían en el lugar, nada más.

Esto me lo contó un amigo que la fotografió y la publicó como parte de una nota en que hablaba sobre el rechazo de la simetría forzada en el diseño de Saarinen, que se publicó en una revista de arquitectura alemana.

Conocí la nota y las imágenes, por cierto, ya que este amigo me las envió antes de publicarlas, para que les diese una mirada.

Luego que se publicara –meses después en realidad-, me enteré que mi amigo seguía en Porkkala, viviendo en las ruinas de una base naval soviética que existía en el lugar.

-Vive muy poca gente por acá –me dijo un día en que hablamos, justo cuando cumplía tres años viviendo en aquel lugar-. Eso sí, vienen muchos visitantes para observar aves migratorias. Cuando vienen hablo con ellos y luego escribo notas que intento vender a algunos medios.

Hablamos esa vez de varias cosas hasta que recordamos sobre el prototipo de la silla y me contó que había ocurrido una desgracia.

-Una visitante danesa se subió a la silla y se colgó en el lugar –me dijo-. Tuvieron que clausurarlo y no han vuelto a abrirlo. Y eso que fue hace más de un mes. Creo que la mujer trabajaba en el análisis de unas pinturas rupestres bien famosas, que están cerca de un lago...

Sigue contándome así una serie de cosas hasta que de pronto me dice que me logró conseguir trabajo allá.

-Es para un proyecto de antología poética rural… -me dice-. Hay unos españoles que están viviendo acá y que ganaron un fondo para desarrollar el estudio y la antología. Hablé con ellos y un día, de pura casualidad, uno de ellos comentó algo sobre un conocido chileno, que resultaste ser tú y me dijo que te ofreciera el puesto.

-¿Para eso llamaste? –le pregunté.

-Sí, él me pidió que lo hiciera pronto. Quería que les diera tu contacto directamente, pero quise hablarte yo primero… Ha sido un poco enrevesado todo, pero así son las cosas, el tipo al que reemplazarías era la pareja de la danesa que se colgó saltando desde lo alto de la silla de Saarinen… y decidió finalmente no participar… ¿les digo que te llamen?

Me demoro en contestar.

-No sé –le digo-. La verdad es que me asusta la forma que tomó la historia…

-Sí –me dice, riendo-. No es muy simétrica, una cosa lleva a la otra y se dio así, nada más.

-Siento que si voy a hacer eso y luego regreso, seré un poco como esas aves migratorias –le digo-. Y no quiero ser un ave migratoria.

-¿A qué te refieres?

-Siento que me queda solo un sitio donde ir –le confieso-. Y ni siquiera me siento listo como para partir hacia allá.

Hablamos un rato más, evitando profundizar en cualquier otro tema.

Antes de despedirnos, él me pregunta qué puede decirles a los españoles.

-Dile que no me llamen –respondo.

-¿Nada más?

-Exacto -le digo-. Nada más.

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