Hice una lanza.
Aún sin saber dónde clavarla, hice una lanza.
Detallaría los pasos, pero supongo que no hay para qué.
Así y todo, saqué fotos mientras la hacía, por si había necesidad de repetir el proceso.
Tras mirarlas, debo reconocer que solo en las últimas imágenes, parece realmente una lanza.
Y recién entonces, si la miras, comienzas a preguntarte el principal para qué.
Yo mismo, si soy sincero, me lo pregunté recién en ese entonces.
Cuando terminé de fabricarla, me refiero.
O más preciso aún: cuando la empuñé y observé la punta y el filo.
Y es que fue entonces cuando descubrí que la carne que debía ser herida no estaba a mi misma altura.
Y practiqué golpes en diagonal, cada día, apuntando siempre hacia lo alto.
No con verdadero ahínco, lo reconozco, pero la técnica igualmente mejoró a base de repeticiones.
Tanto mejoró que un día, mientras practicaba, sentí que la punta de la lanza había desgarrado algo.
Asustado, retiré la lanza rápidamente, y cerré instintivamente los ojos, para no enterarme de aquello que había herido.
No hay grito, pensé, pero sabía que el daño estaba hecho.
Luego, en vez de soltarla, mis manos se aferraron más fuerte a la lanza.
Sé lo que hago, pero no para qué, dije entonces, todavía sin abrir los ojos.
Y supe que era tarde, sin duda, para fingir inocencia.
O algo así.
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