-Es por el papeleo –me dijo-. Siempre es por el papeleo.
-¿Qué papeleo? –le pregunté.
-Pues el papeleo, ¿cómo es que no entiendes? –lanzó, molesta.
Yo guardé silencio.
La observé.
Ella me miraba, con expresión de fastidio.
-¿No vas a decir nada? –dijo entonces-. ¿Vas a decir que no entiendes de qué hablamos?
Juro que quería entender de qué hablaba, pero no podía.
O sea, sé a qué nos referimos con aquello del problema del papeleo, pero no entendía de que hablaba, en particular.
Quise explicárselo, pero no sabía cómo decírselo sin que se molestase todavía más.
-¿Y…? –insistió-. ¿No vas a decir nada?
Ante la insistencia, me decidí por fingir seguridad.
-Tienes razón –le dije-. Siempre es por el papeleo. Papeleo de mierda…
-¿Por qué de mierda? –me interrumpió, todavía molesta.
Intenté improvisar.
-Ya sabes… -dije-. Digamos que es por acumulación. Papeleo más papeleo más papeleo es igual, bueno, a un montón de papeleos y luego un montón de esto, pues bueno… suele ser una mierda… y claro, más aún cuando no podemos ponernos de acuerdo y terminamos molestos por culpa del papeleo ese…
-¿Y el culpable de la molestia es el papeleo, dices tú? –me preguntó ahora.
Busqué su mirada antes de responder. Quería adivinar si quería que le respondiese afirmativa o negativamente. Al final no me decidí.
-Sí y no –le dije, para asegurar-. Pero es más o menos como tú crees. Aunque claro, el papeleo no suele venir solo…
-Es cierto –dijo ella, luego de una pausa. Parecía más calmada-. Cada papel que forma parte del papeleo está lleno de palabras…
-Es cierto –dije yo.
Ella hizo una pausa. Parecía reflexionar sobre lo que hablábamos.
-Entonces son las palabras… –dijo entonces, como si pensase en voz alta-. No es el papeleo sino las palabras.
Yo asentí.
Nos miramos.
-No perdamos tiempo –dijo entonces, poniéndose de pie.
Y claro, yo no comprendí del todo, pero también lo hice.
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