viernes, 28 de agosto de 2026

Un buen día para reparar el daño.


I.

Algunos pensaron que hoy sería un buen día para reparar el daño.

Se los escuché decir, con desesperación, como si intentaran mentirse con una solución sencilla, pensando que todavía aquello era posible.

-Habría que apagar el sistema –dijo uno.

Y su ingenuidad, por supuesto, fue suficiente para desencadenar el caos.


II.

Reparar el daño.

Lo he escuchado tantas veces como los buenos días.

No es que me lo digan a mí, pero se nota que la frase anda siempre por ahí, en el aire.

Inútil como todo aquello que busca escarbar en lo ya sucedido, no sé bien para qué.

Además, ¿qué queda si reparas el daño?

¿Para qué sirve?, quiero decir.

Y el daño de quién.


III.

Imagino algo así como un taller mecánico.

Y en él, un grupo de tipos en overol que aguardan en la puerta esperando a que les hables.

Hola, les dices, he venido aquí porque me han dicho que ustedes saben reparar el daño.

Y claro, ellos te observan dispuestos a fingir que realizan el trabajo y a cobrarte, con expresión amable.

Con todo, tú sabes que te tratarán de engañar, así que entiendes eso como una especie de trato justo.

¿Se lo reparamos a usted o quiere que se lo reparemos a alguien más en nombre suyo?, preguntan.

Tú observas y lo piensas un poco, sabiendo que digas lo que digas esto se trata de un juego, simplemente.

Y es que siempre se trata de un juego, en el fondo.

Que ni ellos pueden, quiero decir, reparar el daño.

Que nadie.

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