jueves, 20 de agosto de 2026

Un niño demasiado alto.


Por ese entonces llegó a mi clase un niño demasiado alto.

Ya había tenido niños altos, previamente, pero este se escapaba del promedio un poco más y comenzaba a volverse problemático.

Debía agacharse, por ejemplo, para no chocar con el umbral de entrada.

Además, para hablar conmigo o con los compañeros se curvaba peligrosamente.

Así y todo, no tuvo mayores problemas al ingresar al curso y los compañeros lo trataron de buena forma.

Como si hubiese tenido una estatura normal, me refiero.

De hecho, recuerdo haber comentado con otros profesores sobre él, y sobre cómo los niños parecían no sorprenderse de su altura.

Lo que pasa es que nuestros estudiantes son buenos, recuerdo que dijo una colega. No hacen bullyng. Se tratan bien.

La profesora jefe, que atendió a la madre de este alumno, nos contó que era una mujer delgada, casi bajita, y que trabajaba de actriz.

Comentó que ahora mismo estaban montando una obra de Rafael Alberti.

Me intrigué con lo de la obra de Alberti pues solo había leído poesía suya y un día se lo pregunté directamente al niño demasiado alto.

Él me dijo que no sabía el nombre de la obra, pero que su madre hacía el papel de una mujer que parece se había enamorado de un toro.

Pocos días después, recuerdo, el niño aquel tuvo una fractura de gravedad tras sufrir un accidente en clase de educación física.

Todos concluyeron que la altura, ciertamente, había incidido en dicho accidente.

Se debe ser más débil, se atrevió a decir un profesor bajito, teniendo aquella altura.

Fue entonces que hablamos sobre las dificultades y peligros a los que podía verse sometido este chico a partir de los tamaños estándares de nuestro colegio.

Si fuese alto no hay problema, dijo una inspectora, pero es demasiado alto.

Semanas después, ya de regreso en el colegio, el estudiante alto comentó que se iría del país en pocos días, así que dejamos de preocuparnos del asunto.

Él se iría a vivir con una abuela, a España, y su madre se iría de gira con la compañía de teatro con la que trabajaba.

Los compañeros de curso pidieron permiso para hacer un desayuno de despedida, cuando se enteraron.

Se los dieron.

Yo también estuve invitado.

No salió muy bien, pues varios no trajeron nada para compartir, pero al menos cumplió su objetivo.

El niño demasiado alto se tuvo que sentar en una silla para abrazarse y despedirse de todos.

Yo les saqué la última foto, recuerdo, por lo que no salí en ella.

Esa es la estrategia que uso, casi siempre, para no salir en las fotos.

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