domingo, 16 de agosto de 2026

Una carpeta con cientos de dibujos.


Ella tiene una carpeta con cientos de dibujos.

Una carpeta gruesa en la que ya no parecen caber más.

Son dibujos en blanco y negro, aparentemente sencillos.

Todos similares, entre sí.

En cada uno de ellos, podemos observar un hombre y una mesa.

Distintas mesas, por cierto, y distintos hombres.

La mayoría de ellos sin semblantes ni rasgos específicos.

Hombres simplemente sentados frente a las mesas.

Mesas vacías, por cierto, y hombres que apoyan sus manos sobre ellas.

Manos separadas casi siempre.

Independientes, casi, unas de otras.

La posición del hombre tiene variaciones entre uno y otro dibujo.

A veces está sentado recto, otras inclinado o derechamente cabizbajo.

También la apariencia física del hombre varía entre dibujos.

A veces parece más alto, más viejo o hasta más corpulento.

Por lo mismo, es justo suponer suponer que no es siempre el mismo hombre.

La mesa, sin embargo, parece ser siempre la misma.

Misma altura, mismo grosor de patas… mismo vacío en su superficie.

Parece fija, incluso, como si fuese parte de la hoja sobre la que se desarrolla luego el dibujo.

No es una historia, me dice, cuando me descubre mirando los dibujos.

Yo me sorprendo y levanto la vista.

No hay secuencias, dice ahora. Nunca nada es una historia.

Yo asiento.

Vuelvo a guardar los dibujos en la carpeta, lentamente, esperando a que ella diga algo más.

Cuando termino, siento que debo decir algo, pero no sé bien qué.

Ella toma entonces la carpeta que he dejado sobre la mesa y se la lleva al cuarto.

Y yo quedo ahí, sentado, esperando que ella regrese o que ocurra algo.

No sé hace cuánto tiempo ya.

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