lunes, 31 de agosto de 2026

Todo va a estar bien.


Una serpiente ha mordido mi talón y no lo suelta.

Yo la observo morderlo y como no duele, dudo por un momento que ese sea mi talón.

Entonces, para comprobarlo, busco seguir la línea del talón y compruebo que se conecta con mi pierna y que esta, por supuesto, está conmigo.

Tal vez no me duele, pienso entonces, justamente porque la serpiente me ha inyectado una especie de sedante.

O tal vez, peor aún, un veneno mortífero con efecto sedante.

Pensando en eso es que intento mover el pie, para que la serpiente suelte el talón y decida marcharse.

Extrañamente, la extremidad que responde es la que no está siendo mordida, por lo que me desequilibro al hacerlo y debo sujetarme para no caer.

Siento un sabor dulce en la boca, cuando vuelvo a equilibrarme.

Es como si me lo hubiesen dado de premio, tras tambalearme y no caer.

Como la serpiente aún no suelta mi talón pienso que tal vez lo que está ocurriendo haya cambiado también mi percepción del tiempo.

Pienso más rápido que de costumbre y apenas ha transcurrido un par de segundos, desde que mordió.

Observo el entorno y compruebo que es cierto, pues un pájaro está volando lentamente, como suspendido en el aire.

Igual si el veneno adormece, el tiempo se detiene y llega un dulzor tan agradable, no es en modo alguno el peor de los venenos, me digo.

Todo va a estar bien.

domingo, 30 de agosto de 2026

Fuera de la ciudad.


I.

Pasamos por fuera de la ciudad.

Nunca entramos.

La observábamos sí, cuando la rodeábamos, pero nunca dimos un paso en ella.

Elegimos siempre caminos que la rodeaban.

Que servían de bordes casi, para delimitar su forma.

No es que le temiésemos, pero preferimos permanecer al margen.

Observarla desde fuera y escuchar su voz, que no se dirigía a nosotros.

Era como un animal, la ciudad.

Un animal quieto.


II.

No es tan seguro como parece, estar fuera de la ciudad.

O no es una ventaja, más bien.

Por ejemplo, cuando queremos decir dónde estamos, por ejemplo, no tenemos puntos de referencia propios.

Solo decimos que estamos fuera.

Además, los bordes de la ciudad no son fijos todo el tiempo, y a veces se desplazan un poco y se acercan a ti, si te descuidas.

Por lo mismo, debemos dormir bastante lejos, y con cuidado, si queremos permanecer libres.

O al menos fuera.


III.

Aunque estemos fuera, miramos siempre la ciudad.

Sabemos que hay otras, pero nosotros estamos fuera de esta, en específico.

A veces, me pongo a leer de cara a la ciudad, y los libros de cierta forma parecen hablar de ella.

Así, llego a pensar que la comprendo, de vez en cuando, mientras la observo crecer.

Y me emociona verla, entonces, tan grande y poderosa, pero sabiendo tan poco de sí misma.

Si un día voy a ella, me digo, llevaré antorchas encendidas, y será para no volver.

Ella espera, por cierto, y finge que no sabe.

sábado, 29 de agosto de 2026

La mecánica de la fractura.


Es cierto, no lo niego, en ese entonces tirábamos piedras a los vidrios.

Las arrojábamos a ventanas, quiero decir.

Lo hacíamos cuando íbamos a la playa, contra las ventanas de unas casas que parecían abandonadas.

Y es extraño, ahora que lo recuerdo, ya que, aunque las supiéramos abandonadas, igual corríamos.

Arrancábamos, quiero decir, luego de romper algún vidrio.

Fue en uno de esos días que recuerdo haberme enfrascado en una discusión estúpida.

Esta se había originado a partir de la forma en que verbalizábamos lo que le habíamos hecho a las ventanas.

Recuerdo que algunos decían que las piedras atravesaban el vidrio, mientras que otros decían que las piedras se estrellaban contra ellas, quebrándolas.

Y claro, como ya desde ese entonces yo pasaba entre libros quisieron que yo dirimiera la disputa.

-Todo tiene que ver con la mecánica de la fractura –dije entonces, inventando un poco y parafraseando un libro de física que había leído antaño.

Luego empecé a mal usar una serie de conceptos que me sonaban de aquel libro, aunque mi explicación, ciertamente, no debe haber estado muy fina.

-En parte depende del límite de resistencia a la tracción del vidrio en oposición a la fuerza de impacto –dije-, y al cambio de trayectoria que siga la piedra lanzada… También está el asunto del tipo de fisuras con que se propaguen las fracturas, que pueden radiales o concéntricas y luego…

El primer piedrazo me llegó en el cuello, recuerdo, interrumpiendo mi explicación. Luego me cubrí la cabeza y otro me impactó en una rodilla.

No sé si alguien me defendió o todo se volvió simplemente un caos, pero lo cierto es que de pronto todos se estaban lanzando piedras entre sí, así que yo también arrojé alguna que le rebotó a otro en la cabeza.

Seguimos así un buen rato hasta que nos fijamos que uno de nosotros estaba tendido en el piso desde hacía un rato.

Algunos fueron a verlo y comprobaron que todavía podía moverse, aunque le sangraba la frente.

En eso estábamos cuando llegaron un par de carabineros y nos hicieron formar a todos, junto al auto policial.

Incluso el que estaba tendido en el piso terminó levantándose y poniéndose en la fila.

Nos golpearon con un palo y luego de retarnos un buen rato, nos dijeron que bastaba con que se quedara uno, para la declaración, y que los otros podían regresar a sus casas.

Por supuesto, me eligieron a mí para que me quedara. Dijeron que yo podía explicarlo mejor.

-Lo que pasó es que estábamos discutiendo sobre la mecánica de la fractura… –recuerdo que alcancé a decir, antes que me llegara un golpe.

Luego de esto los carabineros se miraron entre sí.

-¡Ándate de acá, hueón…! –me gritaron-. ¡Ahora...!

Entonces yo corrí tan fuerte como pude en dirección a casa.

Mientras lo hacía, pensaba qué pasaría si me encontraba de golpe con algo.

Probablemente lo atravesaría, me dije, sin parar de correr, aunque por otro lado…

viernes, 28 de agosto de 2026

Un buen día para reparar el daño.


I.

Algunos pensaron que hoy sería un buen día para reparar el daño.

Se los escuché decir, con desesperación, como si intentaran mentirse con una solución sencilla, pensando que todavía aquello era posible.

-Habría que apagar el sistema –dijo uno.

Y su ingenuidad, por supuesto, fue suficiente para desencadenar el caos.


II.

Reparar el daño.

Lo he escuchado tantas veces como los buenos días.

No es que me lo digan a mí, pero se nota que la frase anda siempre por ahí, en el aire.

Inútil como todo aquello que busca escarbar en lo ya sucedido, no sé bien para qué.

Además, ¿qué queda si reparas el daño?

¿Para qué sirve?, quiero decir.

Y el daño de quién.


III.

Imagino algo así como un taller mecánico.

Y en él, un grupo de tipos en overol que aguardan en la puerta esperando a que les hables.

Hola, les dices, he venido aquí porque me han dicho que ustedes saben reparar el daño.

Y claro, ellos te observan dispuestos a fingir que realizan el trabajo y a cobrarte, con expresión amable.

Con todo, tú sabes que te tratarán de engañar, así que entiendes eso como una especie de trato justo.

¿Se lo reparamos a usted o quiere que se lo reparemos a alguien más en nombre suyo?, preguntan.

Tú observas y lo piensas un poco, sabiendo que digas lo que digas esto se trata de un juego, simplemente.

Y es que siempre se trata de un juego, en el fondo.

Que ni ellos pueden, quiero decir, reparar el daño.

Que nadie.

jueves, 27 de agosto de 2026

El día había comenzado tan bien.


Ella lo dijo con un tono extraño y sin mirar directamente a nadie.

¡El día había comenzado tan bien…!, fue lo que dijo.

Tras escuchar la frase y observar su actitud, me costó un rato comprender que aquella expresión era en el fondo una queja.

¿Y qué pasó luego?, pregunté.

Ella, en silencio, me observó, y yo imaginé que quería entregarme telepáticamente una respuesta.

Me esforcé por escucharla, de hecho, pero lo cierto es que en mi mente no hay nada inteligible desde hace un tiempo.

Mientras, los otros que estaban en el cuarto se acercaron a mí, ignorándola a ella por completo.

Quedaron a apenas unos pasos.

Quédese tranquilo, me dijeron, extendiendo sus brazos, como si quisieran calmarme. Usted mismo lo ha dicho, el día ha comenzado bien…

Qué mierda, pensé. Estos tipos se confunden. Escucharon mal y ahora se muestran preocupados por mí… ¿Acaso no entienden que…?

Vuelven a hablar. Uno de ellos me dice que deje algo en el suelo. No sé a qué se refiere. Supongo que cargo un libro, como siempre. No sé en qué puede molestarles.

Ustedes se confunden… les digo. Ella dijo que el día comenzó bien, pero algo más quiere decir… Siempre apunta a algo más y no lo dice…

Estoy nervioso. Mientras hablo tiemblo un poco y dejo caer algo de mis manos. Se golpes en el piso. Debe haber sido un libro pesado, de tapas duras. Tal vez era El rey Pálido, de Foster Wallace.

Ella está tras ellos ahora, desvaneciéndose un poco.

Me siento en el piso. Decido cerrar los ojos. Antes que desaparezca por completo, prefiero cerrar los ojos.

Quiero que vuelva a decirlo, antes de despertar, me dicen. Sin trampas.

Y claro, yo lo diría, pero no sé realmente a qué se refieren.

El día recién comienza... dicen ahora. 

Por favor. No nos lo haga más difícil...

miércoles, 26 de agosto de 2026

Un loro que se llamaba Oscar Wilde.

"No parecía una sola historia,
era como si dos textos 
y al menos dos estilos,
se hubiesen entremezclado"
O. W.

Una amiga tenía en su departamento un loro que se llamaba Oscar Wilde. Andaba suelto por el lugar y de pronto se te posaba en un hombro y podía sorprenderte. Decía algunas palabras sin sentido, pero que le hacían gracia a quien lo oyera. Hablo del loro, por cierto, no de mi amiga. Fue entonces que, una mañana, luego de haber pasado la noche ahí, el loro se posó de improviso sobre mí y yo sin pensarlo lancé un golpe que lo arrojó fuertemente al piso. Cuando me acerqué a verlo vi que estaba tieso y parecía tener el cuello doblado. Lo toqué e intenté mover, pero no hubo respuesta. Mi amiga, por cierto, todavía dormía. Sin pensarlo muy bien decidí que era mejor deshacerme del loro. Lo tomé desde las patas y lo metí en un envase de papas fritas, vacío. Luego apreté el envase y lo metí al fondo del basurero, en la cocina.

-¿Estás limpiando un poco? –preguntó mi amiga, desde el dormitorio.

Yo contesté que sí.

-No es necesario –dijo ella-. No te preocupes.

Yo me dediqué entonces a recoger otras cosas y lavé unos platos.

Todavía pensaba cómo llevarme la bolsa de basura, cuando ella apareció en la cocina.

Fue entonces que, mientras preparábamos el desayuno, descubrí que estábamos diciendo unas frases que estaba seguro de haber leído tiempo atrás.

-¿Dónde? -me preguntó ella, luego que le expliqué mi sensación.

-No sé bien –le dije-. Puede ser en una novela gráfica de Alison Bechdel.

-Pues ya sabes –dijo ella-. La vida imita al arte mucho más que…

-No quiero hablar de eso –interrumpí.

Ella me observó en silencio, con una expresión que revelaba tanto molestia como decepción.

Terminamos así de desayunar, sin apenas hablar, incómodos.

Cuando nos despedimos, minutos después, ella notó que la puerta del departamento había quedado abierta la noche anterior.

-Ojalá no falte nada –le dije, cuando me iba.

Ella arrugó la frente y miró a su alrededor.

-No creo –dijo.

Luego cerró la puerta, y yo me dirigí al ascensor.

Recuerdo que estaba abierto, detenido en el piso en que me encontraba, como si me estuviese esperando.

martes, 25 de agosto de 2026

Planos no, instrucciones.


I.
Una torre que se ha construido desde dentro, desde fuera se muestra como no terminada y desprolija. Desde dentro, sin embargo, tiene buen aspecto y cumple su función. Imagínala sencilla, casi como un bloque. Sin entradas ni salidas, quiero decir, y algunas rendijas en lo alto. Construirla es posible, aunque no lo parezca. Habitarla, por ende, también.


II.
Dos hileras de casas pequeñas. Bien construidas, ciertamente, pero que parezcan no terminadas. Una frente a otra, pero con un espacio intermedio irregular, para alejar la idea de que son hileras paralelas. Luego, en cada hilera, todas las casas habitadas, menos una. Esa casa –en cada hilera-, debe parecer mejor terminada que las otras. No estéticamente mejor, pero con menos cosas pendientes. No importa la ubicación dentro de la hilera, pero hay que procurar que no estén en uno de los extremos, eso sí.


III.
Una iglesia que haga dudar a quien la vea si realmente es una iglesia. No una construcción que parezca en parte una iglesia, sino una iglesia que no lo parezca del todo. Lo principal es que provoque el cuestionamiento de quien se acerque a ella y lo haga detenerse, antes de entrar. Y que provoque tanta duda que, idealmente, haga volver al observador sobre sus pasos sin llegar nunca a adentrarse en ella. Una construcción hecha para estar vacía, en resumen. O casi vacía. Ese es el objeto, si lo piensas.

lunes, 24 de agosto de 2026

Todos esos dientes.


Hileras tras hileras, supones, aunque no se ven muy bien. Tampoco los sientes, de hecho, salvo que la rabia los revele. Una vez, sin embargo, escarbando bajo la piel, encontraste uno. Entonces decidiste pensar que era el primero. Indagaste un poco más y descubriste que era filoso hasta cierto punto y que estaba bien sujeto. Luego fuiste a una urgencia y lo intentaste explicar. Directamente, para evitar desvíos. Hurgando en la herida encontré un diente, les dijiste. Luego les mostraste. O intentaste hacerlo, al menos. Y claro, no te tomaron muy en serio aquella vez, aunque al menos sellaron la herida. Aun así no te quedaste tranquilo. Y es que ya sabías que había un diente dentro. Sin herida incluso, lo sabías. Además, si había uno ahí bien podría haber otros, fácilmente. Un gran número de ellos, incluso, y probablemente en varios sitios. Imposibles de ver, por supuesto, pero estaban ahí. Ocultos de la vista, pensabas, mientras observabas la piel. Tu piel. Bajo los ojos, incluso. Tan filosos como el que ya habías descubierto, pero escondidos en algún órgano o en algún tejido blando, pensabas. Dientes listos para morder si es necesario. No importa qué. Ni cuándo. Aunque sea desde dentro. Tal vez, si me olvido, todos esos dientes desaparecen, intentaste repetir como un mantra. Sin resultados, por supuesto. Todos esos dientes dentro tuyo y nadie sabe, dice entonces una voz, extraña. Tranquilo. Tal vez yo sea aquella voz.

domingo, 23 de agosto de 2026

Un cigarrillo no se consume solo.


I.

Un cigarrillo no se consume solo.

No se consume solo, aunque esté encendido, quiero decir.

Es normal creer que sí y recordar imágenes o algunas situaciones, pero te invito a comprobarlo si crees que miento.

Me refiero a que enciendas uno, des una primera bocanada incluso y luego lo dejes así, sobre un cenicero.

Puede demorarse un poco en apagarse y hasta disminuir un poco, lo admito, pero consumirse por completo es algo que no ocurre.

Aun así, puedes encontrar información diciendo lo contrario y hasta dando tiempos en que el cigarro supuestamente se consume.

Diez a quince minutos, escriben.

Ellos mienten.


II.

Una vez vi cómo intentaban prenderle fuego a un hombre.

Lo rociaron con bencina y luego lo encendieron.

Y sí, la ropa del hombre se prendió, pero el hombre logró quitársela y sobrevivió sin mayores inconvenientes.

Admito sin embargo que, durante el proceso, probablemente el hombre se chamuscó el cabello.


III.

Para comprobar lo de los cigarrillos hice al menos veinte intentos.

No todos con el mismo tipo de cigarrillos ni en el mismo ambiente, y en todas ocurrió prácticamente lo mismo.

A los que me preguntaron, mientras me vieron encenderlos, les dije que lo hice porque sí, simplemente.

Quiero decir que no discutí sobre eso con nadie ni tampoco fue por aclarar alguna inquietud científica.

Es mi forma de consumirme, simplemente, y me gustaría recalcar que tengo derecho a hacerlo.

Ya puede alguien, si quiere, comenzar a tomar el tiempo.

sábado, 22 de agosto de 2026

Un gigante en una escena.


En una escena de una obra teatral francesa, escrita a mitad del siglo pasado, aparece un gigante.

En el escenario solo se le ve un pie y escuchamos su voz, mientras otros seres duermen sobre el piso.

El gigante no hace alusión a nada externo; solo habla de las desgracias de ser quién es y se lamenta de su existencia.

Destaca la queja por la soledad, en sus lamentos, pero también la del miedo. Un miedo constante y absurdo, según señala el mismo personaje.

Dice esto pues señala que le inquietan los seres más pequeños, que se cruzan rápidamente entre sus pies y aparentemente siempre saben dónde van.

Y es que uno apenas puede moverse, se queja el gigante, sin destrozar el entorno.

Y moverse entonces sin estar seguro del porqué y el hacia dónde, explica, pasa a generar culpa.

De eso se queja el gigante, mientras permanece quieto.

Si sigo así me voy a transformar en montaña o en árbol, dice poco después, como ocurrió con los otros.

Luego de unas cuantas frases más el gigante se calla y los personajes que se han levantado y ahora caminan sobre el escenario, comienzan a hablar.

Nadie parece percatarse del pie gigante, que permanece entre ellos.

De hecho, la obra sigue como si nada, sin referencia alguna al pie que está ahí, quiero decir, hasta que llega  de pronto el final.

Las luces se apagan.

Comienzan a escucharse los primeros comentarios.

No es del todo una mala obra, dicen.

viernes, 21 de agosto de 2026

Funerales.


Más de doce funerales ese año, se quejaba. Incluso más de uno al mes. Como no parecían tomarla en serio comenzó a dar nombres. Fechas. Tomó una servilleta e hizo listas. Catorce, contó, luego de un rato. Catorce en once meses. Catorce a los que debió asistir. Tuvo que comprar ropa, incluso, para no repetirse. Mostró fotos. El traje gris, mostró. Con cuadritos pequeños. Dos piezas. Tal vez demasiado ajustado. Una vez usó una chaqueta extra encima y parecía otro. Le gustaba esa combinación. En algunos funerales se encontró con familiares que no veía desde hacía años. Había muchos mayores en la familia, así que todo eso era esperable, después de todo. También el barrio donde vivía estaba lleno de adultos mayores. Había dos vecinos, de hecho, entre los catorce. Se sintió obligada a ir a esos, explicó, aunque no era tan cercana. Son normas de convivencia, dijo. Nadie te las exige directamente, pero si fallas es complejo. Siguió así hablando del asunto, entre trago y trago, aunque el tema no parecía encender en los otros. De vez en cuando alguien asentía o hacía un comentario breve. Uno que otro le hizo alguna pregunta. ¿Lloraste en alguno?, recuerda que le preguntaron. No contestó de inmediato, pero luego de pensarlo dijo que no. Como se quedó callada un rato los demás aprovecharon de cambiar el tema. Antes de irse, mientras dividían la cuenta ella recordó que eran quince, no catorce. Iba a decirlo, pero finalmente decidió que no. ¿Para qué?, se dijo.

jueves, 20 de agosto de 2026

Un niño demasiado alto.


Por ese entonces llegó a mi clase un niño demasiado alto.

Ya había tenido niños altos, previamente, pero este se escapaba del promedio un poco más y comenzaba a volverse problemático.

Debía agacharse, por ejemplo, para no chocar con el umbral de entrada.

Además, para hablar conmigo o con los compañeros se curvaba peligrosamente.

Así y todo, no tuvo mayores problemas al ingresar al curso y los compañeros lo trataron de buena forma.

Como si hubiese tenido una estatura normal, me refiero.

De hecho, recuerdo haber comentado con otros profesores sobre él, y sobre cómo los niños parecían no sorprenderse de su altura.

Lo que pasa es que nuestros estudiantes son buenos, recuerdo que dijo una colega. No hacen bullyng. Se tratan bien.

La profesora jefe, que atendió a la madre de este alumno, nos contó que era una mujer delgada, casi bajita, y que trabajaba de actriz.

Comentó que ahora mismo estaban montando una obra de Rafael Alberti.

Me intrigué con lo de la obra de Alberti pues solo había leído poesía suya y un día se lo pregunté directamente al niño demasiado alto.

Él me dijo que no sabía el nombre de la obra, pero que su madre hacía el papel de una mujer que parece se había enamorado de un toro.

Pocos días después, recuerdo, el niño aquel tuvo una fractura de gravedad tras sufrir un accidente en clase de educación física.

Todos concluyeron que la altura, ciertamente, había incidido en dicho accidente.

Se debe ser más débil, se atrevió a decir un profesor bajito, teniendo aquella altura.

Fue entonces que hablamos sobre las dificultades y peligros a los que podía verse sometido este chico a partir de los tamaños estándares de nuestro colegio.

Si fuese alto no hay problema, dijo una inspectora, pero es demasiado alto.

Semanas después, ya de regreso en el colegio, el estudiante alto comentó que se iría del país en pocos días, así que dejamos de preocuparnos del asunto.

Él se iría a vivir con una abuela, a España, y su madre se iría de gira con la compañía de teatro con la que trabajaba.

Los compañeros de curso pidieron permiso para hacer un desayuno de despedida, cuando se enteraron.

Se los dieron.

Yo también estuve invitado.

No salió muy bien, pues varios no trajeron nada para compartir, pero al menos cumplió su objetivo.

El niño demasiado alto se tuvo que sentar en una silla para abrazarse y despedirse de todos.

Yo les saqué la última foto, recuerdo, por lo que no salí en ella.

Esa es la estrategia que uso, casi siempre, para no salir en las fotos.

miércoles, 19 de agosto de 2026

El agua escapando de los pozos.


Encontramos dos esa vez, pero todos nos decían que eran tres.

Sin indicaciones precisas, por supuesto, pero eso nos decían.

Tres pozos en esa zona.

Todos distintos.

Todos supuestamente funcionales.

Lo que debíamos hacer era fotografiar su estado, marcar su ubicación y explicar la forma de llegar a ellos.

Todo esto con claridad, por supuesto.

Describiendo dificultades del camino y dando cuenta precisa de distancias y posibles peligros.

Trabajamos seis semanas en eso.

Yo intenté tomármelo como una vacación.

Por mi parte me cargué de libros y recorrí la zona lo mejor que pude.

Nos comunicábamos por radio y nos juntábamos cada dos días, en una especie de base central.

Marcábamos zonas con un GPS satelital.

Teníamos un programa para anotar detalles del terreno y adjuntar fotos.

Como estábamos a cierta altura y en montaña, no nos resultaba fácil movernos.

Yo mismo, por ejemplo, me caí varias veces, aunque nunca con resultados de extrema gravedad.

El trabajo prácticamente no daba buenos frutos.

Recién en la última de las seis semanas encontramos el primero de los pozos.

O dos de ellos, en realidad, pues estaban muy cerca uno del otro.

Botaban agua cada uno de esos pozos, de forma constante.

Eran pozos artesanales, antiguos, sin bombas para su funcionamiento.

Tras comunicarnos y preguntar sobre aquello nos pidieron hacer unos canales para desviar el caudal y evitar que se estanque.

Ocupamos el tiempo en eso y fue entonces que debimos regresar.

Sin haber encontrado el tercer pozo.

Recuerdo que me quedé con unas fotos de los pozos, rebalsados de agua y que nos advirtieron que hacerlo acarrearía demandas, multas y otros problemas.

Nunca entendí por qué.

Durante esas seis semanas, por cierto, recuerdo que leí varios libros de Simenon, uno gordo de la Oates, hartas obras dramáticas de Tennessee Williams y un par de novelas mexicanas.

También releí esos días los diarios de Kafka –digitalizados-, los de Cheever y un gran número de cartas de Flannery O´Connor.

En una de ellas, casualmente, ella hablaba de un pozo que había descubierto, mientras seguía un pavo que se había alejado de su casa.

Flannery.

martes, 18 de agosto de 2026

Los muertos esos.


Los sabía muertos. Los conocí así. Me los presentaron incluso de esa forma. Sin lápidas, es cierto, pero al menos con fechas claras. De inicio y término, quiero decir. Eso fue todo, en principio. Para qué más.

Todo esto ocurrió hace años, por cierto. Yo trataba de aprender. Memoricé nombres, entonces. Construí breves biografías. Organicé secuencias de acciones que servían para unir las dos fechas límites. Los bordes, digamos. Todo esto hasta que se abrió la tierra.

O sea, no se abrió directamente. Unas grietas, primero. Luego pareció resquebrajarse. No es que se abriera más, pero muchos comenzaron a decir que eso, precisamente, fue lo que había ocurrido. Que los muertos ya no estaban donde los dejamos. Que estaban descontentos y querían algo más. Y que, de cierta forma, lo exigían de nosotros. Algo extra, digamos. Algo que no supieron conseguir antes, por sí mismos.

No se volcaron sobre nosotros. A pesar de lo que parecían exigir, permanecieron a distancia. Nos miraban eso sí. Nos rodeaban incluso. A veces, en la noche, los distinguías entre las sombras. Siempre quietos. Y siempre observando desde un lugar levemente más alto. Y claro, uno pensaba entonces en borrar los registros que había aprendido. En darle una oportunidad a aquello que estaba sucediendo. Los muertos esos, decías, mientras los mirabas. Y ellos parecían mirarte también, sin gesticular. Los muertos esos…

lunes, 17 de agosto de 2026

Las cosas que no veo en este espacio.


*

Las cosas que no veo en este espacio.

Nadie sabe dónde están.

Por lo mismo, resulta difícil pensar en ellas.

E injusto también para las cosas que sí veo.

Estas, si pudieran, reclamarían diciendo que me centro en el vacío.

En los rincones oscuros, por ejemplo.

O en las sombras de las cosas.

Y hasta en el lugar ese, donde podrías haber estado.


*

Todo muro está inclinado.

Te demoras en saberlo, pero luego descubres que es así.

Entonces, consideras indefenso cada muro, de esa forma.

Olvidando, sin embargo, las ventajas.

Por ejemplo

Sabe hacia dónde ha de caer, el muro, desde un inicio.

Y sabe, por supuesto, que en un momento ha de caer.


*

Ya sabes lo que pasa si martillas un clavo torcido.

Puedes fingir que no, pero en el fondo lo sabes.

Y claro, puede que en principio busques soluciones y te dediques,
con esmero,
a revisar cada uno de los clavos.

Si lo haces, sin embargo, descubrirás que todos ellos están torcidos.

Y aceptarás, espero, esa nueva naturaleza.


*

Las cosas que no veo en este espacio.

Intentaría nombrarlas, pero comprendo que en el fondo, son solo para mí.

En tanto, podemos si quieres jugar con otros nombres.

Así, entre muros inclinados descubrirás que también las palabras
son en ocasiones, clavos torcidos.

Puedes ponerle nombre al mundo, incluso,
pero nadie entenderá, finalmente, de qué hablas.

domingo, 16 de agosto de 2026

Una carpeta con cientos de dibujos.


Ella tiene una carpeta con cientos de dibujos.

Una carpeta gruesa en la que ya no parecen caber más.

Son dibujos en blanco y negro, aparentemente sencillos.

Todos similares, entre sí.

En cada uno de ellos, podemos observar un hombre y una mesa.

Distintas mesas, por cierto, y distintos hombres.

La mayoría de ellos sin semblantes ni rasgos específicos.

Hombres simplemente sentados frente a las mesas.

Mesas vacías, por cierto, y hombres que apoyan sus manos sobre ellas.

Manos separadas casi siempre.

Independientes, casi, unas de otras.

La posición del hombre tiene variaciones entre uno y otro dibujo.

A veces está sentado recto, otras inclinado o derechamente cabizbajo.

También la apariencia física del hombre varía entre dibujos.

A veces parece más alto, más viejo o hasta más corpulento.

Por lo mismo, es justo suponer suponer que no es siempre el mismo hombre.

La mesa, sin embargo, parece ser siempre la misma.

Misma altura, mismo grosor de patas… mismo vacío en su superficie.

Parece fija, incluso, como si fuese parte de la hoja sobre la que se desarrolla luego el dibujo.

No es una historia, me dice, cuando me descubre mirando los dibujos.

Yo me sorprendo y levanto la vista.

No hay secuencias, dice ahora. Nunca nada es una historia.

Yo asiento.

Vuelvo a guardar los dibujos en la carpeta, lentamente, esperando a que ella diga algo más.

Cuando termino, siento que debo decir algo, pero no sé bien qué.

Ella toma entonces la carpeta que he dejado sobre la mesa y se la lleva al cuarto.

Y yo quedo ahí, sentado, esperando que ella regrese o que ocurra algo.

No sé hace cuánto tiempo ya.

sábado, 15 de agosto de 2026

Cantan los planetas.


Cantan los planetas.

No muy entonados, es cierto, pero cantan.

Hacen un sonido, cada uno, e intentan llevar el ritmo.

Siempre ha sido así.

A veces, cuando se muere uno de ellos,
su canto se transforma en algo así como una vibración.

Y esa vibración también es canto.

Así es como funciona.



Según mi forma de pensar,
un planeta muere cuando deja ya de recibir luz.

No cuando no le llega, aclaro,
sino cuando ya no la recibe.

No digo que la rechace, por cierto,
pero ocurre que la luz pasa por él
sin ser recibida.

Su canto cambia entonces y resulta que está bien.

Nadie tiene la culpa, quiero decir.

Así es como funciona.



No cantan las estrellas, por cierto.

No cantan las estrellas ni tampoco otro tipo
de astros o fenómenos.

Solo cantan los planetas, si he comprendido bien.

No muy entonados, como decía en un inicio,
pero al menos cantan.

Yo los oigo, claramente, cuando me logro concentrar.

Le he dado vueltas a esto para entender razones,
pero no llego a nada claro.

Por lo mismo, solo tengo conjeturas.

Aquí les presento una de ellas:

Lo que tiene luz propia,
no necesita cantar.

Me parece algo incuestionable, incluso,
ahora que lo digo.

Sí.

Seguro que es así.

Así es como funciona.

viernes, 14 de agosto de 2026

La calle conocida.


I.
Esta calle lleva donde mismo que la calle conocida. Se parece incluso en el ancho y en el tipo de locales que hay en ella. Flujo similar, personas similares… todo parece funcionar de igual manera. Eso pienso al menos mientras avanzo por ella y pienso que en la próxima esquina tal vez doble para volver a la de siempre. No es por inseguridad ni nada parecido. Tampoco es por la costumbre ni cualquier otra inquietud que me genere romper la rutina. Es una decisión que creo sana, simplemente, y me atengo a ella. Tampoco es que quiera, en modo alguno, convencer a alguien. Usted, por ejemplo, haga lo que quiera.


II.
No saludo a la nadie en la calle conocida. No especialmente, al menos. De vez en cuando quedo de frente con alguien que conozco y ambos hacemos un pequeño gesto, levantando la cabeza. Nunca una palabra. Nunca un ruido. Así y todo resulta que sé algunos nombres. No los digo en voz alta, pero los sé. Probablemente los haya escuchado decir alguna vez y vi que ellos respondían a esos nombres. Es extraño… Ahora que lo pienso, nunca he llegado al final de esta calle.


III.
Tal vez no termine, la calle conocida. Es probable que cambie de nombre y se transforme en otra y luego haya una curva y se transforme en otra más. Lo cierto es que no lo sé. Y es que apenas conozco un tramo de esta calle. Un tramo largo, es cierto, pero nunca he llegado a sus extremos. Tal vez hasta se unan en algún sitio y no haya extremos y no lo sepa. De cualquier modo, todos parecemos caminar tranquilos. Con apuro, algunos, pero siempre con seguridad. Salvo una vez en que una señora se desmayó en una esquina, no he visto que ocurra nada grave. No sé cómo lo hacen los demás, para salir de aquí.

jueves, 13 de agosto de 2026

Montañas sobre montañas.


I.

Montañas sobre montañas.

Eso imagino yo.

Montañas sobre montañas y uno debiendo aparecer arriba.

Como en un juego, digamos, en el que tienes que bajar.

De eso debiese tratarse, me refiero.

De descender con cuidado.

De bajar sin hacer rodar nada

Y dejar todo en su sitio.


II.

No es menor el equívoco.

Ese de querer subir.

Obstinadamente incluso, cuando no fuimos hechos para eso.

Y es que una vez arriba, hay que bajar.

Siempre hay que hacerlo.

Descender al lugar de origen.

O al lugar que creemos es el de origen.

La vista asciende para huir de nosotros.

Las iglesias debieron ser siempre, hechas bajo tierra.


III.

Montañas sobre montañas.

Y también, por ende, montañas bajo montañas.

Así ocurre.

Más arroba y más abajo siempre hay otra.

No hay terreno bajo las montañas.

No hay terreno distinto, quiero decir.

No hay base.

Todo es parte de la ilusión que forma el agua que viene también a ocultar.

Y a crear la ilusión de una superficie segura desde la cual andar y desandar nuestros pasos.

Ese es el engaño del agua.

Ella esconde el resto de la palabra cuyo significado confundes.

Reflejo del cielo es el agua.

Montañas sobre montañas quedan bajo ella.

Algo, pronto, va a pasar.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Se deshojó mi casa, me dijo.


Se deshojó mi casa, me dijo.

No la deshojé yo, ni el tiempo.

Ni siquiera se deshojó ella misma.

Las uniones se rompieron simplemente y luego se deshojó.

Yo lo vi todo, desde dentro y luego a salí del lugar.

Y entonces descubrí que era cierto.

No lo comprobé pues no había visto, ciertamente, antes.

Pero entonces, desde fuera, vi con claridad.

Es confuso, tal vez, pero cierto.

Desde dentro no vemos realmente.

Y por eso miento, a veces, sin saber.

Desde entonces vivo en una casa deshojada, me dijo.

Luego, con esfuerzo, sonrió.



Mi cabeza también se deshojó, dijo después.

Mi cabeza que es también, de cierta forma, una casa.

No me di cuenta hasta después.

Quedaron ramas, simplemente, ahí donde estuvo mi cabeza.

Unos cuantos nombres aferrados, tal vez, y algún recuerdo.

Nombres como ropas colgadas en un cordel.

Ropas que no te pertenecen.

Que no te quedan.

Y que probablemente estaban ahí, desde antes.



Se deshojó mi casa, mi cabeza y hasta mis palabras cayeron como hojas, me dijo.

Ese es el resumen.

Tú nombre quedó un poco más, no sé por qué.

Creí que estabas fuera y supongo que también erré con eso.

Perdí mi voz, me dijo.

No hubo viento.

martes, 11 de agosto de 2026

Así.


*
No hay centro. En modo alguno hay centro. Todo lo que en algún momento cree estar en el centro está realmente en un rincón. Un rincón separado de otros, pero rincón al fin.

*
Un rincón es algo similar a un lugar. Casi un lugar, de hecho… o como un lugar especial. Más pequeño y limitado, digamos, que un lugar tradicional. Sin nada a las espaldas de aquello que se encuentra en el rincón. Y con una única dirección posible de avance.

*
Además, si lo analizas, descubres que salir del rincón no es del todo avance. Me refiero a que abandonas el rincón por esa dirección de avance que es el mismo camino que seguiste para llegar a aquel rincón. Retrocedes entonces, si te fijas. Probablemente –imagino-, para buscar algún sitio similar, pero otro. Y así sucesivamente.

*
Como puedes ver, no está hecho para permanecer, un rincón. No es totalmente seguro, si somos honestos, ni menos cómodo. Y es que se trata sin duda de un lugar provisorio. Similar a otros lugares provisorios en los que te resguardas por momentos antes de dirigirte a otro sitio. Por si fuera poco, estar acompañado en un rincón no termina siendo bueno para nadie. Y el rincón se intenta transformar entonces en dos rincones. Hasta que entiendes que eso, por supuesto, tampoco es posible. Así.

lunes, 10 de agosto de 2026

Todo lo que dice aquel libro.

“El libro contiene solo recetas para el invierno,
cuando la vida es dura.
En primavera cualquiera es capaz
de preparar un buen plato.”
L. G.


Todo lo que dice aquel libro es cierto.

Desde la primera hasta la última palabra.

Puedes percibirlo cuando comienzas a leerlo.

Y puedes luego demostrarlo a medida que avanzas.


A veces pienso que esto debiese ser algo común en los libros.

Algo que se les debiese exigir incluso, para poder ser publicados.

Y es que, al ser ciertos, se abre en ellos una serie de espacios seguros.

Y puede el lector, entonces, refugiarse en ellos sin necesidad de cuestionarlos.


A veces cuando planteo lo anterior, me dicen que es una postura cómoda.

Y que las palabras, en realidad, no se hicieron para protegernos de nada.

Ellos dicen, de hecho, que las palabras nos exponen
y que no necesariamente están hechas para decir una verdad.

Entonces pienso que si fuese así, y ellos han expresado esto con palabras,
bien podrían no reflejar, esas mismas palabras, algo cierto.


Cómo sea… lo importante aquí es que aquel libro no miente.

Y que leerlo, es como mirar un lugar lleno de cosas conocidas, bien iluminadas.

No hay sorpresas, quiero decir, y hoy pienso que eso es bueno.

Como Vian está dormido, además, debo aprovechar y avanzar lo más que pueda.

Y es que hoy puedo leerlo, digamos, sin recibir ningún reclamo.

domingo, 9 de agosto de 2026

Duermo en un bosque.


Duermo en un bosque. Esa vez. Lleno de abejas. No las oigo, pero las veo venir y posarse. Quietas. Suspendidas. Ahí están. Sobre todo lo que hay en el bosque. No distinguen. Todo es algo sobre lo que deben reposar. Detenerse ahí unas junto a otras. Como una piel nueva. Suave. Levemente tibia y vibrante. Un bosque cubierto de abejas. Tantas son que le otorgan otro peso. Transforman su voz. Unen su contenido cubriéndolo todo. No sé si saben el porqué, pero lo hacen. Y yo también, por cierto, soy para ellas parte del bosque. Las siento bajar sobre mí. Estoy tendido en el suelo y procuro no moverme. No les temo, pero esta es la forma que tiene el bosque de recibirlas. Poco antes que llegaran, incluso, todo el bosque se calmó. Siguió respirando, digamos, pero apenas se notaba. Las ramas y las hojas se aquietaron. Los troncos que crujían suave, quedaron en paz. Las hileras de hormigas desaparecieron en las cortezas, en la tierra y bajo las hojas. El musgo se detuvo. La luz se adhirió a las cosas y también esperó. Entonces llegaron las abejas y se posaron sobre el bosque. Sobre la capa de luz que cubría al bosque. Yo mismo sentí el peso de las abejas sobre mi cuerpo. La presión me unió a la tierra. Compartimos humedad. Raíces. Ellas bajaron a nosotros como si nosotros fuéramos el fin. O el comienzo. Y ellas una puerta, por supuesto. No para nosotros, en todo caso. Una puerta cerrada a la espera de algo más. Duermo en un bosque, desde entonces. Esta vez. Lleno de abejas. Son mi piel y mi voz. No las oigo, salvo cuando hablo.

sábado, 8 de agosto de 2026

Un libro gordo, de Dostoievski.


-Sabes, no me vas a creer, pero estaba leyendo el otro día un libro de Dostoievski… uno gordo que me prestaste cuando fui a tu casa la última vez…

-¿Cuándo…?

-Hace como un mes, cuando estaba empezando el mundial…

-Pero no te he prestado ningún libro.

-O sea, no me lo prestaste así, como de frente o explícito… pero me lo encontré y pensé que me lo prestarías…

-¿Me robaste un libro de Dostoievski?

-No… Robar no. Si quieres te lo devuelvo, pero ese no es el punto…

-¿Qué libro era?

-Uno de Dostoievski, ya te dije… Estaba en un mueble, cerca del baño. El punto es que…

-¿Cerca del baño?

-Sí… en el mueble que hay por el lado de fuera… un libro gordo…

-¿Los demonios…?

-Puede ser… pero el punto no es ese. Te lo voy a devolver igual…

-¿Y cuál es el punto?

-El punto es que estaba leyendo el libro ese, o empezando a leerlo, más bien, de repente, se pixeló…

-¿Qué?

-El libro de Dostoievski que me prestaste… lo abrí para leerlo, sentado en un sillón, y cuando fui a comenzar, se pixeló…

-¿Qué se pixeló?

-El libro po, hueón… las palabras en las hojas.

-¿Se pixelaron las palabras?

-Claro… o sea, el contenido… Vi que estaban normales y de pronto se pixelaron. Nunca me había pasado. Lo vi varias veces para comprobarlo. Igual se podía leer en todo caso…

-Es estúpido… Si le hiciste algo al libro…

-No le hice nada. El libro está bien. Si lo abres y lo ves de reojo está normal, pero cuando empiezo a leerlo se pixela… y no sé… como que se ve más básico…

-¿Más básico?

-Claro, menos complejo… como una realidad menos compleja… De hecho, fue entonces que me esforcé por ver si podían leerse esos pixeles y me di cuenta que sí… y que era bastante básico en realidad…

-Devuélveme el libro, hueón…

-Sí, te lo traigo la otra semana… Además ya estoy en llegando al final, cuando descubren que Iván es un traidor…

-¿Un traidor?

-Claro, quería buscar una verdad distinta, o algo así…

-¿Y leíste todo eso en el libro pixelado?

-Sí… si te ubicas a cierta distancia se lee fácil…

-…

-Igual te lo traigo la otra semana. Ahí si quieres me prestas otro.

viernes, 7 de agosto de 2026

Encuentro mi pasaporte.


Encuentro mi pasaporte en un mueble viejo.

Supongo que ya está vencido.

No lo he usado en prácticamente diez años.

La mayoría de sus páginas están en blanco.

Lo observo sin pensar, sin recordar, sin sentir nada en lo absoluto.

Como si hubiese encontrado un cuaderno vacío.

Apenas me detengo en los timbres y en algunos números.

Son cifras vacías, nada más.

Como el puntaje que obtuve en un juego que apenas recuerdo.

Así y todo, no me decido a botarlo.

Probablemente lo guarde en algún sitio o lo meta al fondo de un cajón.

Y no es que quiera volver a encontrarlo, realmente.

Leo un poco, más tarde.

Unas páginas de un libro de Villoro que no me entusiasma.

Unos poemas de Luoise Glück, aparentemente mal traducidos.

Y una entrevista a Emmanuel Carrere.

Cuando termino me pregunto cuánto de lo que he leído hoy es cierto.

Y de qué forma es cierto.

Dormito un poco luego de leer, mientras pienso en estas cosas.

Mientras lo hago, se cruzan imágenes del pasaporte que encontré.

Hay más timbres, me digo, de los que deberían haber.

Eso pienso, mientras dormito, lejos de mi pasaporte.

No voy a repasar cuentas, concluyo, esta vez.

jueves, 6 de agosto de 2026

Siempre el mismo.


I.

El niño que se quedó en el puente.

No al medio, exactamente, pero sí al menos sobre él.

A veces avanza en una dirección y otras veces en otra.

Nunca sale de él, sin embargo.

Si te fijas, descubres que se detiene siempre antes que el puente acabe.

Los que lo vemos caminar, de hecho, no pensamos que es el mismo.

Siempre hay niños caminando en este puente, comentamos.

Bajo el puente, el río cambia su caudal y a veces suena.


II.

Un día me fijo y luego otro hasta que estoy seguro.

Entonces voy hasta él y le pregunto.

Y claro, el niño reconoce que siempre es el mismo.

No sé hacerlo de otra forma, me dice.

No lo entiendo bien, pero asiento y le pregunto si está bien.

Él me mira como si mi pregunta no quisiera realmente decir nada.

Probablemente sea cierto.


III.

Otro día.

Yo también me he acostumbrado a pasear por el puente.

En este tiempo, he descubierto que el niño guarda algunas cosas junto a un pilar.

A veces, cuando paso junto a él lo saludo.

Una vez le pregunté el nombre y me lo dijo, pero luego lo olvidé.

Siento vergüenza por eso así que evito nombrarlo.

En cambio, le pregunto por qué llega hasta los bordes del puente y no los cruza.

Él dice que no es seguro.

No hablamos mucho más.

Cuando me alejo, pienso que no he encontrado todavía la pregunta que correcta.

Es problema mío, concluyo. Sin duda.

miércoles, 5 de agosto de 2026

No sé si era verdad o mentira.

"El uso del tiempo verbal
es siempre un mal uso"
O. W.


No sé si era verdad o mentira, pero T. aseguraba que ella se desmayaba dos veces. La primera era el desmayo tradicional, el que nos hacía mover rápidamente, acercarnos a ella y preocuparnos por si había sufrido algún golpe o un daño físico inmediato asociado a la caída. El segundo, sin embargo, se alejaba de lo tradicional y lo escuchábamos de ella como si tratase de una fabulación o un sueño, comprendiendo que, si faltaba a la verdad, no era intencionadamente, sino que ella lo creía así y lo asimilaba de esa forma.

-Es como si despertara del primero cuando ya estoy en el suelo –decía-. No del todo y un poco adormilada… pero ya escucho voces y siento que se acercan y que comentan lo ocurrido y hasta escucho las preguntas que me hacen, aunque no puedo contestarlas… Y claro, generalmente cuando mi voluntad apunta a salir de ese primer desmayo llega el segundo, que me hace caer aún más bajo y ahora sí golpearme fuerte mientras que la yo de mi primer desmayo, sigue arriba, entre los que se preocupan y no saben que yo he caído aún más lejos, donde nadie me viene a buscar…

Luego T. nos cuenta que de ese segundo nivel ella busca ascender rápido, escalando en una especie de terreno y pared irregular que parece formado por rocas. Todo de forma desesperada y sin pensar pues ya observa que su yo que está más arriba a comenzado de a poco a despertar y ella no quiere quedarse fuera.

-Pienso que si no alcanzo a llegar voy a tener que quedarme abajo –nos dice-. Así que subo a cualquier costo. A veces pienso que se me cae una que otra cosa de mí, allá abajo, pero no me preocupo de eso… el punto es llegar a tiempo y eso hago, aunque apenas… volviendo en un último segundo a ser parte de esa yo que casi se vuelve inalcanzable y sobre todo otra. Ajena a mí, digamos, si yo no llego…

Como la vemos nerviosa contando esto y hasta llorando un poco, la tranquilizamos y le decimos que si eso llegase a ocurrir nosotros nos daríamos cuenta. Que no se preocupe, que de un modo u otro nosotros volveríamos a buscarla y aprovecharíamos de recoger también esas otras partes de sí que supuestamente se han caído, hasta devolverlas a esa otra T. que ha despertado sin esperar a la original, dejándola fuera…

No sabemos si es verdad o mentira, ciertamente, pero eso le decimos, al menos.

Solo entonces ella se tranquiliza y nos promete que, si eso sucede, ella enviará una señal.

martes, 4 de agosto de 2026

El espacio que existe entre las cosas.


I.

El espacio que existe entre las cosas.

Pienso en eso, estos días, sin querer.

Y mi pensamiento se mueve así entre las cosas, sin tocarlas.

Por ejemplo, imagino la forma de ese espacio, como una red de calles y carreteras, vista desde arriba.

Todo unido, de cierta forma.

Todo conectado, al menos, en algún sito.

Un único espacio, entonces, si lo ves.


II.

Pasé días con esa idea en la cabeza.

O con esa imagen, más bien, buscando algún patrón.

Cuatro o cinco días dándole vueltas a esa imagen que era también, de cierta forma, una revelación.

Existimos, me dije entonces, en el espacio que existe entre las cosas.

Cómodos, hasta cierto punto.

O coexistimos, más bien, en ese espacio.

Un espacio que incluso sin nosotros, no es vacío.


III.

No es vacío el espacio que existe entre las cosas.

Puede parecerlo, por supuesto, pero sin duda no lo es.

Nótalo al avanzar por ese espacio.

Hay cierta resistencia… cierta oposición a cada paso, si te fijas.

Mínima resistencia, es cierto, pero resistencia al fin.

Y es que al final lo que algunos intuimos resultó ser cierto:

Desplazamos algo al existir.

No cosas, precisamente, sino el espacio entre las cosas.

Y es ese desplazamiento, justamente, el mayor indicador de esa misma existencia.

Todo unido, de cierta forma, como decíamos antes.

Todo uno, extrañamente, como ves.

lunes, 3 de agosto de 2026

Un tiempo de estatuas


“Abrid el Sileno, encontraréis lo contrario
de lo que se muestra”
E.

A veces en otro tiempo.

En un tiempo de estatuas.

Sin verbos en ese tiempo.

Ruinas, tal vez…

Viento.

Tantas estatuas en tantos sitios.

Extrañas, algunas.

Hombres tal vez, entre ellas, pero escasos.

Más estatuas, que hombres.

Últimos, ellos.

Tardíos.

De movimiento escaso.

Todo ruinas y estatuas.

Dañadas, algunas.

Lluvia en ocasiones.

Sin palabras ni gritos.

Ecos, apenas.

Musgo en los pies de las estatuas.

Pies partidos.

Grietas desde el rostro a los pies.

Sonido del viento.

Extrañas notas, entre las ruinas.

Un bicho al interior de una grieta.

Y siempre más estatuas.

Ojos fijos.

Polvo sobre la piel de piedra.

Tiempo.

Este tiempo.

Este tiempo y aquí.

No otro.

Siempre este y ya sin verbos.

Polvo, viento, musgo, grietas…

Poco, a fin de cuentas.

Residuos, casi.

Un hombre o unos pocos, pero hace mucho.

Por ahí.

Entre las estatuas.

Mudos, como ellas.

Grietas también.

Polvo y viento.

Musgo en los pies, casi.

Pobres hombres.

Los últimos.

Quietos, como ellas.

Indistintos, pronto.

Casi ahora.

Todo ayer, de cierto modo.

Y entonces.

Sin verbos dentro de la piedra del lenguaje.

Quieta, como piedra.

Musgosa y agrietada.

Corazón de estatua, en el piso.

Todo siempre en el piso.

Mismo final.

Este, tal vez.

A veces en otro tiempo.

Otro tiempo, pero este, a fin de cuentas.

No otro.

Un tiempo de estatuas.

domingo, 2 de agosto de 2026

Fideos fríos.


I.

M. quiere almorzar fideos fríos.

No sabe bien por qué, pero eso es lo que quiere.

No se lo dice a nadie, por supuesto, porque vive solo y ella misma se cocina.

Recuerda haberlos comido alguna vez, como ensalada, acompañados de palta, tomate y trocitos de pimiento.

De cualquier modo, eso no es lo que quiere ahora.

Ahora solo quiere fideos fríos.

Corbatitas o espirales, en principio.

Se los imagina así, fríos, y únicamente con sal.


II.

Es extraño cómo uno quiere de pronto alguna cosa.

Ya ven, por ejemplo, lo que ocurre con M.

Me refiero a que no es que tenga vacío el refrigerador ni escasa la despensa.

Simplemente quiere fideos fríos.

Así, si se cuestiona sobre aquello, estoy seguro que no llegará a obtener respuesta alguna.

Ya sea porque no la hay, o porque no sabe, realmente, a qué parte de ella misma preguntar, para encontrarla.


III.

M. se cocina fideos fríos.

Lo hace igual que cuando se prepara fideos calientes solo que esta vez debe esperar a que se enfríen luego de cocinarlos.

Mientras espera, se da cuenta que no sabe exactamente cuánto debe esperar para que los fideos se enfríen.

Aunque claro, no es que el frío llegue a los fideos, sino que los abandone el calor.

O más bien que cedan su calor al entorno, como procedimiento físico.

Voy a comerlos sola, dice entonces M., en voz baja.

Minutos después, mientras mastica y los traga, ella siente que también está cediendo algo.

No sabe qué ni a quién, pero sin duda está cediendo.

Finalmente, sin razón alguna, deja el último fideo en el plato.

Justo al medio, lo deja.

Como un final.

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