I.
Pasamos por fuera de la ciudad.
Nunca entramos.
La observábamos sí, cuando la rodeábamos, pero nunca dimos un paso en ella.
Elegimos siempre caminos que la rodeaban.
Que servían de bordes casi, para delimitar su forma.
No es que le temiésemos, pero preferimos permanecer al margen.
Observarla desde fuera y escuchar su voz, que no se dirigía a nosotros.
Era como un animal, la ciudad.
Un animal quieto.
II.
No es tan seguro como parece, estar fuera de la ciudad.
O no es una ventaja, más bien.
Por ejemplo, cuando queremos decir dónde estamos, por ejemplo, no tenemos puntos de referencia propios.
Solo decimos que estamos fuera.
Además, los bordes de la ciudad no son fijos todo el tiempo, y a veces se desplazan un poco y se acercan a ti, si te descuidas.
Por lo mismo, debemos dormir bastante lejos, y con cuidado, si queremos permanecer libres.
O al menos fuera.
III.
Aunque estemos fuera, miramos siempre la ciudad.
Sabemos que hay otras, pero nosotros estamos fuera de esta, en específico.
A veces, me pongo a leer de cara a la ciudad, y los libros de cierta forma parecen hablar de ella.
Así, llego a pensar que la comprendo, de vez en cuando, mientras la observo crecer.
Y me emociona verla, entonces, tan grande y poderosa, pero sabiendo tan poco de sí misma.
Si un día voy a ella, me digo, llevaré antorchas encendidas, y será para no volver.
Ella espera, por cierto, y finge que no sabe.
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