Ella lo dijo con un tono extraño y sin mirar directamente a nadie.
¡El día había comenzado tan bien…!, fue lo que dijo.
Tras escuchar la frase y observar su actitud, me costó un rato comprender que aquella expresión era en el fondo una queja.
¿Y qué pasó luego?, pregunté.
Ella, en silencio, me observó, y yo imaginé que quería entregarme telepáticamente una respuesta.
Me esforcé por escucharla, de hecho, pero lo cierto es que en mi mente no hay nada inteligible desde hace un tiempo.
Mientras, los otros que estaban en el cuarto se acercaron a mí, ignorándola a ella por completo.
Quedaron a apenas unos pasos.
Quédese tranquilo, me dijeron, extendiendo sus brazos, como si quisieran calmarme. Usted mismo lo ha dicho, el día ha comenzado bien…
Qué mierda, pensé. Estos tipos se confunden. Escucharon mal y ahora se muestran preocupados por mí… ¿Acaso no entienden que…?
Vuelven a hablar. Uno de ellos me dice que deje algo en el suelo. No sé a qué se refiere. Supongo que cargo un libro, como siempre. No sé en qué puede molestarles.
Ustedes se confunden… les digo. Ella dijo que el día comenzó bien, pero algo más quiere decir… Siempre apunta a algo más y no lo dice…
Estoy nervioso. Mientras hablo tiemblo un poco y dejo caer algo de mis manos. Se golpes en el piso. Debe haber sido un libro pesado, de tapas duras. Tal vez era El rey Pálido, de Foster Wallace.
Ella está tras ellos ahora, desvaneciéndose un poco.
Me siento en el piso. Decido cerrar los ojos. Antes que desaparezca por completo, prefiero cerrar los ojos.
Quiero que vuelva a decirlo, antes de despertar, me dicen. Sin trampas.
Y claro, yo lo diría, pero no sé realmente a qué se refieren.
El día recién comienza... dicen ahora.
Por favor. No nos lo haga más difícil...
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