martes, 27 de octubre de 2026

No en el borde sino en la borda.


No en el borde sino en la borda. Ahí los veo. Desde un lugar algo escondido observo sus movimientos de un lado a otro. Cada uno, aparentemente, concentrado en sus labores. De vez en cuando el oleaje los obliga a regular el paso. Todo así hasta que las órdenes parecen cambiar y de pronto observo a seis o siete que vienen hacia mí. Seis o siete que me descubren. Unos me toman y levantan y descubro entonces que estoy amarrado desde antes. Encadenado incluso, si interpreto el sonido que se hace cuando me levantan. Intento oponerme, por supuesto, pero resulta inútil. Me llevan, ahora sí, hasta un borde. Uno alto. Uno desde el cuál adivino van a soltarme y voy a caer. Así lo hacen, poco después. Ni siquiera siento cuando me sumerjo en el agua. Todo ocurre demasiado rápido. Solo me doy cuenta cuando ya estoy sumergido y sigo cayendo hasta hacer pie. Me siento pesado. Absurdamente pesado. Intento soltarme, pero no puedo. No logro pensar bien. Se ha levantando polvo acá en el fondo, observo. Justo cuando pienso en eso algo tira de mí. Lo suficientemente fuerte para arrastrarme un poco, así que trato de aferrarme. Al mismo fondo, digamos, y con mi propio peso. Extrañamente, se siente bien. Supongo que así descubrimos lo que somos, después de todo. Y eso si hay suerte. No voy a olvidarlo, ahora que lo sé.

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