I.
Una vez alguien me dijo que todo tiene ojos
y que mi primera tarea era buscárselos.
Yo no creía, pero lo intenté de igual forma.
Probé con todo tipo de cosas,
desde rocas, por ejemplo,
hasta dispositivos electrónicos.
Y como era tan persistente como incrédulo
terminé encontrando algunos pares.
No por la tarea encomendada, digamos,
sino más bien por una voluntad oculta
de cuestionar mis propias creencias.
Los ojos descubiertos, por cierto,
se sorprendían cuando eran vistos
y dejaban de ocultarse.
Como si los ojos aprendiesen recién
que no solo fueron hechos para ver
sino también para ser vistos.
II.
Luego de aquel descubrimiento
fui desafiado a realizar otra tarea.
Me dijeron que debía mirar de frente
a los ojos encontrados
y aprendiese a sostener la vista.
Me pareció absurdo en un principio,
pues no entendí el para qué.
De igual forma,
esta vez sin proponérmelo,
poco a poco fui fijando la vista
en los ojos descubiertos.
Así, llegué no solo a enfrentarlos con la mirada,
sino también a comprender
qué era aquello que ellos miraban
y que en principio no veía.
III.
Esperé entonces la tercera tarea.
Lo hice pues sentía que aún faltaba algo.
Extrañamente, nadie me habló de un siguiente paso,
ni recibí desafío alguno.
Todo mi entorno me observaba, simplemente,
pero no hablaba.
Esperé, sin embargo, hasta que oscureció
y comenzó la lluvia.
No hay párpados, me dije.
O algo así.
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