I.
Empujó una piedra grande en la montaña.
Era prácticamente de su propio tamaño.
Por ello, tuvo que apoyar todo su peso para poder moverla.
E incluso metió un palo, bajo ella, para hacer palanca.
El palo se quebró, es cierto, pero justo antes de hacerlo logró su cometido.
Así, finalmente, logró girar la piedra y hacerla rodar ladera abajo.
Dejó de rodar, por cierto, cuando chocó con otras piedras.
Hizo un ruido seco, y se detuvo.
Él la observó caer, satisfecho.
Luego se dedicó a observar.
II.
Lo que observó fue el lugar en el que había estado la piedra.
El suelo aplastado, principalmente.
Se acercó y vio de pronto algo que le llamó la atención.
Parecía un pequeño brote, o una raíz.
Intrigado, acercó una de sus manos y lo tocó.
En ese mismo instante, se sintió en el lugar un ligero temblor.
Vibró el suelo, las piedras… los árboles, incluso.
Ha quedado un nervio al descubierto, se dijo.
Un nervio expuesto, del mundo.
III.
Pasaron las horas y él no se movió de aquel lugar.
Temía dejar eso ahí, sin protección alguna.
Entonces, sopló un viento fuerte como invitándolo a bajar.
Un viento tan fuerte que se llevó la luz, incluso.
Yo no sé reparar nada, pensó.
Ni puertas ni rocas ni nada parecido.
Tampoco se sentía útil como guardián, a oscuras.
Así, indeciso, fue quedándose en el sitio hasta que el frío lo tumbó.
Ahora, tendrá que esperar hasta mañana para decidir qué hacer.
Cuando haya luz será más fácil, se dice.
Cuando haya luz.
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