I.
Fui a ver una película de terror lento.
Se llamaba “El musgo”.
No tenía diálogos ni personajes principales.
Simplemente el musgo creciendo sobre las cosas.
Así, poco a poco, lo iba cubriendo todo.
Casi cuatro horas duró el film.
No voy a describirlo, pero me pareció impresionante.
Terror lento del bueno, sin duda.
II.
Luego del cine me sentí extraviado.
Tanto así que aún no logro recordar si fui solo o con alguien más.
De hecho, no quise voltear a ver, cuando iba saliendo, aunque escuché mi nombre.
Esa puede ser la voz del musgo, me dije, y aceleré el paso.
No sé cuánto tiempo caminé, pero terminé cansado.
Me desperté un poco en la escalera mecánica.
¿Está bien?, me preguntó alguien.
No contesté.
De cualquier modo, no hay cómo saberlo.
III.
No me gusta ir al cine.
Tampoco me atraen las películas de terror.
Pero me obligué esta vez para conocer eso que he llamado el terror lento.
Ya en mitad de la película pensé en irme, pero lo cierto es que carezco de bisagras.
Creo que es primera vez, por cierto, que ocupo aquella frase.
No sé si viene al caso, pero creo que Kafka explicaba que sabía nadar, pero tenía tan buena memoria que recordaba los tiempos cuando no sabía y entonces dejaba de saberlo.
Eso bien podría ser el argumento de otro film de terror lento, ciertamente.
Terror lento del bueno, sin duda.
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