miércoles, 17 de diciembre de 2025

Seguir a las hormigas.


La clave es seguir a las hormigas, me dijo. No hacia donde van, sino hacia donde regresan. Y no me refiero seguirlas hasta el hormiguero, aunque eso sea, probablemente, lo que esperes encontrar. Es decir, eso hacen los que quieren destruirlas. O los que pretenden alejarlas, al menos, del lugar. Yo hablo en cambio de seguirlas para observar. Solo para eso, en principio. Incluso sin pensar, en lo posible. Sin analizar. Solo observarlas. De forma natural, por cierto. Tan natural que tu mirada debe dejar de incidir en el comportamiento de ellas. De hecho, debe viajar entre ellas. Con cuidado. Fuera de ti, tu mirada. Déjala que regrese y luego, recién, acompáñala en su ida. Un viaje distinto al anterior, aunque no lo notes, en principio. Otro ritmo, quiero decir. Uno de búsqueda, tal vez. De incertezas. De total incerteza diría incluso si no fuera por las otras que van también un poco a ciegas. Sin saber, pero seguras del deber ir. De la obligación que se imponen ellas mismas para luego regresar. Porque claro, luego debes regresar, junto con ellas. O tu mirada, más bien. Salir y volver entonces tantas veces hasta que que tu vista se canse de hacerlo. Se agota de tal forma que quieras regresar a ti mismo. Igual como regresaban las hormigas. Regresar para volver a salir, en definitiva. No importa para qué. Lo importante es saber que es necesario. Y que el mundo, en general, también lo hace.

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