No la tiene fácil, Superman.
O no tan fácil, al menos, como la gente puede creer.
Y no lo digo por el asunto ese de la kriptonita, ni por los múltiples enemigos que se le aparecen a cada rato.
De eso, sin duda, se sabe defender.
Yo pienso más bien en lo que podríamos llamar su vida cotidiana.
Contener su fuerza a cada instante.
Ver siempre más allá de lo que quiere ver.
Oír todo, aunque no quiera.
¡Cuánta lucha dirigida siempre hacia sí mismo!
Contra su propia naturaleza, en definitiva.
Imagínenlo de pequeño, por ejemplo, fingiendo sorpresa al abrir los regalos.
O caminando lento para no sobrepasar al resto.
¡Qué incomodidad…!
Vivir arrastrándose para ir a la par de todos.
Sinceramente, me gustaría verlo sin fingir en alguna de sus sagas.
No desbocado, necesariamente, pero al menos cómodo.
Para esto, por cierto, sería necesario realizar algunos cambios.
Nada radical, sino más bien unos cuantos ajustes.
Justamente por esto, una vez, en plena adolescencia, escribí una carta a la editorial que publicaba a Superman.
Y les señalé una serie de observaciones que apuntaban a lograr lo que ahora planteo.
Era una carta un poco absurda, lo reconozco, pero tenía buenas intenciones.
No la recuerdo en detalle, pero sí una de las observaciones que en ella hacía:
La novia de Superman, decía, debiese tener un corazón de plomo.
Parte de esa carta, por cierto, fue publicada en una sección para lectores, que tenían por ese entonces aquellas revistas.
Le pusieron como título “No la tiene fácil”, según recuerdo.
Entonces creía en esas cosas.
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