viernes, 19 de diciembre de 2025

Ojos.


El doctor que me revisa los ojos usa lentes tan gruesos que asustan.

No porque uno piense que el doctor no ve muy bien, sino más bien porque puede ver demasiado.

Es decir, ya es incómodo tener un par de ojos mirando tus propios ojos, pero acá además se le agrega un par de lentes, de por medio.

Y claro, uno siente entonces que los ojos propios están más adelante de lo que el doctor ese quiere ver.

Y hasta cierto punto te intimida.

-Mire de frente –dice entonces el doctor, con voz firme-. No pestañee.

Yo respiro hondo y trato de hacer lo que el doctor me dice.

Es decir, mirar de frente, directo a los ojos del doctor, aunque a través de esos lentes ajenos que solo dificultan la tarea.

-¿Ve bien de noche? –me pregunta.

-Sí –digo yo.

-¿Mejor que de día?

-Eh… -titubeo-. No lo sé, en realidad… Pero supongo que veo mejor en la noche que la mayoría de la gente que conozco.

El doctor sigue viendo un rato más hasta que se separa un poco, toma una libreta y comienza a hacer unos apuntes.

Luego camina para sentarse en su escritorio y teclea algunas órdenes en su computador.

Luego las imprime.

Dos de ellas son órdenes de exámenes y la otra una receta para un remedio, que debo comprar.

Luego, en vez de explicarme qué tengo o de qué sospecha, me lanza una única pregunta.

-¿Sabe qué simboliza, el ojo? –me dice.

Y claro, yo recuerdo a Cirlot y Chevalier, pero prefiero ocultarlo.

-No lo sé –le digo. Aunque tal vez…

-Lo sabe –me interrumpe.

Yo lo observo, en silencio.

-Puede retirarse –dice entonces.

Y yo lo hago.

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