Dicen que no está mal lo que está bien.
Y que pensar algo más, sobre ello, lo ensucia a uno como si jugásemos con barro.
No obstante, los que ya tenemos las manos sucias solemos detenernos un poco.
Sin miedo, nos detenemos.
No a jugar, pero sí a buscar el borde luego del cual lo que está mal deja de estar mal y pasa a estar bien.
Y viceversa, por supuesto.
Obviamente, casi nunca damos con aquel borde, pero al menos lo buscamos.
Y buscándolo, intuimos que existe y eso ya nos satisface.
Pues intuimos también que no es absurdo lo que hacemos.
Así, en ocasiones, hasta comprendemos que pasamos ese borde, aunque no sepamos decir cuándo.
O no exactamente, al menos.
A veces, incluso, confundidos, olvidamos de dónde veníamos y miramos lo que está bien y lo que está mal con algo de incertidumbre.
Pues no sabemos dónde posar la vista, sin juzgar.
Sin juzgar correctamente y con certeza, me refiero.
Entonces, la confusión puede abrir el paso a la molestia y hasta a cierta angustia que se adhiere a nuestros pasos.
A mí, por ejemplo, cuando me pasa, suelo mirar las suelas de mis zapatos, como si buscase mierda.
Y es que siento que algo se ha impregnado en mí, en alguna parte, y me ha ensuciado.
Así, finalmente, suelo lamentarme de no haber confiado simplemente en la verdad de la que fue, en su momento, la primera frase.
No está mal lo que está bien, repito entonces.
Una y otra vez lo repito.
Tantas como sea necesario.
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