domingo, 21 de diciembre de 2025

Ni está mal lo que está bien.


Dicen que no está mal lo que está bien.

Y que pensar algo más, sobre ello, lo ensucia a uno como si jugásemos con barro.

No obstante, los que ya tenemos las manos sucias solemos detenernos un poco.

Sin miedo, nos detenemos.

No a jugar, pero sí a buscar el borde luego del cual lo que está mal deja de estar mal y pasa a estar bien.

Y viceversa, por supuesto.

Obviamente, casi nunca damos con aquel borde, pero al menos lo buscamos.

Y buscándolo, intuimos que existe y eso ya nos satisface.

Pues intuimos también que no es absurdo lo que hacemos.

Así, en ocasiones, hasta comprendemos que pasamos ese borde, aunque no sepamos decir cuándo.

O no exactamente, al menos.

A veces, incluso, confundidos, olvidamos de dónde veníamos y miramos lo que está bien y lo que está mal con algo de incertidumbre.

Pues no sabemos dónde posar la vista, sin juzgar.

Sin juzgar correctamente y con certeza, me refiero.

Entonces, la confusión puede abrir el paso a la molestia y hasta a cierta angustia que se adhiere a nuestros pasos.

A mí, por ejemplo, cuando me pasa, suelo mirar las suelas de mis zapatos, como si buscase mierda.

Y es que siento que algo se ha impregnado en mí, en alguna parte, y me ha ensuciado.

Así, finalmente, suelo lamentarme de no haber confiado simplemente en la verdad de la que fue, en su momento, la primera frase.

No está mal lo que está bien, repito entonces.

Una y otra vez lo repito.

Tantas como sea necesario.

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