-El otro día dormí veinte horas –dijo G.-. De corrido. Nunca había dormido tanto.
-¿Estabas muy cansada? –preguntó L.
-No más de lo normal –contestó G.
-¿Y entonces?
-Realmente no lo sé… Supongo que fue porque no había ruido ese día.
-¿Qué quieres decir?
-Que estaba sola en casa. Los niños se quedaron con el papá, se llevaron al perro…
-¿Y el conejo?
-No hacen ruido los conejos –dijo G.-. Además, creo que se había muerto poco antes.
-¿Se murió el conejo?
-Sí. Los chicos lloraron un montón… Fue una sorpresa.
-¿Una sorpresa?
-Sí, o sea, un accidente. No se lo esperaba nadie.
-¿Qué ocurrió?
-Nada especial, se peleó con el perro…
-¿El perro lo mató?
-Supongo que sí, pero a los niños les dije que estaban jugando.
-¿No se enojaron con el perro?
-No… para nada. Solo se pusieron tristes.
-¿Tú no?
-¿Yo qué?
-¿No te pusiste triste?
-No, en realidad. Tenía que ser práctica. Limpiar. Explicarles a los niños…
-¿No habrá sido por eso que dormiste más horas?
-¿Por explicarle a los niños?
-Me refiero a la carga emocional de todo eso.
-No creo. Además no recuerdo que haya sido tan inmediato.
-¿Y fue bueno el sueño. al menos?
-¿El de las veinte horas?
-Sí, ese.
-Fue extraño, más bien. Me tomó por sorpresa, nada más.
-¿No hiciste nada con eso?
-¿Con qué? ¿Con el sueño?
-Me refiero a si no fuiste al doctor o le consultaste a alguien.
-No. Lo tomé como un accidente nada más.
-Como lo del conejo.
-Más o menos sí –dijo G., tras pensarlo un rato.- Supongo que fue así.
No hay comentarios:
Publicar un comentario