jueves, 18 de diciembre de 2025

De corrido.


-El otro día dormí veinte horas –dijo G.-. De corrido. Nunca había dormido tanto.

-¿Estabas muy cansada? –preguntó L.

-No más de lo normal –contestó G.

-¿Y entonces?

-Realmente no lo sé… Supongo que fue porque no había ruido ese día.

-¿Qué quieres decir?

-Que estaba sola en casa. Los niños se quedaron con el papá, se llevaron al perro…

-¿Y el conejo?

-No hacen ruido los conejos –dijo G.-. Además, creo que se había muerto poco antes.

-¿Se murió el conejo?

-Sí. Los chicos lloraron un montón… Fue una sorpresa.

-¿Una sorpresa?

-Sí, o sea, un accidente. No se lo esperaba nadie.

-¿Qué ocurrió?

-Nada especial, se peleó con el perro…

-¿El perro lo mató?

-Supongo que sí, pero a los niños les dije que estaban jugando.

-¿No se enojaron con el perro?

-No… para nada. Solo se pusieron tristes.

-¿Tú no?

-¿Yo qué?

-¿No te pusiste triste?

-No, en realidad. Tenía que ser práctica. Limpiar. Explicarles a los niños…

-¿No habrá sido por eso que dormiste más horas?

-¿Por explicarle a los niños?

-Me refiero a la carga emocional de todo eso.

-No creo. Además no recuerdo que haya sido tan inmediato.

-¿Y fue bueno el sueño. al menos?

-¿El de las veinte horas?

-Sí, ese.

-Fue extraño, más bien. Me tomó por sorpresa, nada más.

-¿No hiciste nada con eso?

-¿Con qué? ¿Con el sueño?

-Me refiero a si no fuiste al doctor o le consultaste a alguien.

-No. Lo tomé como un accidente nada más.

-Como lo del conejo.

-Más o menos sí –dijo G., tras pensarlo un rato.- Supongo que fue así.

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