Le dan pena los botones así que los arranca.
No los de las camisas, me explica, sino los de chaquetas, mayormente, y los de todas aquellas prendas en que ellos no suelen cumplir con su función.
-No entiendo -le digo-. ¿Acaso arrancas los botones que no se abrochan?
Ella asiente.
Parece feliz.
Feliz de que la comprendan, me imagino, aunque en realidad yo no sé si lo hago.
-Me molesta verlos ahí -me explica-. tan cosidos y colgados… Me molesta y hasta puede que me duela un poco. Saberlos presionados contra la tela, me refiero, simplemente porque sí. Una existencia absurda, ¿no crees? Toda una crucifixión de ceros…
Sigue así un rato, explicando su postura, pero lo cierto es que me pierdo un poco en sus ideas.
-Claro -le digo-. Es una labor noble. Los liberas de su inutilidad y todo eso…
Ella cambia la expresión, tras mis palabras.
Ahora me observa fijamente, molesta.
-No es eso para nada -me dice-. Puedo llegar a entender su inutilidad. Lo que me molesta es la violencia con que se les inmoviliza. El hecho de que estén cosidos, quiero decir…
-¿Y entonces los arrancas, simplemente?
-Exacto -confiesa-. Por lo general ando con una navaja para cortar los hilos… Tampoco es que los tire a la fuerza. Claro… No me interesa romper la tela o quebrar el botón.
Yo la escucho en silencio.
-Recuerda que lo hago por pena, no por rabia -agrega.
Yo asiento.
Ella vuelve a parecer feliz.
Feliz de que la comprendan, me imagino, aunque nuevamente yo no sé si lo hago.
Así funciona esto, me digo, mientras observo mis botones.
Así es como funciona y deja de funcionar.
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