Ella sueña con un mar en el que todas las cosas flotan.
Lo describe en detalle, de hecho, cuando nos juntamos a hablar.
No nos juntamos a hablar de eso, por supuesto, pero es de eso de lo que terminamos hablando, a fin de cuentas.
Entonces, ella nombra cada una de las cosas que flotan en el agua, como si las observara flotando en el aire.
Juguetes y ropas de niños.
Artículos de librería.
Objetos plásticos de colores.
Y hasta un libro de canciones de Boris Vian.
Extrañamente, tras escucharla me doy cuenta de que no es lo que flota, necesariamente, lo que llama su atención.
Y es que, en el fondo, lo que llama su atención es toda el agua que hay debajo de las cosas que flotan.
O eso es lo que creo, al menos.
No se trata de que el agua tenga mucha sal ni de otra explicación racional, me dice.
Es un mar en calma, simplemente, con un oleaje mínimo y sin mareas.
Donde las cosas flotan y nada es capaz de sumergirse en él.
O nada que alguien arroje desde fuera, al menos.
Hace una pausa.
O termina de hablar, no lo sé.
Lo cierto es que eso dice y yo la escucho.
Mientras, imagino un poco ese mar del que ella habla –o eso intento al menos-, pero al final me quedo solo con sus palabras.
Flotando en mí, de cierta forma, como en ese mar con que ella sueña.
En mi superficie, digamos.
Sin acceso –ellas ni yo-, a mi propia profundidad.
¿Qué piensas? Me pregunta ella, al verme distraído.
Nada, le digo. Nada concreto.
Y sé entonces, aunque no lo parezca, que digo la verdad.
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