martes, 24 de marzo de 2026

En un cuarto amplio.



L. durmió dos meses aproximadamente en un cuarto amplio, en el que solían dormir también otras quince o veinte mujeres.

Si bien a L. no le gusta hablar mucho de esta época, cuando se emborracha suele recordar distintas situaciones que vivió en aquel lugar. Principalmente algunas asociadas con las noches que pasaba ahí, en las que el pánico era un elemento común para ella.

-Había un ruido que escuchaba a veces –contó una vez-, en las noches, y que no lograba saber si me lo imaginaba o estaba realmente ahí.

-¿Un ruido? –pregunté-, ¿qué tipo de ruido?

-No sé si sabría explicarlo bien –dijo L.-. Era como el rechinar de los dientes de la gente, cuando duermen.

-Pues tal vez era eso, simplemente.

-¿Cómo?

-El rechinar de dientes que mencionabas –le digo-. ¿No estaba lleno de gente durmiendo en el lugar?

-Sí, es cierto –admite-. Siempre había ahí un mínimo de quince o veinte mujeres, pero el sonido no provenía de ellas… O sea, venía desde otro lado… además me acerqué a algunas para comprobar, cuando sospeché lo mismo.

-¿Y entonces?

-Entonces era que me venía el pánico –dice ahora-. Tras comprobar que el ruido venía de otro sitio, me refiero, y seguía sonando ininterrumpidamente hasta que todas nos despertábamos.

Me quedo en silencio un rato mientras analizo sus palabras.

Entre otras cosas, pienso que ella misma pudo estar media dormida y haber rechinado sus propios dientes.

Así y todo, finalmente prefiero no decírselo.

-Hay misterios así –le digo, en cambio-. De esos misterios que no se aclaran nunca y que es mejor obviarlos, como si no existiesen… Dejarlos como impresiones y no como historias, quiero decir. Y ponerles un punto final donde no se supone que va.

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