Ella debía cocinar un pollo, pero no lo hizo. Cuando lo fue a comprar se lo pesaron y luego lo pagó. De camino a casa le seguía dando vueltas al peso del pollo y al dinero pagado. Como si la hubiesen estafado. Ya con el cuchillo en la mano, a punto de partir el pollo entendió el problema. No se trataba en modo alguno de una estafa. Lo que ocurría era que el pollo había pesado exactamente lo que había pesado su hija al momento de nacer. Dos kilos ochocientos cuarenta gramos. Y claro, el número hizo eco dentro suyo y hasta resonó perfecto. Una coincidencia, pensó. Un número que se repite con otro, nada más. Lamentablemente, con el cuchillo en una de sus manos y mirando al pollo, ella tuvo una sensación compleja. Nada que hubiese podido explicar muy bien si se lo hubieran preguntado, pues era justamente una sensación difícil de explicar. De esas que son tan fuertes e incómodas que a veces se eligen dejar pasar. Ahora, sin embargo, a ella le cuesta seguir adelante. Acerca varias veces el cuchillo al pollo y luego le retira, sin cortarlo. Y eso que esto ni siquiera es un pollo, se dice. Un pollo tiene plumas y pico y está vivo. Esto que debo partir es otra cosa.
-¿Pasa algo?
Una voz de hombre, cerca suyo la despierta un poco.
-¿Te pasa algo? –repite.
Ella dice que no, que está un poco mareada, simplemente.
Luego, se aleja unos pasos, busca una silla y se sienta.
-Dos kilos ochocientos cuarenta –dice la mujer.
-¿Qué? -pregunta el hombre.
-Dos kilos ochocientos cuarenta –reitera la mujer.
El hombre no sabe qué decir.
Tenso, observa que ella todavía tiene el cuchillo en una de sus manos.
Mejor la dejo sola unos segundos, se dice el hombre.
Nunca sé de qué está hablando.
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