domingo, 6 de septiembre de 2026

Virgilios.


Todo empezó porque estábamos borrachos. Casi siempre comienza así. Luego uno se puso a buscar algo, en su teléfono. Habíamos estado hablando entre otras cosas de la Divina Comedia y comentamos que hoy en día ya nadie se llama Virgilio. Y claro, como no sabíamos de qué forma comprobarlo uno de nosotros empezó a buscar. La IA arrojó que probablemente hubiese como mil Virgilios en todo Chile. Ninguno inscrito en los últimos años en todo caso. No sé bien qué datos revisó, pero nos conformamos con sus cifras. Nos parecieron ciertas. O posibles, al menos. Luego se nos ocurrió que sería increíble encontrar un Virgilio y que nos llevara a algún lado. Buscamos entonces en aplicaciones de transportes privados. En uber primero y luego en otras más. Había miles de perfiles en total. Ningún Virgilio, al menos en Santiago. Una hora yo creo que estuvimos cada uno de nosotros buscando hasta que dimos con uno. Pero trabajaba en Copiapó. Su perfil tenía una foto en que se veía un hombre algo mayor, moreno, con una pequeña cicatriz bajo un ojo. Seguimos buscando hasta que uno de nosotros que tenía un hermano que trabajaba en aduana logró conseguir su teléfono. Le inventó que era una urgencia o algo así. Minutos después lo llamamos. Eran las seis de la madrugada, más o menos, pero igual lo llamamos. Se demoró en contestar, pero lo hizo. Uno de nosotros habló con él, muy serio, llamándolo don Virgilio y disculpándose por la hora. Le dijo que queríamos contratarlo para un viaje. Que podíamos coordinar una fecha, allá mismo en Copiapó y que él decidiera dónde llevarnos. Don Virgilio no le creyó. Lo amenazó con denunciar el número y con llamar a carabineros. Luego cortó. Cuando lo hizo nos miramos todos, extrañados. Como si estuviésemos despertando recién y notáramos el absurdo que estábamos haciendo. Más encima en ese instante salió el sol. Observamos el lugar, las botellas vacías, el desorden. No recuerdo que habláramos de nada más. Simplemente ordenamos un poco, en silencio, y luego cada uno de nosotros volvió a su casa. La mía estaba vacía. Desordenada, llena de cosas, pero vacía. No estoy listo para un viaje, pensé. Ni siquiera sabría a quién buscar. Luego de eso me hice un café bien cargado y me tendí en la cama. Fue algo contradictorio, ahora que lo pienso, pero eso fue lo que hice. Luego, por supuesto, nada más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Archivo del blog

Datos personales