No quiere el pobre los sueños del rey.
O no sabe lo que quiere
o desea tal vez otra cosa.
El rey en cambio
desea retenerlos de una forma u otra.
Un hombre está sentado a su lado
y algunas veces los pinta.
Otro hombre, más allá,
intenta transformarlos en música.
Hace un tiempo hubo un tercero,
pero el rey dejó de creer en las palabras.
No sirven para los sueños,
le dijo, antes de echarlo.
Por seguridad debían matarlo,
pero el hombre huyó
únicamente con la lengua rota.
Un sacerdote que vino a ver al rey
le dijo que sus sueños
eran también los sueños de los dioses.
El rey no entendió aquello
pero igualmente agradeció
y regaló piezas de cobre al sacerdote.
Días después culparon a un pobre
de la muerte del sacerdote.
Nadie vio el crimen, pero el pobre tenía
dos pequeñas piezas de cobre.
Lo llevaron entonces ante el rey
que justo esa noche había soñado con vino.
Le expusieron los cargos
y el rey invitó al pobre a hablar en su defensa.
Este nada dijo, sin embargo,
pues no quería defenderse o tenía la lengua rota.
Que cargue con la culpa, dijo el rey,
así como cargo yo, con mis propios sueños.
Así sea, dijeron todos, con la comprensión vacía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario