Después de varios años sin tener noticias suyas, resulta que ella me llama por teléfono y me pregunta por un libro. Dice que no recuerda su título porque lo leyó hace mucho, pero que probablemente yo lo conozca. No está segura del todo, pero cree que fui yo quien se lo prestó o se lo recomendó, al menos. Entonces yo le digo que no recuerdo haberle prestado muchos libros, salvo una primera edición de Julio Verne que valía miles de euros y que nunca me devolvió. Ella ríe, como si yo estuviese bromeando o la hubiese confundido con otra. Por otro lado, agrego, nunca recomiendo libros. No directamente, al menos. O sea, hablo de ellos, tal vez, pero no los recomiendo. E incluso trato de evitar hablar de los que realmente me interesaría que los demás leyesen. Ella dice que sí, que lo sabe, pero que tal vez me vio leyendo el libro y comenté algo al pasar, pues está casi segura que, al menos, intercambió algunas frases conmigo sobre el libro ese cuyo nombre no recuerda. Lo que sí recuerdo, me dice, es que se trataba de un hombre que se convirtió en otra cosa. No físicamente, eso sí, sino más bien de forma interna. Y se reconocía además como una cosa previa, tras transformarse en otra cosa. Como si no perteneciese -ni hubiese pertenecido antes, tampoco-, al género humano.
-¿De verdad no te acuerdas? -me pregunta, luego de un rato.
-Creo que te confundes -le digo.
Luego me quedo en silencio, pues decido que no quiero hablarle más.
Ella, en tanto, sigue hablando un rato hasta que se da cuenta que no contesto y corta la llamada.
Por último, decido bloquear el número, por si se le ocurre, en algún momento, volver a llamar.
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