sábado, 2 de mayo de 2026

En un partido de béibol gringo.



Asistí una vez a un partido de béisbol gringo.

En un estadio gigante, repleto de gente que alentaba a ambos equipos.

Una sola vez asistí, y ni siquiera recuerdo quiénes jugaban.

Ya casi al final del partido -que creo definía una liga o algo así-, uno de los jugadores bateó muy fuerte y la pelota vino directa hacia mí.

No en línea recta, sino que había hecho una parábola muy alta así que me llegó sin tanta velocidad, y me vi de pronto atrapándola sin esfuerzo y prácticamente sin darme cuenta.

Observé la pelota entonces y la encontré común.

O sea, era una pelota de béisbol con un logo que señalaba que era oficial, nada más.

Aun así, el amigo con el que había ido y otra gente que estaba cerca en el estadio no dejaban de alabar mi suerte.

-Yo llevo diez años viniendo, partido a partido –dijo mi amigo-, y nunca he atrapado ninguna. Nunca llegan a este sector…

Apenas lo dijo, noté que su tono era raro.

Y es que no se veía feliz ante la situación, sino molesto.

-La vida es injusta –le dije.

Al final, resultó que la bola que recibí –ni siquiera me atrevo a decir que “atrapé”-, fue la bola que decidió el partido.

No se habían hecho nuevas carreras luego de ella así que había sido la definitiva, me explicó.

-¿La definitiva de qué? –pregunté, intentando quitarle importancia-. ¿La definitiva de este partido al que le seguirán muchos otros? ¿Del campeonato al que le seguirán muchos otros campeonatos…?

Mi amigo ni siquiera me contestó.

Intenté darle la pelota, poco después, pero este la rechazó. Me dijo que podía venderla muy cara en amazon o en ebay.

Cerca de un río, todavía en Estados Unidos, días después, recuerdo que arrojé sin más la pelota al río.

Debía haber quedado en la superficie, pensé mientras observaba.

Pero no la vi flotar.

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