Le gustaba su perro.
No era de raza, pero era tranquilo, amistoso y se portaba bastante bien.
Además, era limpio y obedecía, en general, las órdenes que le daban.
Todo estaba bien, en resumen, con su perro, pero le complicaba algo.
No quería que el animal se tumbara a sus pies.
Era un gesto que le complicaba, según decía.
Le costó decir qué le generaba, pero yo entendí que era una especie de culpa.
Y es que no quería, en el fondo, ser el amo del perro.
No quería ser venerado por él, quiero decir.
Que no saltara de esa forma cuando llegase a casa como agradeciéndole por volver ni se agitase tanto.
-Si no supiera que es imposible aspiraría a ser su igual -me dijo una tarde en la que me explicó su problema-. Me gustaría que nos saludáramos con afecto, pero de una forma más simétrica.
Yo escuché sus palabras, atento, pero no supe en realidad qué decirle.
Tal vez lo que necesitaba no era un perro, pensé.
Entonces me contó que ya ni siquiera saludaba al animal y que estaba tratando de ignorarlo, pero el animal parecía nutrirse del menor gesto para volver de pronto a saltar y regocijarse y tenderse a sus pies.
-Es todo un problema -concluyó-. He pensado incluso en regalarlo, pero tampoco quiero que sufra.
-¿Crees que sufriría? -le pregunto.
-Claro -contesta.
Luego, sin embargo, noto que se queda pensando, en silencio.
De cualquier modo, no quiso agregar más.
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