sábado, 16 de mayo de 2026

No nos gustaba el final de Job.


Una de las pocas cosas en la que estuvimos de acuerdo es que no nos gustaba el final de Job. Hablamos sobre aquello varias veces -todavía no me explico por qué-, y llegamos a la conclusión de que la compensación final estaba de más. De hecho, estuvimos de acuerdo en que aceptar esa compensación atentaba incluso contra el mensaje que transmitía el libro. Es cierto, dijimos, Job no debió haber aceptado todo ese montón de cosas y seres nuevos. Ni animales ni esposa ni hijos, ni nada en realidad. No debió aparecer eso, en la historia, o simplemente debió rechazarlo. Y es que la aceptación de la compensación, calculamos, equivalía a que sus propias creencias se desvalorizasen. Si aceptas el dolor no aceptas la compensación, recuerdo que dijimos. Porque el dolor y la pérdida habrían sido así únicamente una prueba. Algo así como una etapa de un juego. Y claro, de esa forma se desvaloriza la pérdida, decíamos. Y el sacrificio se revela entonces como parte de un show. A veces, hablando del asunto, llegábamos incluso a indignarnos: Dios le da migajas a Job, pensábamos. Después de todo, lo que realmente probó a través de la aceptación del dolor de Job, fue el propio sentido de su existencia. Y sí, puede que no hayan conducido a ningún sitio estos momentos en que concordamos en algo, pero al menos hoy en día dan forma a un buen recuerdo. Otra compensación, podría pensarse. Otro Job.

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